Dom
26
Nov
2017

Homilía XXXIV Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2016 - 2017 - (Ciclo A)

Jesucristo, Rey del Universo

Pautas para la homilía

Un verdadero pastor nunca abandona el rebaño

El profeta Ezequiel, en la primera lectura de este domingo, nos muestra cómo Dios mismo se pone al frente de su rebaño y cómo lo cuida de una forma especial. La reacción de Dios viene por la infidelidad y la mala gestión de los que dirigen al pueblo.

La lectura del profeta nos trasmite que siempre han existido malos dirigentes; jefes infieles a su compromiso de velar, guardar, proteger, defender, mimar y amar a su pueblo. Por ello, la palabra pastor el profeta la reserva para Dios. Porque Dios es el único pastor verdadero, el único pastor cuya fidelidad es radical ya que no evita los problemas y, ni mucho menos, huye. Se podría decir que este Pastor se identifica de tal manera con el rebaño, que huele a eso: a oveja.

Las palabras del profeta Ezequiel nos anuncian un porvenir diferente, algo que ha de venir y que será capaz de desenmascarar a todos aquellos que no cuiden del rebaño. Y es que las palabras del profeta nos apuntan al Buen Pastor, a Jesucristo, que se desvivirá por las ovejas hasta tal punto de dar la vida por todas y cada una de ellas.

 

En Jesucristo todos viviremos

San Pablo, en la segunda lectura de este domingo, nos muestra una exposición de la fe cristiana en la resurrección. Con Jesucristo, nos dice el Apóstol, todo ha cambiado y, por ello, la humanidad entera está llamada a un destino que ha comenzado con su resurrección. Nos encontramos aquí con algo esencial de Pablo: algo ha ocurrido, pero todavía está a la espera de su culminación total.

Ser conscientes de esta esperanza nos sitúa en que, sabiendo que ha ocurrido lo esencial, hay que esperar algo para más adelante. Es toda una perspectiva realista la que nos muestra la lectura, ya que nos está dando razón de las imperfecciones que están teniendo lugar en el presente: en lo individual, en lo colectivo, en lo civil y en lo eclesial. Cuando llegue el momento, la Parusía, la humanidad estará bajo la gracia y la vida porque Jesucristo, el Señor de todo, derrotará todo aquello que sea enemigo del ser humano.

 

Un reino lleno de amor misericordioso con el prójimo

El evangelio del último domingo del año litúrgico, nos sitúa en que no debemos olvidar nuestro compromiso práctico con los más necesitados. Porque el amor a Dios, demostrado en el amor hacia los demás, es el mayor signo que permite reconocer la irrupción de la soberanía de Dios en este mundo y en nuestra historia. Y es que Jesús, en el evangelio de hoy, nos muestra que ningún sufrimiento nos puede ser ajeno.

Lo contrario al amor no es tanto el odio; más bien es el rechazo. Nos estamos acostumbrando a rechazar y, por ello, utilizando la terminología del evangelio de hoy, no damos de comer ni de beber; no hospedamos ni vestimos; no visitamos en situaciones de encarcelamiento… Todas estas actitudes de rechazo impiden que respondamos, de una forma evangélica, a las exigencias de la justicia. Como consecuencia de este rechazo, los más desfavorecidos siempre quedan relegados y, Jesús, en el evangelio de hoy, es radical en este asunto: lo importante es ayudar a quien lo necesite.

El amor al prójimo es verdadero cuando conmueve el corazón e impulsa nuestras piernas; cuando nos despierta del letargo de la indiferencia y nos sacude para actuar de forma favorable hacia el otro, buscando mejorar la calidad de su vida. Pero este planteamiento no nos puede situar en niveles o grados, sino en una común unión íntima en el sufrimiento en plano de igualdad. Se trata, en definitiva, de una profunda empatía que implica el compromiso con el dolor y sufrimiento del prójimo y, no en menor medida, de una actitud compasiva que ennoblece al ser humano haciéndolo capaz de realizar una especie de milagro.

Jesús, en el evangelio de hoy, nos ha presentado un juicio, pero no pensemos mal ni en términos de miedo y condena inquisitoria. Solo nos está indicando que quienes se acercan y socorren a los hambrientos y sedientos, a los desnudos, inmigrantes y encarcelados, se están acercando y socorriendo al Dios que se nos manifiesta en Jesucristo. Por ello, solo nos queda responder una pregunta: ¿Qué será de nosotros o, dicho de otra forma, qué nos ocurrirá si nos olvidamos de los pobres?