Vie
15
Ago
2014

Homilía Asunción de la Virgen María

Año litúrgico 2013 - 2014 - (Ciclo A)

Proclama mi alma la grandeza del Señor

Pautas para la homilía

Estamos celebrando una fiesta de María. Quizás de las que más arraigo tiene en las ciudades y pueblos de España.
La fiesta de la Asunción de la Virgen María a los cielos tiene su sentido desde la experiencia de la Resurrección de Jesucristo. La Pascua nos ha abierto a todos las puertas del Reino de Dios. Un Reino que comienza aquí con Jesús y que llega a su plenitud en la casa del Padre. Los cristianos estamos llamados a seguir a Jesús en su retorno al Padre. Él es la cabeza del cuerpo de la Iglesia. María es un miembro preeminente. Ella ha sido llevada al cielo. Su experiencia es modelo para cada uno de los cristianos.

María es importante por ser madre de Jesús. A esta realidad se abre por la experiencia profunda del Espíritu, que la hace fecunda. Pero María es todavía más importante por ser discípula de Jesús. La primera oyente del Evangelio. La primera en ponerlo en práctica con su vida. La primera creyente.

Ella sigue los pasos de su Maestro y vive la experiencia de la Vida plena junto a Dios en la Resurrección. La muerte ha sido vencida y no puede apagar la Vida de quien ha dicho sí a Dios, en total entrega y disponibilidad, y ha puesto toda su esperanza en el Maestro.

Lo que María vive ya junto a Dios es lo que nosotros vamos a vivir tras la experiencia de la muerte. Por eso, para nosotros la Asunción de María es buena noticia. Donde Jesús y María han llegado vamos a llegar también nosotros. Nosotros no por nuestros méritos sino por la misericordia de Dios.

El Evangelio de San Lucas, que proclamamos en este día de fiesta, nos relata el encuentro de María con su prima Isabel. La actitud de María, saliendo al encuentro de quien le necesita, es modelo de la vocación de servicio de cada cristiano. Todos estamos llamados a salir al encuentro de quienes nos necesitan. La disponibilidad ha de ser una característica inherente en cada persona que tome en serio el Evangelio y lo quiera hacer vida. Como María, no podemos quedarnos impasibles ante la necesidad o el sufrimiento de los que tenemos que considerar hermanos desde la fe.

Existe una clara complicidad entre María e Isabel. Lo que les acontece en ambas, su estado de buena esperanza, es una experiencia religiosa porque es obra del Espíritu. Su relación pasa de la familiaridad a una experiencia profunda de fe. Toman conciencia, compartiendo lo que están viviendo cada una en primera persona, de cómo Dios ha querido contar con ellas para llevar a cabo el momento decisivo de la historia de la Salvación: la encarnación de su Hijo, del que Juan Bautista será el precursor. Es un signo el que Juan salte de gozo en el vientre de Isabel al intuir la presencia del Salvador.
Isabel reconoce en María a la madre de su Señor y se considera indigna de tan importante visita.

María entona el magníficat, proclamando la grandeza de Dios que ha puesto los ojos en ella. María reconoce la predilección de Dios hacia los pobres y desvalidos de este mundo. Su canto anticipa cuanto Jesús con su vida y su palabra va a dejar claro en todo el Evangelio. El Dios de Jesús es Padre lleno de amor y de misericordia. Un Dios que cree en el hombre y sale a su encuentro.

Al celebrar la Asunción de María, cada uno de nosotros podemos preguntarnos si vivimos nuestra existencia como verdadera historia de salvación. Movidos por el Espíritu, necesitamos vivir en estado de buena esperanza. Dios, como un día contó con María, quiere contar con cada uno de nosotros hoy. Ojalá estemos siempre disponibles y sepamos hacer de nuestra vida un canto de alabanza. Así podremos un día llegar como ella a la meta.