Dom
17
Abr
2016

Homilía IV Domingo de Pascua

Año litúrgico 2015 - 2016 - (Ciclo C)

Yo doy la vida eterna

Pautas para la homilía

  • Oyentes de su palabra

Es casi un tópico decir que los humanos vivimos actualmente envueltos en mensajes. Casi todos ellos prometen algo que mejora la vida, la hace más confortable, e incluso más compartida. No obstante, siempre logramos desprendernos de la sospecha de que tales mensajes esconden confusos intereses, no siempre confesables.

Y es que la palabra, ese instrumento tan propio de los humanos, es ambigua: trasmite la verdad o la oculta, nos acerca o nos distancia, nos conforta o nos debilita. Con la palabra nos ofertamos o nos vendemos, que no es lo mismo. Con ella construimos experiencias de humanización o las amenazamos. “Desarmar la palabra” fue una propuesta evangelizadora hace unos años en una campaña diocesana. Buen eslogan porque, como dice el canto, hay palabras que hieren.

Por eso hay en muchas personas un deseo de devolver a la palabra la sencillez, la sinceridad y la fuerza que tienen las palabras de Jesús. Su modo de hablar, con palabras, gestos y compromisos, conmovía a sus oyentes y dejaba intrigados a los más escépticos. Todo su ser y actuar era un lenguaje que revelaba una honda sabiduría. Esa que trasmite saber y da sabor a la vida.

Porque de eso se trata, de una palabra que dé vida, que ayude a vivir. De una palabra que genere cercanía y seguimiento más allá de las circunstancias concretas. Una palabra que proyecta la vida hacia el hoy de Dios, que es también nuestro mañana.

  • Una palabra que hace nuevas las cosas

La Resurrección de Jesús ha introducido un nuevo elemento para comprender la vida y situarse en ella de una manera digna. No se trata de una mera continuidad, aunque mejorada, de lo que nos rodea y de nosotros mismos, Tampoco es un mero enriquecimiento de percepciones y matices, como el que nos ofrece una buena educación. Es algo más y algo nuevo: lo mortal revestido de inmortalidad (1 Co. 15, 53).

De esa honda transformación de la condición humana se hace eco el Apocalipsis, libro del que se toma la segunda lectura. Sabemos que es una obra escrita en tiempos de persecución y conflictividad, para mantener la esperanza de aquellas comunidades. La esperanza, que no es un refugio ilusorio en bellos sueños de futuro, sino una apuesta por la vida de resucitados que ya ha comenzado.

Las imágenes de la abundancia, del frescor y de las fuentes de agua viva, del cesar de las lágrimas…, son imágenes de la novedad del mundo en que se enmarca el hombre nuevo. No podemos vaciarlas de su poesía, pero tampoco de su realidad. ¿Qué quedaría del cristianismo sin la fe en la resurrección?

Esas imágenes no pretenden movernos a un pasivo abandono, sino animarnos a vivir escuchando la voz, la palabra del Señor, y a seguirle. Decidirnos a hacer también nosotros las cosas nuevas, y las maneras nuevas. Vivir el día a día siguiendo a Jesús, incorporando sus valores y sus apuestas a nuestras experiencias y compromisos. Seguir a Jesús es compartir su vida y su causa. Es adentrarse con Él en el Reino que, ciertamente no es de este mundo, pero que tiene que ver con lo que nos alegra y entristece en este mundo.

  • La palabra de Jesús en la palabra del Padre

El evangelio de hoy termina con unas palabras de Jesús que merecen toda nuestra atención: Yo y el Padre somos uno.

Creer en el Resucitado es revisar críticamente las imágenes de Dios que hay en nuestro medio e incluso en nosotros mismos. Creemos en Dios, pero no en cualquier Dios. No creemos en el Dios que se distancia -un Dios altivo y perezoso- ni en el Dios que se inmiscuye -un Dios justiciero y metomentodo-. Creemos en el Dios de Jesús: el que se hizo hombre, el que pasó por el mundo como uno de tantos pero haciendo el bien, el que se conmovía ante la necesidad y el sufrimiento de las personas, el que comía con los pecadores y les perdonaba, el que sólo se indignaba ante la hipocresía y la dureza de corazón.

No hemos visto nunca a Dios, pero entrevemos su rostro en los gestos de Jesús. No hemos oído nunca a Dios, pero las palabras de Jesús reflejan su Palabra. Porque Jesús y el Padre son uno.

El Dios de Jesús supera a todas las experiencias e instancias en las que hombres y mujeres buscamos o ponemos la esperanza. No es que cuanto constituye nuestro mundo sea inconsistente y falso. Tiene su dignidad y capacidad para construirnos. Pero necesita un fundamento y un horizonte que le dé plenitud y así nuestra vida pueda ser en verdad una vida para siempre.