Dom
15
Sep
2019

Homilía XXIV Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2018 - 2019 - (Ciclo C)

Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido

Pautas para la homilía

La ira de Dios

Si hay un pecado abominable en la Sagrada Escritura a los ojos de Dios es la idolatría, es decir, la creación de falsos dioses hechos según modelo y capricho de los hombres con el fin de suplantar al Dios verdadero. Es un pecado tan aborrecible que es capaz de despertar en Dios la ira. En su locura, la ira es un sentimiento capaz de arrasar con todo lo que encuentre a su paso y puede ser causa de una verdadera devastación. La idolatría niega a Dios su libertad y su bondad. El ídolo es un falso Dios cuyo objetivo es confundir la bondad de la creación del Dios misericordioso.

Un afamado psicólogo del pasado siglo escribió un libro sobre el miedo que los hombres tienen a la libertad y de cómo ese miedo ha conducido a tolerar y aceptar situaciones de esclavitud y totalitarismos. El miedo a los otros, a afrontar nuevos retos, a vivir en la diferencia, a la convivencia intercultural, etc., genera situaciones que están en el origen de nuevas idolatrías religiosas y sociales que se oponen al Dios, Abba, entrañable de Jesús.

La misericordia de Dios es de tal calado que, incluso, está dispuesto a perdonar el abominable pecado de la idolatría, siempre que el creyente termine por reconocer y confesar al Dios vivo y verdadero, origen de todo bien, de toda libertad y de toda justicia. El poder del Dios cristiano está, precisamente, en la fuerza de su perdón por amor. Quien ama es capaz de perdonar y Dios es Amor. Perdonar no es un acto de cobardía ni de debilidad, al contrario, es una acción de valentía, de coraje y de apuesta por el futuro. El perdón de Dios es garantía de un futuro mejor para todos.

Dime con quién andas y te diré quién eres

Pero no todos entienden que Dios es misericordia y derrocha de generosidad para quienes más lo necesitan, para los pecadores. En los Evangelios se pone de manifiesto, en numerosos textos, como los que leemos en este domingo, que los que son tenidos como pecadores públicos, en el mundo religioso judío donde vivió Jesús, son, precisamente, quienes lo escuchan y, por el contrario, quienes se ven a sí mismo como justos, irreprensibles y conocedores de la ley de Dios son quienes rechazan las enseñanzas de Jesús, Palabra de Dios.

 No cabe duda que Jesús causó escándalo con su predicación, que dijo e hizo cosas que hirieron la sensibilidad dominante religiosa de su entorno, al tiempo que despertaba el asombro y la esperanza que aquellos que se sentían excluidos y desplazados de la religión judía. Frente a la imagen de un dios preocupado por normas y leyes, Jesús mostró la verdadera imagen de Dios, ya presente en esa misma tradición, de un Dios misericordioso cuya principal alegría reside en el retorno del perdido, de lo extraviado, del pecador arrepentido.

¿Por qué no nos causa alegría el pecador arrepentido? ¿Por qué no confiamos en la fuerza sanadora del perdón? ¿Por qué no terminamos de creernos que el Hijo de Dios, Jesús, vino a salvar y convivir, preferentemente, con los pecadores? No suele ser muy frecuente en nuestros días ver por las calles y las plazas a obispos, sacerdotes, religiosos/as, notorias personas religiosas, rodearse de pecadores/as públicas o de estigmatizados sociales, y no dejo de preguntarme por qué motivo, teniendo en cuenta que Jesús lo hacía con frecuencia.

La persuasión del Padre

Para los cristianos el Evangelio es fuerza salvadora y liberadora, es el motivo de nuestra alegría, es orientación en nuestro camino y es el motivo de nuestra esperanza. El Evangelio es el sí de Dios por esta humanidad a la que le cuesta reconocer la alegría de la fraternidad y el gozo del reencuentro. Desde el comienzo de la relación de Dios con el hombre, Dios se ha mostrado dispuesto a escuchar, a proteger y a acompañar al hombre. Casi siempre Dios nos ha complacido, por puro amor hacia nosotros, a cambio de mantener nuestra Alianza con Él y de reconocerlo como nuestro libertador.

Constantemente, Dios no persuade de su amor y de su confianza en nosotros. Pablo, como tantos otros a lo largo de la historia de la salvación, lo experimentó en su vida y por eso se mostró siempre agradecido. Sale cada día al camino para encontrarse con quien lo busca. Dios quiere mantener una relación estrecha con cada uno de nosotros y que participemos del banquete de sus dones y delicias; pero, nos quiere libres y confiados. Libres para amar como Él y confiados hasta la entrega generosa.

Nuestros tiempos no son los mejores para la vivencia de la fe, pero este es el mejor tiempo porque es nuestro tiempo. Hoy, como ayer, la inocencia es lo que puede conquistar los corazones de nuestros contemporáneos; el inocente, el de corazón puro, ve y comprende como Dios sigue construyendo su historia de relación con el mundo, contempla como va tejiendo una nueva humanidad. Ojalá abramos nuestro entendimiento y corazón a la escucha atenta de la Palabra de Dios, que oigamos sus pasos en la Creación y contemplemos su rostro desde la salida del sol hasta su ocaso.