Lun
5
Jul
2010
¡Ánimo, hija! Tu fe te ha curado.

Primera lectura

Lectura de la profecía de Oseas (2,16.17b-18.21-22):

Así dice el Señor: «Yo la cortejaré, me la llevaré al desierto, le hablaré al corazón. Y me responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que la saqué de Egipto. Aquel día –oráculo del Señor–, me llamará Esposo mío, no me llamará ídolo mío. Me casaré contigo en matrimonio perpetuo, me casaré contigo en derecho y justicia, en misericordia y compasión, me casaré contigo en fidelidad, y te penetrarás del Señor.»

Salmo

Sal 144 R/. El Señor es clemente y misericordioso

Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R/.
Una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas. R/.
Encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias. R/.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,18-26)

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se acercó un personaje que se arrodilló ante él y le dijo: «Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, ponle la mano en la cabeza, y vivirá.» Jesús lo siguió con sus discípulos.
Entretanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto, pensando que con sólo tocarle el manto se curaría. Jesús se volvió y, al verla, le dijo: «¡Ánimo, hija! Tu fe te ha curado.» Y en aquel momento quedó curada la mujer.
Jesús llegó a casa del personaje y, al ver a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo: «¡Fuera! La niña no está muerta, está dormida.» Se reían de él.
Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano, y ella se puso en pie. La noticia se divulgó por toda aquella comarca.

Reflexión del Evangelio de hoy

La lecturas que nos encontramos en este lunes son lecturas con muchos detalles y con mucha enjundia para predicar: la fidelidad, la comunión entre Dios y su pueblo, la fe, las obras de Jesús... Me detengo en la fe y las obras de Jesús, es decir, los milagros.

Creo que debemos dejar claro, lo primero, que la fe no es ni la causa ni la consecuencia del milagro de Jesús. Es decir, la obra de Jesús de resucitar a la hija de quien se arrodillo delante de él no se produce a causa de que el padre tiene fe en Jesús ni tampoco la fe es consecuencia tras el milagro de Jesús.

¿Qué es, entonces, la fe? La fe, antes que la curación, es el encuentro con el Dios de Jesús. Quien se encuentra con Jesús se encuentra con el mismo Dios, del que se nos habla en la primera lectura del profeta Oseas. Por ello, el profeta describe este encuentro como un matrimonio, es decir, una comunión de Dios con cada uno de nosotros.

Creemos en Dios y lo que nos dice por medio de su Palabra. Esta Palabra es una palabra fiable, ya que cumple lo que promete. Y lo que promete es la Felicidad para cada uno de nosotros. Quizás sea esto lo que nos quisieron explicar los evangelistas al narrarnos estos pasajes de curaciones. La Palabra de Dios es capaz de curar, de sanar, de dar la felicidad hasta en aquellas situaciones donde todo parece perdido (la muerte de la niña) y donde la “anormalidad” es la tónica de vida.

Por tanto, la fe, como hemos dicho, ni es la causa ni la consecuencia de los milagros, pero si que es la condición para que la Palabra de Dios pueda ejercer su señorío.

Destaco también del Evangelio otro detalle. Son dos mujeres, una niña y una mujer que se desangraba por los flujos, a las que cura Jesús. Mujeres, una impura y otra una niña... la carga de encontrarse fuera y lejos de lo sacro para Israel es mucha. Jesús las coloca, en este pasaje, como centro de su actuación. Quien está excluido en la fe de Israel, a raíz de Jesús, se encuentra en el centro de preocupación de la fe cristiana.