Dom
29
May
2011

Homilía VI Domingo de Pascua

Año litúrgico 2010 - 2011 - (Ciclo A)

No os dejaré desamparados

Pautas para la homilía

Hemos celebrado cinco semanas de Pascua y nos quedan dos para celebrar Pentecostés, por eso la iglesia pide hoy poder “continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo Resucitado”. En la celebración de este domingo aparece un aspecto nuevo de la Pascua. En las tres lecturas se hace presente el protagonismo del Espíritu, que es el que da la vida a la comunidad. Por él se sigue obrando en la iglesia “las maravillas del Señor”

  • “La ciudad se lleno de alegría”

La persecución que se dio en Judea protagonizada con el martirio de San Esteban, obligó a dispersarse sobre todo a los judíos helenistas. El diácono Felipe, que era uno de ellos, predicó a Cristo en Samaría. Realizó allí también los prodigios que en nombre de Jesús hacían en otros lugares. Había llegado hasta ellos la “salvación integral”. Acogían la palabra y quedaban curados muchos enfermos, lisiados y, también, eran liberados los poseídos de “espíritus inmundos”. Todo esto provocó en la ciudad alegría. Este grupo de samaritanos que habían aceptado la predicación, se habían convertido y se habían bautizado, pero aun no habían recibido el Espíritu Santo. Lo recibieron a través del ministerio de Pedro y Juan que les impusieron las manos. Así quedo constituida una verdadera comunidad de creyentes capaces de testimoniar su fe ante los demás.

La presencia del Espíritu Santo es quien hace que una comunidad cristiana sea auténtica. Podemos aceptar el mensaje cristiano de una manera superficial y por motivos espectaculares. Si no se da la presencia del Espíritu no se da una asimilación honda. En una sociedad como la nuestra, donde se vive aún en “estado de cristiandad”, tal vez sea necesario una “nueva evangelización” para recibir de verdad esa presencia nueva de Cristo resucitado a través del Espíritu de la verdad.

  • “Para dar razón de vuestra esperanza”

La carta de San Pedro hace una exhortación que viene a ser la consecuencia de recibir la “fuerza de lo alto”, de tener la presencia del Espíritu en nosotros. Se trata de manifestar una conducta acorde con la vida cristiana, que sirva de testimonio para todos. Esto se expresa con una de las formulaciones más bellas del Nuevo Testamento: “dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pida”. Y añade algo muy importante para que nuestro testimonio sea creíble, y que, en nuestro tiempo, el Beato Juan Pablo II recordó a los jóvenes en Cuatro Vientos: “Proponer, no imponer”, refiriéndose a la fe como testimonio. San Pedro, igualmente, invita en esta carta a los primeros cristianos a que den razón de su esperanza “con mansedumbre y respeto y en buena conciencia”. Así es como los que nos rodean puedan volver ”a la vida por el Espíritu”

  • “No os dejaré desamparados”

Durante estos domingos del tiempo pascual hemos podido comprobar cómo Jesús se hace presente a sus discípulos de diversas maneras, en el cenáculo, en el camino de Emaús, en la orilla del mar… El Resucitado, que es verdaderamente el crucificado, les va preparando para que puedan descubrirle con otra presencia. San Juan hace en su Evangelio una teología de la presencia de Jesús en la primera comunidad. La presencia de Jesús en la iglesia es real. Hemos de contar con esa presencia que anuncia el mismo Jesús: “No os dejare desamparados, volveré”. Esa nueva presencia es la del Espíritu que El nos envía junto con el Padre, por eso podemos experimentar de otra manera su presencia en medio de la comunidad y dentro de nuestros corazones. La misión del Espíritu Santo es continuar la obra del Reino de Dios iniciada por Jesús. El la completa y la adapta a los nuevos tiempo de la historia.

La promesa de Jesús de “no dejaros desamparados” (en griego “huérfanos”, con toda la carga social que en aquel tiempo tenía), tiene un condicionante. San Juan sitúa este fragmento del Evangelio en vísperas de la Pasión. Y la gran preocupación que Jesús tenía en ese momento abre y cierra el texto: que sus discípulos lo amen. Ese amor a Jesús es el que diferencia al discípulo de quien no lo sea. Pero hemos de darnos cuenta que no se trata de amar de palabra:“Obras son amores y no buenas razones”. El amor a Jesús se verifica con lo que él mismo nos dice: “el que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”. Y la recompensa de ese amor sincero y con obras, es lo más grande que puede esperar un ser humano: “lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él”. Sólo el que ama a Jesús está en condiciones de apreciar la verdad de lo que Jesús dice. Enraizado en la vida de Dios, el discípulo de Jesús es una persona feliz y completa, siempre agradecido, siempre asombrado. Ve y vive lo que el mundo no puede ver ni vivir.

Jesús había prometido: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Esta promesa ha quedado cumplida con el envío del Espíritu que nos enseña toda la verdad y que no nos deja desamparados. En la primera lectura que se ha proclamado hoy vemos como Jesús cumple con su promesa. Por medio de Pedro y Juan el Espíritu desciende sobre los samaritanos que se habían convertido gracias a la predicación y sanación del diácono Felipe. Alguien lo ha llamado el “Pentecostés samaritano”.

La inhabitación del Espíritu en los creyentes es la nueva forma de vivir el Señor Resucitado entre sus discípulos para siempre. Por este motivo podemos decir que la iglesia es en verdad la Comunidad del Espíritu.

Esta comunidad, no puede desentenderse de la presencia del mal en el mundo, que aparece bajo mil formas: hambre, injusticias, pobreza, enfermedad… La Iglesia quiere que tengamos hoy un especial recuerdo de los enfermos. La enfermedad nos ayuda a descubrir la fragilidad y los límites de nuestra condición humana. La enfermedad ajena nos puede ayudar a preocuparnos de los demás. En nuestra sociedad actual tenemos un déficit de “compasión”. Que la Pascua del enfermo nos haga tomar conciencia de esta realidad para ser nosotros también otros “consoladores”. “Paraclito” referido al Espíritu significa “consolador”

“Padre, la resurrección de tu Hijo Jesús fundamenta la esperanza de la nuestra. Por eso podemos repetir con el salmista a boca llena: Yo no he de morir, yo viviré para contar las hazañas del Señor. Ayúdanos, Señor, a mantenernos siempre fieles a tu voluntad y prontos para dar a todos razón de nuestra esperanza. Amén.