Dom
25
Jun
2017

Homilía XII Domingo del Tiempo Ordinario

Año litúrgico 2016 - 2017 - (Ciclo A)

No temáis

Pautas para la homilía

Anclados en la Palabra de Dios

El discurso apostólico de Mt 10 constituye una especie de breviario o vademécum misionero valedero para todos los tiempos. Inspirado en lo que fue la propia misión de Jesús, ejemplariza el modelo a seguir por cuantos se sienten llamados a continuar en la obra de la evangelización. Asocia la suerte de los discípulos a la de su Maestro, con el que conforman una misma familia. Como enviados de Cristo Jesús, están en manos de Dios y por tanto no deben preocuparse ante posibles acontecimientos.

El fragmento que hoy nos ocupa viene enmarcado en la segunda parte del discurso (10, 24-42). Ahora bien, su contenido rebasa con creces el horizonte del primer envío de los Doce al pueblo de Israel, de dos en dos, como itinerantes de la predicación del Reino. La actividad de Jesús y de sus inmediatos seguidores es asumida ahora por toda la comunidad cristiana como destinataria directa del encargo dejado por Jesús. La luz del evangelio, como la lámpara sobre el candelero, ha de alumbrar a todos los hombres (5,14-16) superando las estrechas fronteras del judaísmo.

Es dentro de este contexto eclesial donde resuena la voz del evangelio de hoy, repetida cuatro veces: no temáis. La misma voz salida de los labios de Jesús en varias ocasiones haciéndose eco del reiterativo testimonio de los profetas. Cuando Jeremías es llamado a ser profeta de Dios siendo todavía un muchachuelo temeroso y asustadizo, recibe la palabra reconfortadora Yahvé: No les tengas miedo (1,8); por eso, curtido por la experiencia, proferirá más tarde las palabras que hemos escuchado en la primera lectura: pero Yahvé está conmigo, cual campeón poderoso (20,11). Es la misma palabra de apoyo y consuelo que escuchará más tarde el profeta Ezequiel ante la dura misión que le espera: no temas aunque te rodeen amenazantes y te veas sentado sobre escorpiones. No tengas miedo de lo que digan, ni te asustes de ellos (2,6).

Es el destino reservado a los mensajeros de Dios. En medio de una visión nocturna, le dirá el Señor a Pablo, el gran heraldo de Cristo Jesús: no tengas miedo, sigue hablando y no te calles (Hch 18,9). En su turbulento viaje a Roma por mar, como prisionero y en medio de la tempestad y del naufragio, la palabra del Señor le va a confirmar y animar en su misión: no temas, Pablo; tú tienes que comparecer ante el César (27,24). El Apóstol sabía muy bien a quién se había confiado.

Predicar sin temor

El miedo paraliza. ¿Cómo superarlo en momentos de prueba y persecución? Los discípulos, vinculados en la misión a la suerte de su Maestro, habrán de afrontar con temple y entereza las múltiples penalidades inherentes a su actividad apostólica, aleccionados y aconsejados por su ejemplo. La motivación última “del Reino y su justicia” (Mt 6,33) comporta una actitud consecuente hasta el final, incluso hasta el propio martirio si éste fuera el caso. Sólo a Dios hay que temer, es decir, acoger y reverenciar su soberanía desde la sabia actitud de una fe obediente a su Palabra. Si Dios provee hasta de los gorriones y de los cabellos de la cabeza, ¿cómo no va a preocuparse de quienes son sus portavoces en la tierra? Nada ocurre sin su anuencia. No están a la intemperie, zarandeados por el azar, sino en las manos amorosas y providentes de nuestro Padre Dios. El temor de Dios, principio de sabiduría cristiana, aleja y libera a sus enviados de todo posible temor a los hombres.

No se está defendiendo con esto un falso e ingenuo optimismo cristiano. Al contrario, el hecho de proclamar públicamente la fe comporta por lo general una serie de contratiempos e incomodidades que se suman al ya de por sí conflictivo y duro combate de la vida. Ahora bien, semejante actitud de resistencia activa ante las adversidades, capaz de superar el temor a los hombres, sólo es comprensible desde la plena confianza que despierta la promesa de Jesús en cuantos se declaran abiertamente a su favor. Es la convicción profunda que subyace en el fondo de toda esta serie de dichos sapienciales.

Mantengamos nuestra confesión de fe (Heb 4,14)

A finales del siglo primero, cuando los primeros cristianos se vieron envueltos en la persecución, necesitaron de la exhortación y el apoyo de sus líderes para no desfallecer en la confesión de la fe siguiendo el ejemplo de Jesucristo ante Poncio Pilato (1 Tm 6,12-13). Eran alentados a no perder de vista a Jesús, “el apóstol y sumo sacerdote de nuestra fe”, ascendido ya a los cielos y fiel cumplidor de su Promesa (Heb 3,1; 4,14, 10,23).

Esta exhortación del predicador de la carta a los Hebreos a mantener nuestra confesión de fe sigue siendo de plena vigencia en la actualidad. Es la invitación que se nos hace a cuantos hemos sido incorporados por el bautismo a Cristo Jesús. Él es quien pone las palabras en nuestra boca y nos quita todos los miedos. Necesitamos una fuerte dosis sabiduría y fortaleza del Espíritu para saber testimoniar en nuestro mundo, con coraje y valentía, la fe que profesamos. No temáis… Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; lo que escucháis al oído, proclamadlo desde las azoteas.