Dom
5
Dic
2010

Homilía Segundo Domingo de Adviento

Año litúrgico 2010 - 2011 - (Ciclo A)

Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos

Pautas para la homilía

Si hay una idea que sobresalga sobre las demás en el párrafo evangélico de hoy, ésta es, sin duda alguna, la llamada a la conversión. Lo fue en Juan -antes en Isaías-; lo seguirá siendo, luego, en Jesús, y, finalmente, Pedro, el día de Pentecostés, será lo que pida a los judíos en nombre del resucitado.

  • Conversión hecha vida

Antes y por encima de lo que se dice nos fijamos en quién lo dice. El testimonio es importante, pero el testigo lo es más. En nuestro caso sucede lo mismo. La gente va al desierto a oír a Juan. Y en él todo es importante, pero decisivo es él mismo, su persona. Hasta tal punto que los evangelistas se muestran muy solícitos en señalar, al hablar de la importancia y grandeza de Juan, que no es Jesús, sino sólo su mensajero y heraldo.

Juan tiene la autoridad de la convicción. Tiene escuela y discípulos; tiene prestigio y goza de admiración. Pero en ningún momento pierde los papeles creyéndose lo que no es. Tiene muy clara su misión y trata de difundirla sobre todo con su vida. Su rectitud y honradez llegan a ser proverbiales. Lo suyo es anunciar “al que viene detrás de mí, está entre vosotros, puede más que yo y no merezco ni llevarle las sandalias”.

Su profundo respeto a la Palabra que anuncia le hace ser sumamente cuidadoso con las formas: vive en el desierto, viste con piel de camello y se alimenta con saltamontes y miel silvestre. Antes que su mensaje hablado, sobresale el vivido y practicado. 

  • Conversión hecha palabra

Y allí, en el desierto, Juan, más que hablar, grita. Grita la inequívoca conversión que él vive. “Por aquellos días, Juan se presentó en el desierto de Judea predicando” y mostrando la Palabra. Porque él es sólo la voz que señala, que anuncia. Señalará el camino, porque él no es el camino sino “el que lo allana y prepara”. Él no es el que ha de venir, sino el que lo muestra.

El que ha de venir es el “sueño imposible” gritado por Isaías y por Juan cuando piden, como más tarde los estudiantes de mayo del 1968 en París: “Sed realistas. Soñad lo imposible” hasta ahora, que muy pronto será una realidad. Preparadla y, para ello –dice Juan- convertíos.

Ni Isaías ni el Bautista son soñadores de paso, de los que prometen sólo para conseguir votos o prebendas. No prometen para conseguir algo para ellos, sino para todos. La salvación está cerca, al lado. Y por eso invitan a recibirla con gozo y esperanza, que se traduzca, luego, en signos eficaces de conversión: en frutos de justicia, de bienestar y de paz.

  •  Conversión hecha denuncia

Tanto Isaías como Juan –y luego Jesús- hacen una llamada urgente a la conversión, porque se acerca el Reino de Dios. “Se acerca el Reino de Dios; convertíos y creed en la buena Noticia”. Hay que creer en lo que va a venir, en lo que se espera; y hay que abandonar lo viejo, lo caduco, lo antiguo, para abrazar el nuevo camino de salvación. Convertirse es cambiar el corazón, la actitud, la mentalidad, y, como consecuencia, la vida. Convertirse es también no escudarse pensando que no necesitamos cambiar porque “Abraham es nuestro padre”, porque siempre hemos sido… La conversión es propia del Adviento y de la Cuaresma, pero no exclusiva. Convertirse es un hábito, no un acto; y vamos a necesitarla siempre.

La cercanía del Reino de Dios significa la posibilidad de un mundo donde haya más justicia, más paz, más benevolencia, más amor. Y, siempre con respeto a las personas, denunciar las estructuras injustas, opresoras e insolidarias.
Esta misma cercanía nos invita a cuidar nuestra actitud durante la espera, durante nuestro adviento. Hay que esperar gozosa y activamente, siguiendo las consignas de Isaías y de Juan. Éste, en concreto, antes de predicar se retira al desierto y luego, porque vive como un eremita, habla de penitencia, de limpieza, de justicia, de honradez y rectitud. 

  • Conversión hecha radicalidad

Porque pedir conversión, predicarla y ofrecer signos que la simbolizaran no era exclusivo de Juan. Los fariseos y saduceos también la tenían en cuenta. Lo significativo en el caso de Juan era el modo de entenderla. Los fariseos, en palabras de Jesús, eran aquellos que “teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”. Pero, por otra parte, los fariseos eran observantes de la Ley y de cuanto ésta mandaba. Juan, y luego Jesús, no excluyen este cumplimiento sino que lo suponen para incidir en un cambio total en la relación con Dios, con uno mismo y con los demás. A eso se refiere el dar frutos dignos de penitencia, porque el árbol de donde proceden es un árbol bueno. Estos frutos serán los que validen o no nuestra vida, por encima y al margen de si procedemos de Abraham o de otros padres no tan emblemáticos.

Así entendida, la conversión empieza en nuestra relación con Dios, continúa en el cuidado de las actitudes y valores y se manifiesta, finalmente, en el comportamiento. Y así entendemos que aquel comportamiento tan exquisito que tenían los fariseos en el cumplimiento de la Ley también necesitaba conversión, no porque estuviera mal lo que hacían, sino porque faltaba la base interior de la relación nueva con Dios y las actitudes que ésta proporcionaba. Tenían que abandonar su intransigencia y su engreimiento para entrar en el Reino de Dios. Luego todo se completaría con el bautismo de Espíritu Santo y fuego, para llegar a ser de verdad hijos de Dios.