Dom
30
Jun
2013

Homilía XIII Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2012 - 2013 - (Ciclo C)

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Pautas para la homilía

  • La pedagogía de la Salvación

La historia de la Salvación se nos presenta como relato de un Dios cuya voluntad es incorporarse a la historia de los seres humanos. Su participación en nuestro mundo es siempre mediata. Lejos del estruendo y de la acción prepotente, nuestro Dios ha querido que su plan de felicidad y plenitud se realice en toda circunstancia a través de hombres y mujeres, agentes e instrumentos de esa voluntad salvífica, a quienes encomienda la construcción de esa nueva realidad.

La vocación de Eliseo -como toda vocación profética- es el prototipo de la respuesta humana a esa llamada de Dios. De Dios parte la iniciativa. Él es quien incorpora a nuestra historia personal la urgencia ponernos al servicio de su plan de salvación.

De nosotros se espera la disposición a salir del pequeño mundo de nuestros intereses, a “renunciar a bueyes y arados” para acoger la actitud del discípulo entregado en radicalidad a la tarea.

Hoy Dios sigue llamándonos para transformarnos como personas y para cambiar el mundo. Más allá de imágenes interesadas e ideologizadas, se requiere una mirada atenta a la realidad, a la que debemos acercarnos con ojos de evangelio. No faltan a nuestro lado hermanos cuyo testimonio de vida nos cuestiona, nos anima, y se hacen para nosotros -como Elías fue para Eliseo- vehículo de esa llamada.

  • En orden a la libertad

Todo esto se convierte en tarea difícil en una sociedad que ha sacralizado la libertad individual, entendida como una propiedad privada, a la que nada ni nadie parece tener el derecho de interpelar. Una libertad que no parece tener otro horizonte que uno mismo -la propia autonomía incondicionada- regida por las mismas leyes del mercado.

En la carta a los Gálatas, Pablo nos ofrece una perspectiva distinta.

Para el discípulo de Jesús de Nazaret, el sentido último de la libertad no es otro que la radical disponibilidad para el amor. Somos libres, antes que nada ante nosotros mismos, en la medida en que nuestra vida se deja influir -“contaminar”- por la vida de los otros y su dolor se hace nuestro. Ahí encontramos los creyentes la plenitud y sentido de nuestras vidas. Desde la fe, no hay más libertad que la que se dispone para la liberación.

Nuestra referencia es Jesucristo. Su Espíritu sigue actuando en las personas y en las comunidades que han entendido su fe como donación de la propia individualidad para ponerla al servicio de la misión de construir el Reino, entendido como un modo nuevo de entender nuestra relación con Dios, nuestra relación con los hermanos y nuestra relación con la historia humana.

  • En Camino

El camino de Jesús hacia Jerusalén es imagen de aquel de todo discípulo debe acometer en orden al seguimiento.

En ese trayecto habremos de encontrarnos con la indiferencia o el rechazo -no pocas veces resultado de nuestra falta de testimonio- y ante los que no caben las actitudes impositivas o violentas. La vida de fe sólo puede presentarse como una oferta de felicidad y plenitud, apoyada en nuestro compromiso y fidelidad con el mensaje evangélico.

La radicalidad de nuestra convicción se nos presenta en el relato evangélico, antes que nada, como una disposición total a subvertir los valores de un sistema que idolatra la comodidad y el consumo y que mercantiliza la dignidad humana.

En nuestro contexto socioeconómico -como en todos los tiempos- la credibilidad de cada uno de nosotros como creyentes y de la comunidad de la Iglesia pasa necesariamente por un testimonio claro de nuestro compromiso de vida. Creyentes, comunidades e Iglesia que apuesten por dejar a un lado todo aquello que supone un obstáculo para su misión de presentar al mundo de hoy una alternativa de existencia evangélica.

Nos advierte el relato de Lucas que en muchas ocasiones en el camino del seguimiento las dificultades nacen de nuestro apego a los bienes materiales, a las comodidades que nos ofrecen y, en alguna medida, al poder que nos otorgan.

En otros momentos, es nuestra resistencia a liberarnos de la seguridad de las normas, ritos y tradiciones –también las religiosas- la que nos inhabilita para abrirnos a la novedad del Evangelio. Quien tiene la mirada puesta en cuanto deja atrás “no vale para el Reino de Dios”.

Un mundo muy alejado aún de la fraternidad, un sistema generador de víctimas en forma de pobreza y de muerte,... sigue necesitado de la disposición de los creyentes para escuchar y atender la llamada de Dios, nuestra libertad entendida como entrega de la vida en favor de los demás y nuestra decisión para denunciar y vencer tantos obstáculos que se oponen a la causa del Reino.