El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano

Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo 24,21-15,1

En aquellos días, Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este, que secó el mar, y se dividieron las aguas. Los israelitas entraron en medio del mar a pie enjuto, mientras que las aguas formaban muralla a derecha e izquierda. Los egipcios se lanzaron en su persecución, entrando tras ellos, en medio del mar, todos los caballos del Faraón y los carros con sus guerreros. Mientras velaban al amanecer, miró el Señor al campamento egipcio, desde la columna de fuego y nube, y sembró el pánico en el campamento egipcio. Trabó las ruedas de sus carros y las hizo avanzar pesadamente.
Y dijo Egipto: «Huyamos de Israel, porque el Señor lucha en su favor contra Egipto.»
Dijo el Señor a Moisés: «Extiende tu mano sobre el mar, y vuelvan las aguas sobre los egipcios, sus carros y sus jinetes.»
Y extendió Moisés su mano sobre el mar; y al amanecer volvía el mar a su curso de siempre. Los egipcios, huyendo, iban a su encuentro, y el Señor derribó a los egipcios en medio del mar. Y volvieron las aguas y cubrieron los carros, los jinetes y todo el ejército del Faraón, que lo había seguido por el mar. Ni uno solo se salvó. Pero los hijos de Israel caminaban por lo seco en medio del mar; las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda. Aquel día salvó el Señor a Israel de las manos de Egipto. Israel vio a los egipcios muertos, en la orilla del mar. Israel vio la mano grande del Señor obrando contra los egipcios, y el pueblo temió al Señor, y creyó en el Señor y en Moisés, su siervo.
Entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron un cántico al Señor.

Salmo

Ex 15,8-9.10.12.17 R/. Cantaré al Señor, sublime es su victoria

Al soplo de tu nariz, se amontonaron las aguas,
las corrientes se alzaron como un dique,
las olas se cuajaron en el mar.
Decía el enemigo: «Los perseguiré y alcanzaré,
repartiré el botín, se saciará mi codicia,
empuñaré la espada, los agarrará mi mano.» R/.

Pero sopló tu aliento, y los cubrió el mar,
se hundieron como plomo en las aguas formidables.
Extendiste tu diestra: se los tragó la tierra. R/.

Introduces a tu pueblo
y lo plantas en el monte de tu heredad,
lugar del que hiciste tu trono, Señor;
santuario, Señor, que fundaron tus manos. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 12,46-50

En aquel tiempo, estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él.
Uno se lo avisó: «Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo.»
Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?»
Y, señalando con la mano a los discípulos, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.»

Reflexión del Evangelio de hoy

En las lecturas de este martes, la liturgia nos propone 2 textos bastantes conocidos con una idea común: Dios actúa cuando le dejamos actuar. Si no le dejamos, somos nosotros quien nos cerramos a la acción de Dios rechazando cumplir su voluntad.

En la primera lectura encontramos el famoso c.14 del libro del Éxodo donde se nos describe cómo Yavéh protegió a Israel cuando huía de Egipto haciendo que se abriera el Mar Rojo: "Huyamos de Israel, porque el Señor lucha en su favor contra Egipto", dicen los egipcios. Esta puede ser la afirmación fundamental de este texto: los páganos (Egipto) han reconocido que Dios está con el pueblo de Israel salvándolo. Yavéh tiene un único propósito: la felicidad de su pueblo. Para ello, Dios camina con el pueblo cuando el pueblo quiere caminar con Él. Dios habla a su pueblo cuando el pueblo quiere escucharle. Este es una ejemplo de cómo Dios sale a nuestro encuentro cuando nosotros nos abrimos a ese encuentro. Pero Yavéh no controla, fuerza a las personas y su libertad; su función no es la de guardián, ni vigilante… Las acciones que realizamos las personas son la puesta en práctica de opciones que hemos tomado. Dios, como vemos en nuestra vida, respeta y colabora en nuestras decisiones, cuando le dejamos colaborar.

En el Evangelio encontramos la paradigmática respuesta de Jesús respecto a su madre y sus hermanos: “Mi Madre y mis hermanos son los que cumplen la voluntad de mi Padre” El tema de voluntad de Dios es quicio en la espiritualidad cristiana. Oímos muchas veces: “Esto es la voluntad de Dios para mi”. Pero ¿quién conoce el “querer de Dios”? Para conocer la voluntad de Dios, el Nuevo Testamento nos ofrece una metodología a seguir: nosotros, seguidores de Jesús, hemos de conocer la voluntad de Jesús para saber cuál es la voluntad de Dios. Hemos de hacernos conforme a la voluntad de Jesús. Y esto es hacer la voluntad del Padre. Por ello, el Nuevo Testamento nos habla que en la persona Jesús hay dos vivencias que dan sentido a su vida y acción: el Absoluto de Dios y el Reino de Dios. Esta es, pues, la voluntad de Dios para Jesús: que Él (Dios), y sólo Él sea la razón de pensar, de vivir, de hablar y actuar de toda persona, para que de esa manera se inaugure el Reino de Dios. Teniendo claro esto (que la voluntad de Dios es la voluntad de Jesús y que nosotros somos seguidores de Jesús) cada uno ve en cada momento de su vida como hace de Dios el Absoluto en y cómo pone su propia vida al servicio de la realidad de Reino. Por ello, todo lo que se encuentre fuera de este marco, no es voluntad de Dios… será voluntad propia, del mundo, del superior, del jefe… o de quien sea… pero de Dios no. De ahí, la sentencia clara de Jesús hoy en las lecturas, que no va en contra de su madre ni de sus hermanos, sino que es una aclaración final a todo lo que había predicado con anterioridad: Dios es Padre en el Reino.