Dom
4
Sep
2016

Homilía XXIII Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2015 - 2016 - (Ciclo C)

Ser discípulo de Jesús exige vivir como Él

Pautas para la homilía

  • El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

Los relatos evangélicos de los domingos anteriores nos han ido preparando para esta revelación exigente de Jesús. No es pues, una enseñanza arbitraria ni sorpresiva: tiene su lógica. Los humanos vivimos envueltos en muchas experiencias, ahormados por muchas palabras e ideas. Constituyen un universo de saberes y de valores. Y de alguna manera son el sustrato de nuestra personalidad.

Jesús no desprecia esas coordenadas humanas. Pero le importa que no naufraguemos en ellas. Y se propone a sí mismo como el eje que las integra y las sublima.

Y no lo hace con discursos abstractos: los razonamientos de Jesús son siempre muy concretos. Hoy le vemos elegir tres experiencias muy concretas: la familia, la cruz y la lucidez.

La familia constituye el espacio natural en que nacemos y nos desarrollamos. Pocas instituciones tienen un valor tan alto. No obstante, Jesús no la absolutiza ni la banaliza. Las relaciones familiares, que son un magnífico impulso para el crecimiento en libertad,  a veces son también una trampa que acaba oprimiendo a sus miembros. Es importante ser lúcidos para liberarse y liberar.

La cruz es el símbolo del sufrimiento, tantas veces inevitable. Pero la cruz de Jesús es algo más: expresa el desprecio a quien es diferente, a quien con su modo de vivir y de obrar cuestiona tantos convencionalismos, inercias y comodidades. Vivir como creyente incomoda frecuentemente en la sociedad, e incluso en la Iglesia. Porque el creyente es el que busca y arriesga. El que sabe, con todas las consecuencias, que Dios está más allá de nuestras imágenes, nuestros discursos y de nuestras religiones.

La tercera cosa concreta de la que habla Jesús hoy es la lucidez. La lucidez es más que prudencia, que tantas veces es nadar y guardar la ropa, como solemos decir. Para Jesús ser lúcido es actuar con decisión. Y mantener los compromisos asumidos con uno mismo, con los demás y con Dios.

En la familia, en la cruz y en la lucidez están reflejados todos los bienes. Ser discípulo es estar dispuesto a renunciar a ellos para que, en su bondad, no nos ahoguen; para que en su ambigüedad, nos hagan libres para estar junto a Él y seguirle con fidelidad.

  • ¿Cómo comprender todo esto?

El texto del libro de la Sabiduría que hemos proclamado comenzaba preguntándose: ¿Qué hombre conoce el designio de Dios, quién comprende lo que Él quiere?

No es una pregunta que hoy se hagan con frecuencia los expertos en ética y en humanidad. Suelen interesarnos otras cosas más próximas, prácticas y eficaces.

Y, no obstante, para quienes creemos en un Dios amigo de los hombres e inquieto por nuestra felicidad, es una pregunta insoslayable. El Espíritu que Dios derrama sobre nosotros fecunda la sabiduría. Comprender lo que Él quiere tiene que ver con el sentido que damos a nuestra vida, con la jerarquía de nuestros valores, con la inspiración de nuestras acciones, con el discernimiento de lo que vamos logrando y de lo que a veces olvidamos o traicionamos. En definitiva con nuestro crecimiento en lúcida y responsable libertad.

  • Seguidores en una Iglesia que sigue a su Señor

En el texto evangélico de hoy el interlocutor de Jesús no es un “tu” individualizado, sino un “vosotros” comunitario. El seguimiento no es un empeño individual, sino una experiencia compartida. Los cristianos llamamos Iglesia al conjunto de los que creemos en Jesús y le seguimos.

La Iglesia es, en efecto, una comunidad de seguidores. Todo lo que ella hace debe tener ese trasfondo. Antes que compartir una doctrina, obedecer unas normas, realizar unos ritos, nos une haber descubierto a Jesús como camino, verdad y vida. Alguien que nos lleva a los demás, como hermanos, pues todos somos hijos de su Padre.

Viene bien recordar estas palabras del Papa Francisco en su Exhortación La alegría del Evangelio (151): “No se nos pide que seamos inmaculados, pero sí que estemos siempre en crecimiento, que vivamos el deseo profundo de crecer en el camino del Evangelio, y no bajemos los brazos”. Es decir, una Iglesia que no se guarda para sí misma, sino que sigue a su Señor.