Dom
29
Oct
2017

Homilía XXX Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2016 - 2017 - (Ciclo A)

Amarás a tu prójimo como a ti mismo

Pautas para la homilía

La presencia de la divinidad, su descubrimiento, es fascinante. Se trata de un encuentro personal que no deja indiferente. Acercarnos al misterio es una aventura que siempre implica un cambio y exige a menudo adoptar una perspectiva que orientará la vida de otro modo. Uno de esos cambios consiste en ponerse el lugar de la otra persona. Supone asumir la llamada regla de oro en la que se pide no hacer a nadie lo que no estás dispuesta a padecer en ti misma. Estas trasformaciones conllevan siempre una perspectiva ética y, por lo tanto, tienen una dimensión social.

En el texto del libro del Éxodo se muestra claramente esta perspectiva. La lectura se refiere a actitudes y a prácticas que los seres humanos establecemos para con los otros, que marcan las diferencias, que señalan los lugares sociales que ocuparemos, los privilegios que tendremos y, especialmente, los efectos que todo ello tendrá en las vidas vividas. En boca del Señor se hace una enumeración de estas vidas precarizadas. Así, ser forastero, viuda, huérfana significa ocupar un lugar distinto del que se tenía anteriormente y asumir una desprotección casi total frente al resto. Sin embargo, la presencia de Dios pone la atención en que estas relaciones deben ser de otro modo. Necesitan ser transformadas y orientadas éticamente.

Estos cambios cuestan, como bien sabemos, muchos esfuerzos. Requieren orientar nuestras miradas, ver en “los otros” diferencias, pero también similitudes que nos hagan cada vez más próximos y reconocer que, frente a los demás, siempre tenemos responsabilidades. En eso consiste reconocer nuestra vulnerabilidad.

El Salmo canta “tú eres mi roca”, “peña mía”. Parece invocar ese mismo principio transformador de nuestras vidas. Entonces “mi fuerza”, lo que soy y orienta mi vida está en aquellas actitudes, prácticas y toma de posiciones que voy asumiendo cotidianamente. Pero la “roca” sobre la que gira nuestra vida creyente, no reside solo en mí, es más bien lo que sucede junto con los otros, con los de mi alrededor, de los que vamos haciéndonos próximos. Ellos y ellas son los “lugares” en los que nos reconocemos y que nos aproximan a Dios. Y quizá esta opción vital por vivir las relaciones responsables con los demás sea también la dureza y la permanencia de nuestra roca.

Al mismo tiempo, acoger la palabra de Dios, es la decisión que las personas de Tesalónica tomaron. Parece que siguieron el ejemplo de Pablo y otros discípulos y por ello, el apóstol dice de esa comunidad que se han comportado: “acogiendo la palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo”. Y quien actúa conforme al evangelio no necesita mucho más que decir porque su vida ya se pone de parte de quien lo necesita y habla por sí sola.

A pesar de todo no resulta nada fácil cambiar convicciones, verdades adquiridas o certezas asumidas desde antiguo. A menudo recurrimos a las leyes civiles y religiosas para que nos orienten en la toma de decisiones. Vivimos en estados de derecho en los que, de un modo u otro, depositamos nuestras confianzas, pero existen también otras formas de orientarnos para vivir en común. Se trata del amor. El evangelio de Mateo nos plantea esta propuesta de vida que se convierte en radical. No es una ley que podemos o no asumir, sino que es nuestra forma de ser. En el amor nos jugamos, medimos y calibramos quiénes vamos siendo, y siempre lo hacemos en común. Esa es nuestra verdad radical. Quizá, por eso, Jesús señala una única orientación para el amor. Amarnos a nosotros mismos, aprender a amar la vida común que nos damos los unos a los otros es igual a amar al Dios de la vida.