Dom
3
Abr
2011

Homilía IV Domingo de Cuaresma

Año litúrgico 2010 - 2011 - (Ciclo A)

Jesús es la luz del mundo

Pautas para la homilía

El relato se inicia bajo la iniciativa de Jesús que, al pasar, pone su mirada en un ciego de nacimiento. Es importante este dato que, al final, reaparece. Cuando es expulsado por los judíos, Jesús lo busca de nuevo para tener otro encuentro con él.

A este primer dato hay que unir otro convergente. El ciego de nuestro texto no pide nada, no dice nada, no espera nada. En los evangelios sinópticos se nos presentan otros ciegos que, ante Jesús, reclaman o solicitan la vista. El del evangelio de Juan tiene una actitud pasiva: simplemente está allí, el resto corre de la mano de Jesús.

Llama la atención que se presente al protagonista del relato como ciego de nacimiento. Este dato no tiene parangón en los sinópticos. Ello provoca una cierta curiosidad: ¿por qué se nos refiere y por qué se insiste tanto en él (hasta seis veces)?

La ceguera de nacimiento provoca una discusión entre los discípulos y Jesús; luego entre Jesús y los fariseos: ¿se trata de una ceguera culpable? El mal es fruto del pecado. Si la invidencia es un mal, ¿quién la ha causado? La búsqueda del responsable solo tiene dos vías de solución: el pecado personal del afectado (pero ¿cómo iba a pecar si nació ya ciego?) o el pecado personal de los padres transmitido al hijo. Jesús niega la culpabilidad de esta ceguera y ofrece otro camino de interpretación: su identidad (soy luz del mundo) y su misión (tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día). En el caso de la controversia con los fariseos, Jesús confirma la misma idea pero de una manera mucho más rotunda. Hay cegueras inocentes y otras culpables. Si la del protagonista de la narración es del primer tipo, la de los fariseos es culpable. En la cima del relato, Jesús llega a afirmar que su misión es la de someter la realidad a un juicio conforme a un criterio paradójico. De acuerdo a él, el que no ve verá y el que ve se volverá ciego. Se intuye que la ceguera y la visión poseen un valor simbólico en relación con Jesús.

Jesús da luz al ciego por medio de un signo (el barro untado en los ojos y el lavarse en la piscina de Siloé, el Enviado) guiado por una palabra (vete, lávate en la piscina de Siloé). El signo es eficaz. El ciego vuelve viendo. El signo es mediación de la sanación, gracias a él nuestro personaje se abre a la luz. Jesús estuvo en la construcción del signo y en la palabra orientadora. Pero luego ya no está presente.

La luz en la existencia del antiguo ciego supone un cambio radical. Es un hombre nuevo. El texto manifiesta la profundidad de esta mutación en un proceso conflictivo de nuestro personaje con diferentes instancias. A lo largo de él, el iluminado por Cristo ve cada vez con mayor claridad lo que le ha pasado y comprende mejor quién es el que le ha abierto los ojos. Su ver se va tornando en experiencia de vida y en sabiduría.

La causa del conflicto es la identidad que el antiguo ciego ha conquistado gracias a Jesús: ¿es él o es otro?, ¿quién es ? Sus vecinos son los primeros en extrañarse del cambio acontecido. Ante las dudas, el que fue ciego tiene que decir un significativo soy yo. Una expresión que une estrechamente al que ahora ve con Jesús, ya que en el cuarto evangelio es una frase propia de Jesús. Esta cercanía no va dejar ya el relato, pues de la pregunta por la identidad del antiguo ciego se pasará a continuación a la pregunta por la identidad del que le ha abierto los ojos.

Luego, sus vecinos conducen a nuestro protagonista a los fariseos. Además era sábado. Otro problema. Tras escuchar los fariseos el modo de la sanación, el episodio entra en una discusión en torno a quién es Jesús y de dónde viene.

Los padres del ciego de nacimiento son llamados a testificar. Ellos puedan dar testimonio de lo que saben, pero no pueden decir nada sobre el cómo de su curación o el quién lo ha hecho. Solo su hijo puede referir tal información. El texto, entonces, desliza un dato de interés: sus padres actuaron así por miedo a los judíos, ya que una ley castigaba con la expulsión de la sinagoga al judío que confesara que Jesús era el Cristo. De hecho, al ciego de nacimiento le aplican dicha ley. Lo curioso es que la norma es del año 90 después de Cristo. Por lo tanto, es de la época en la que se escribe el evangelio, no es contemporánea de Jesús. Se trata de un recurso del autor para unir en su relato dos tiempos y, de esta manera, lograr un mayor impacto en la vida de sus lectores, que sufren las consecuencias de esa ley.

El conflicto sube de tono. Los fariseos vuelven a interrogar al antiguo ciego sobre la identidad de Jesús y sobre el cómo de la curación. El iluminado por Cristo se enfrenta a sus interlocutores y, con cierta ironía, les pregunta si quieren hacerse discípulos de Jesús. La discusión llega al momento culminante: Jesús ¿viene a o no viene de Dios? El ciego de nacimiento cree que sí. Los fariseos no. Por eso lo expulsan.

La escena sigue narrando el encuentro de Jesús con el expulsado. De nuevo el tema va a ser el de la identidad del Nazareno. Todo se inicia con una pregunta: ¿crees en el Hijo del Hombre? El antiguo ciego no sabe quién es. Jesús añade: le has visto, el que habla contigo. Si somos justos, el que fuera ciego nunca había llegado a ver físicamente a Jesús, puesto que volvió viendo después de lavarse en Siloé. En el primer encuentro con el Maestro era ciego. Este dato confirma la interpretación simbólica de la ceguera. Nuestro protagonista cae a tierra y grita: creo Señor.

El episodio se cierra con las frases del porqué paradójico de la misión de Jesús y la controversia con los fariseos en torno a su ceguera culpable.

¿Qué decir después de todo lo apuntado? Hemos de ser necesariamente escuetos. Lo haremos en ocho guiones:

- La ceguera de nacimiento indica la situación de cualquier persona antes de haber tenido un encuentro con la luz, que es Cristo; de ahí que no haya en ella ninguna culpabilidad; cosa que sí ocurre cuando alguien (como los fariseos) conociendo la luz de Jesús la rechaza;

- Jesús es el que toma siempre la iniciativa en todo proceso de fe; el proceso hace que se produzca una identidad profunda entre Jesús y el iluminado por él. Jesús, luz del mundo, pone al descubierto quién es quién;

- El ciego, que comienza a ver gracias a Jesús, es un creyente, un iluminado por Cristo, que ve y entiende todo desde la luz que recibe de él; de ahí que, identificado con Jesús, sea otro Cristo (por eso dice, soy yo).

- El texto señala que el que fuera ciego de nacimiento y ahora ve, no solo es un creyente, sino el modelo de lo que ha de ser un buen cristiano o discípulo. Su capacidad de dar testimonio de Cristo frente a diversas instancias (vecinales, familiares y autoridades) así lo muestra; sobre todo, cuando, además, sufre las consecuencias de confesar a Jesús en tierra hostil (no teme a la exclusión social). Aquí hay un guiño directo a los destinarios del evangelio que sufrían en sus carnes lo que el antiguo ciego afronta de manera ejemplar: la expulsión.

- El proceso que sigue el ciego de nacimiento también es modélico en otras facetas: a) su conocer a Jesús brota de la experiencia que le cambia la vida (yo solo sé que antes era ciego y ahora veo) y b) este conocimiento, en el relato, supone un ascenso cristológico progresivo desde el hombre Jesús, pasando por el Profeta y el Hijo del Hombre, hasta la confesión pascual con el título Señor.

- El signo recuerda mucho el bautismo por el que ahora (lavándose en Cristo, el Enviado) se produce un nacimiento a la luz, a la vida nueva. Por eso, este texto ha sido interpretado en el catecumenado antiguo en clave bautismal. El ciego de nacimiento es modelo del cristiano que sabe dar razón de forma adulta de la nueva vida recibida de Cristo y, por eso, es apto para recibir el bautismo.

- En la Pascua renovaremos nuestro bautismo, este texto cuaresmal brinda una oportunidad maravillosa para que toda la Iglesia y cada uno de nosotros nos examinemos sobre la veracidad y la autenticidad del bautismo que hemos de renovar en la próxima Pascua.

- También se puede insistir en la relevancia del testimonio de cara a la fe. El discípulo es otro Cristo; en él actúa la luz del Maestro. Ver al discípulo conduce al Señor que vive en él. La luz de la vida del cristiano es la de Jesús. Pero, ¿qué luz refleja nuestra vida?