Dom
14
Abr
2019

Homilía Domingo de Ramos

Año litúrgico 2018 - 2019 - (Ciclo C)

Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre

Pautas para la homilía

Israel esperaba desde tiempos inmemoriales al Mesías enviado de Dios. Lo soñaban como un rey poderoso, un nuevo David, que les devolviera la dignidad y la libertad que tantos y tantos habían pisoteado, un renuevo del tronco de Jesé que fuese el vengador de Dios, que devolviera el verdadero culto, la verdadera fe a Israel, que entregara su tiempo y su existencia a la causa de Dios, a la causa del Pueblo de Dios. Cierto es que algunas lecturas - el siervo doliente de Isaías cuyo centro leemos en la primera lectura de hoy, o el salmo interleccional que hoy proclamamos-, desconcertaban y no sabían bien cómo interpretarse. Desde luego que el centro de la experiencia de ese esperado enviado de Dios tendría que ser Jerusalén, la ciudad santa del Templo, trono de Dios en la tierra y corazón de la experiencia religiosa judía.

Desde esas claves la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén, es todo un símbolo teológico de la verdadera identidad de Jesús. Jesús es ese enviado de Dios, Emanuel, que entrega toda su existencia al proyecto de Dios. Es quien devuelve la dignidad y la libertad, quien hace suya la causa del pueblo de Israel, será el Rey descendiente de David, el verdadero Señor como dice el Himno de Pablo a los Filipenses.

Ese himno oración de aclamación y a alabanza a la condición divina de Cristo de Filipenses, nos muestra el centro de la proclamación de quién es Cristo para la Iglesia. La Palabra de Dios, el Hijo de Dios, Dios mismo, que se “abaja”, se “despoja” de su rango, de su posición, de su condición divina, para hacerse un hombre, para hacerse uno de tantos, para pasar por un esclavo, rebajándose -kenosis en termino griego- por amor a la humanidad, hasta aceptar la muerte más ignominiosa y terrible, la de cruz, para alcanzarnos la salvación... y precisamente por esa entrega de amor generosa en grado sumo, desinteresada, amante, Dios le resucitó devolviéndole a una vida inimaginable, colocándole a su derecha, dándole el mayor nombre que jamás pueda existir, el mayor reconocimiento que se puede dar: el de Señor. Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre.

Pero las cosas no son tan sencillas. La Gloria de Cristo, su condición de Señor y Rey son muy muy diferentes a lo que Israel esperaba, y probablemente, a lo que cualquiera pudiera pensar que el enviado de Dios sería. La Gloria, el señorío, el reconocimiento debido a ese amor, se enfrentan con la propia mentalidad humana que no entiende cómo Dios se muestra en lo humano y además en la cruz. No terminamos de entender esa kenosis de Dios, cómo va a mostrarse Dios en el dolor, la muerte y la entrega de la cruz... nunca terminamos de comprender el inmenso amor de Dios por la humanidad que le lleva a aceptar la cruz, la entrega violenta y sufriente, por amor.

Y es que nos sigue rechinando la contradicción que supone la cruz, la dimensión profundamente contracultural que el mensaje de Cristo muestra y significa. La felicidad humana, el sentido, la plenitud, no se alcanza en lo que los valores dominantes dicen: no es en el ocio, la comodidad, el consumo, no es en el placer, el bienestar, la calidad de vida y el disfrute donde la condición humana se alcanza. Es en el amor, en la entrega, aun a pesar de todo lo que esa entrega suponga de sufrimiento, y hasta de muerte, donde la condición humana se desarrolla en todo su potencial. Así nos lo muestra Jesús, como enviado de Dios. Dios y sus sorpresas constantes. Dios y lo inesperado.

La escucha de la Pasión según san Lucas deja mudo. El drama mistérico que se desarrolla ante nuestros ojos epata y arroba no por conocido y escuchado. Nos muestra quién es Jesús, nos muestra su condición, ese Señorío que se desarrolla ante nuestros ojos en cada escena de la pasión: la cena, el huerto de los olivos, la tortura de los soldados, el juicio ante el Sanedrín, la presencia ante Herodes y ante Pilatos, el camino al Gólgota y la misma muerte en cruz. El relato de Lucas nos muestra un señorío, una grandeza, una majestad, un dominio, que poco tienen que ver con lo que el mundo entiende habitualmente que es. El verdadero Señorío es el de la entrega por amor.

Dos claves pues finales de este día nos deja la liturgia de este Domingo de Ramos como invitaciones para nuestro día a día, y ambas interrelacionadas. Una, la de reconocer a Jesucristo como Señor, proclamar su nombre por encima de todo nombre, doblar toda rodilla ante él, aclamarle con palmas y olivos, cantar y bendecir su llegada entre nosotros, alegrarnos y llenarnos de júbilo y esperanza por su condición de enviado entre nosotros, porque él nos trae la salvación, la liberación, la dignidad, la plenitud. Y dos, que esa acogida al señorío de Jesucristo, ese reconocimiento nuestro de Cristo como Señor, supone para nosotros una manera concreta de pensar, actuar y vivir, conforme a un mensaje y una actitud fundamental: la de vivir amando, la de vivir en la entrega, aun a costa de uno mismo.

Así pues, en esta Semana Santa que comienza con este Domingo de Ramos, vivamos acogiendo a Jesús como Señor, y que suponga un nuevo año, reafirmar nuestra condición de cristianos que quieren vivir transformando su vida tras los pasos de Jesús el Señor, viviendo desde el amor y la entrega que esta semana nos recuerdan.