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"Solo cuando se está dispuesto a vivir el amor de Dios hasta el final es cuando uno puede acercarse a la misión"

4 de febrero de 2021

Solo cuando se está dispuesto a vivir el Amor de Dios hasta el final, hasta el sacrificio en la entrega total por fraternidad cristiana, es cuando uno puede acercarse a la misión.

  Cuando los cristianos hablamos de fraternidad no hablamos de un simple sentimiento natural filantrópico que lleva a una relación que crea vínculos de amistad y afecto con los semejantes. Si hablamos de fraternidad cristiana, estamos ampliando este concepto añadiendo lo que Jesús reveló; así nos hizo ver y comprender el sentido profundo de la hermandad que Dios quiere introducir entre los hombres, estableciendo la nueva fraternidad cristiana. Tendremos que acudir a la Palabra de Dios: a la experiencia que el pueblo de Israel tenía de la fraternidad y que se vería ensanchada cuando Dios nos habló plenamente de ella en su Hijo.

  El Antiguo Testamento nos muestra un concepto de fraternidad basado y limitado por la solidaridad que daba la pertenencia al pueblo de Israel, el pueblo de Dios, que se origina con la promesa de Abraham y que se compromete en una alianza que inculca el amor y la preocupación por el prójimo-hermano, y al que llama hermano porque Dios mismo los ha convertido en familia al pertenecer al mismo pueblo.


  La fraternidad en el Nuevo Testamento tiene una gran novedad: es que el amor al prójimo-hermano debe ser como el de Jesús. El salto cualitativo es infinito, porque su fuente y su meta es la misma Trinidad: el Padre, de quién todo procede; el Hijo que se ha hecho nuestro hermano; y el Espíritu que nos transforma a todos en hijos.

  La fraternidad cristiana es por tanto el lugar donde Cristo se hace presente y dónde se manifiesta, aunque de forma imperfecta y limitada, la comunión de amor que existe en la Trinidad. Conforme con este principio la fraternidad cristiana tiene que poner de relieve lo que el amor de Cristo muestra en su totalidad: la gratuidad, universalidad, y la entrega total.

  Hablar, por tanto, de Fraternidad cristiana es lo mismo que hablar del amor de Dios vivo entre los hombres. Ya el papa San Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris Missio, Sobre la permanente validez del mandato misionero, señala entre las características fundamentales de la espiritualidad misionera “Amar a la iglesia y a los hombres como Jesús los ha amado” (n. 89), esto es, la fraternidad cristiana será característica fundante de la vida misionera; y continua: “El misionero se mueve a impulsos del celo por las almas, que se inspira la caridad misma de Cristo y que está hecha de atención, ternura, compasión, acogida, disponibilidad, interés por los problemas de la gente. El amor de Jesús es muy profundo: él, que «conocía lo que hay en el hombre» (Jn 2,25), amaba a todos ofreciéndoles la redención y sufría cuando ésta era rechazada” (ibídem)

  Quisiera en estas pequeñas notas señalar, mediante los testimonios de los primeros misioneros dominicos del sur-oriente peruano, la gran exigencia de fraternidad que supone la misión “ad gentes”.

  Tal vez, la primera cuestión de difícil comprensión tanto para las gentes de la selva los primeros años del siglo XX, cómo incluso para los propios nativos, es dar respuesta a la pregunta por qué están los misioneros aquí. Fray Wenceslao Fernández Moro nos cuenta que los nativos mismos le preguntan: ¿Tú no danzas?¿Tú no te emborrachas? ¿Tú no tienes mujer? ¿Tú no peleas? ¿Tú que haces aquí? Aquellas dos sociedades formadas por aventureros o por nativos, enemistados entre sí y esclavizados los segundos por los primeros, no podían entender la presencia de los misioneros. Estaba claro, no había cabida para ellos. Pero la disponibilidad que exige la fraternidad cristiana señalaba la razón de esa presencia por boca de un gran misionero: Fray José Álvarez “El Apaktone”: “Solo el cariño puede atraer a estos hijos del monte” (Misiones Dominicanas- MD 260 (1963) 21).

  En pura lógica pues, los nativos van descubriendo ese nuevo modo de ser tratados que ofrecían los misioneros y que nunca habían recibido, de manera que el propio fray José Álvarez nos transcribe lo que un día le dicen los agresivos amarakairis: “Onerenda jeuayusuna, enerenda. Yumbaere, onerenda enwey” (Contigo siempre en los viajes, contigo siempre en el trabajo, contigo siempre hasta morir). (MD 235 (1959) 66).

  Rasgo requerido por la fraternidad cristiana es la fortaleza de espíritu; que ya había señalado San Juan Pablo II en la encíclica mencionada. Los misioneros deben vérselas con numerables pruebas: sufragios, enfermedades, falta de recursos, amenazas, denuncias ... que requieren todas ellas gran fortaleza de Espíritu; pero es realmente sorpresivo que entre todas las pruebas fue probada muy especialmente como la más dura, como algo muy difícil de soportar la inconstancia del nativo, y el que no estuviera acostumbrado a la generosidad y bondad de los extraños. Había que “saberesperar” hasta que reconocieran el amor de Dios expresado y vivido en la fraternidad del misionero.

  “Esperar de ellos -de los nativos -en sus primeras manifestaciones que nos revelaran sus secretos, sería una verdadera candidez y presunción; y este ha sido el error de muchos. No, no. Hay que dejar que el tiempo realice su obra; hay que pedir mucho a Dios la conversión de las almas y poder escuchar del nativo palabras como estas: jikio deja eseeja neinei esejaya ejiai oyajayoja jaaguanage (este hombre es paisano nuestro completamente, y nos cuida como si fuera nuestro padre)”. (MD 69 (1932) 53.)

  Debemos de tener claro que solo cuando se está dispuesto a vivir el Amor de Dios hasta el final, hasta el sacrificio en la entrega total por fraternidad cristiana, es cuando uno puede acercarse a la misión. No es sencillo gritar con el corazón desbordante de amor a los nativos: ¡Huamaambi, huamaambi! (¡Hermano, hermano!) mientras te amenazan y apuntan con sus flechas riéndose. Hay solo una motivación misionera meridianamente clara que lo permite:Sólo por Dios se puede ir a la misión, o como decía nuestro gran Fray José Álvarez: “Debemos pues ir hacia ellos, para traerlos a todos, amándolos, como él nos amó, hasta el sacrificio. Cualquier otra forma de atracción sería ilusoria, por estar en contradicción con esta única y sublime pedagogía”.

  Si san Juan Pablo II señala en su encíclica ya citada: “El misionero es el hombre de la caridad: para poder anunciar a todo hombre que es amado por Dios y que él mismo puede amar, debe dar testimonio de caridad para con todos, gastando la vida por el prójimo. El misionero es el «hermano universal»; lleva consigo el espíritu de la Iglesia, su apertura y atención a todos los pueblos y a todos los hombres, particularmente a los más pequeños y pobres. En cuanto tal, supera las fronteras y las divisiones de raza, casta e ideología: es signo del amor de Dios en el mundo, que es amor sin exclusión ni preferencia. (RM n89). Tenemos el ejemplo de una vida gastada de esa manera e íntegramente en la misión con Fray Pío Aza, que, con gratitud, esperanza y con significativas palabras, trataba de resumirla diciendo: “He hecho todo lo que he podido por las misiones. Ya no pude hacer más…”

Fr. Francisco Faragó, OP, director de Selvas Amazónicas

 

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