Sun
4
Oct
2020

Homilía XXVII Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A)

Tendrán respeto a mi hijo...

Pautas para la homilía

Es verdad que, de manera directa, tanto la lectura de Isaías (5, 1-7), como la parábola de los «labradores inicuos», en la versión de san Mateo (21, 33-43), se enfoca la consideración hacia momentos o ciclos de la historia religiosa de Israel. De la «casa» de Israel se ha cuidado Dios con particular esmero, a semejanza de una viña de su entera propiedad, posesión que él ha querido compartir con su pueblo. Dios Creador ha proyectado su providencia amorosa hacia ella. Ha nivelado el terreno, arrancado pedruscos, desarraigado las zarzas. Ha echado mano de los mejores vástagos para acodarlos en espera de que crezcan en cepas y estas se pueblen de vistosos y codiciados racimos a la sombra de hojas sanas. Sin embargo, algo ha fallado a la hora de la verdad. Los resultados no pudieron ser más decepcionantes. El mismo lagar construido en espera del vino de solera ha resultado una construcción perfectamente inútil. Los agrazones han fructificado inservibles para la cosecha.

Es verdad que, ante el fracaso de la etapa histórica que describe Isaías, Dios no reaccionó como pronosticaba el profeta. La historia, qué duda cabe, la hacen los hombres. Pero es Dios quien la forja en su parte principal y él no se descorazona, ni menos toma venganza. Confía sin límites y su paciencia, como todo lo suyo, es eterna.

Esta idea se halla aclarada de modo meridiano en la parábola que se propone en el presente domingo. Los fracasos de la historia religiosa de Israel y bien puede decirse que de la entera humanidad no paralizan al «Propietario» de la viña. Una y otra vez delega sus representantes al tiempo de la vendimia e incluso los manda para prepararla. Después de muchas expediciones envió a su Hijo para que asumiera la misma condición de los operarios de la aventura humana. Ante su muerte a manos de hombres no se bajó el telón de la historia. Por el contrario, en la Cruz comenzó una etapa nueva y definitiva.

El Dueño de la viña sigue arrendando su heredad a «labradores que le entreguen los frutos a su tiempo». El Hijo de Dios muerto se ha convertido en «piedra angular» de la nueva humanidad. Los modernos labradores tienen bien sintetizada su colaboración en el fragmento de la carta de san Pablo a Los Filipenses (4, 6-9) que figura como segunda lectura: Cristo Jesús debe llenar el tiempo actual, inspirar el creer y el obrar, animar a la oración y garantizar la paz. En su «viña», que es la Iglesia, se ha de cultivar lo noble, justo, puro, amable, laudable, en una palabra, toda virtud que brota de la gracia, tras las huellas del Maestro y Modelo supremo.