Dom
15
Sep
2019

Homilía XXIV Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2018 - 2019 - (Ciclo C)

Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido

Evangelio para niños

Parábola de la oveja perdida - Lucas 15, 1-32


En aquel tiempo se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: - Ese acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola: - Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja a las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: - ¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, reúne a las vecinas para decirles: - ¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido. Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.

Explicación

A Jesús le acusaron mucho sus paisanos de ser muy blando y acogedor con las personas pecadoras y de mala fama. Y él explicaba su comportamiento, poniendo ejemplos para hacerse entender. A un pastor se le perdió una oveja. Y cuando al final del día se dió cuenta, dejó todo el rebaño recogido y se marchó a buscarla. Y cuando la encontró se llenó de alegría, la puso sobre sus hombros y la devolvió al rebaño. La misma alegría hay en el cielo por alguna persona que estando perdida ha sido encontrada. Jesús dice que él ha venido para encontrar lo perdido.


Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido

Dibujo realizado por: Fr. Félix Hernández Mariano
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Evangelio dialogado

Te ofrecemos una versión del Evangelio del domingo en forma de diálogo, que puede utilizarse para una lectura dramatizada.

Narrador: Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:

 

Hijo menor: Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.

Narrador: El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente

Niño 1: No entiendo la actitud de ese hijo. Se ha comportado como un mal hijo.

Narrador: Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Niño 2: Le está bien empleado por malgastar las cosas a destiempo.

Narrador: Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo:
Hijo menor: Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.

Niño 1: Parece mentira… Como dice el refrán: “sólo no acordamos de santa Bárbara cuando truena”.

Narrador: Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.

Hijo menor: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.

Padre: Sacad en seguida el mejor traje y vestido; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.

Narrador: Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.

Mozo: Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.

Narrador: Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él enfadado le dijo a su padre:

Hijo mayor: Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.

Padre: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.

 

Elaborado por: Fr. Emilio Díez Ordóñez y Fr. Javier Espinosa Fernández