Jun
Evangelio del día
“ Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros ”
Primera lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 4,7-13
Queridos hermanos:
El fin de todas las cosas está cercano. Así pues, sed sensatos y sobrios para la oración. Ante todo, mantened un amor intenso entre vosotros, porque el amor tapa multitud de pecados. Sed hospitalarios unos con otros sin protestar.
Como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, poned al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido. Si uno habla, que sean sus palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Queridos míos, no os extrañéis del fuego que ha prendido en vosotros y sirve para probaros, como si ocurriera algo extraño. Al contrario, estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de alegría desbordante.
Salmo de hoy
Salmo 95, 10.11-12. 13 R./ Llega el Señor a regir la tierra.
Decid a los pueblos: "El Señor es rey,
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente." R/.
Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,
aclamen los árboles del bosque. R/.
Delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad. R/.
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Marcos 11, 11-25
Después que el gentío lo hubo aclamado, entró Jesús en Jerusalén, en el templo, lo estuvo observando todo y, como era ya tarde, salió hacia Betania con los Doce.
Al día siguiente, cuando salió de Betania, sintió hambre. Vio de lejos una higuera con hojas y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Entonces le dijo:
«Nunca jamás coma nadie frutos de ti».
Los discípulos lo oyeron.
Llegaron a Jerusalén, entró en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no consentía a nadie transportar objetos por el templo.
Y los instruía, diciendo:
«¿No está escrito: "Mi casa será casa de oración para todos los pueblos"? Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos».
Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo, porque todo el mundo admiraba su enseñanza, buscaban una manera de acabar con él.
Cuando atardeció, salieron de la ciudad.
A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz.
Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús:
«Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado».
Jesús contestó:
«Tened fe en Dios. En verdad os digo que si uno dice a este monte: "Quítate y arrójate al mar", y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá.
Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido, y lo obtendréis.
Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas».
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Reflexión del Evangelio de hoy
Mantened en tensión el amor mutuo
Nobleza obliga. Ser discípulos del que murió crucificado, seguir al Maestro de Galilea en libertad demanda un modo de vivir que, aún en la pobreza de nuestras existencias, pregone la excelencia de nuestra opción y la altura ética del Evangelio. La vida, muerte y resurrección de Jesús marca la mentalidad cristiana con trazos precisos y, cuando menos, pide coherencia; por eso, cae por su propio peso que el texto hable de una vida sobria que habilite una comunicación –oración- confiada y solidaria, así como que nuestra fe tiene que demostrarse en la mutua hospitalidad con una acogida respetuosa y fraterna, y una dedicación a la causa del hermano totalmente servicial. El mejor argumento que tenemos los creyentes en nuestro trabajo por superar nuestro pecado y vencer el mal no es nuestro ímprobo esfuerzo, ni nuestra constancia, ni siquiera el valor más que acreditado en nuestra paciencia activa, sino la fuerza que nos viene de Cristo crucificado y resucitado, que nos permite saborear la gracia de Dios en la experiencia del amor. No existe actitud ni mentalidad cristianas si en las coordenadas de la comunidad y en la de nuestra vida personal no se despliega el amor servicial y martirial. Sólo así aceptaremos la llamad a la alegría cristiana que tiene toda su razón de ser cuando vivimos la efectiva solidaridad con Cristo en su mensaje y pasión.
Cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros
El texto presenta dos acciones simbólicas de talante mesiánico como son la higuera estéril y su consiguiente maldición, por una parte, y por otra, la purificación del Templo. ¿No será que el culto –la religión judía- con todo su tupido verdor ya no da fruto alguno, es estéril del todo? ¿No caen en la cuenta los religiosos judíos que para dar culto al Dios del que nos habla Jesús no hacen falta ya ni animales, ni mesas para la compraventa de los mismos, con el añadido del impuesto al templo, ni los golpes de pecho de quien no sabe mirar al hermano como igual? Interesante es el pensamiento de Jesús de Nazaret acerca de la oración como fuerza; los judíos entendían que la única y verdadera oración se concretaba en el templo, residencia oficial de Yahvé. Sin embargo, el templo del corazón de cada uno de los hijos de Dios se torna residencia donde cabe contemplar el misterio, la interiorización de la experiencia de Dios que se hace luz profunda y fuente interior de vida para el buscador de su luz. Por eso es el lugar adecuado para el perdón y por eso la comunicación con el Dios de Jesús está sobrada de perdón. La higuera será talada, el templo desaparecerá, en el lugar de ambas realidades e imágenes, se levanta el corazón de la persona que se sabe perdonada y por eso está habilitada para celebrar el amor fraterno, la belleza de un misterio de cercanía de Dios con nosotros, de derroche de gracia y ternura, cuya necesidad para nosotros es más que evidente. Son los materiales con los que Jesús de Nazaret quiere construir con nosotros la nueva humanidad que será patente mediando la confianza en Dios y ejerciendo de hermanos nosotros.
¡Cuánto ayudó Justino a formular con precisión, tanto en la catequesis como en la polémica contra los adversarios, los postulados de la creencia cristiana! Es conocido como el filósofo y mártir, y como tal buscador de la verdad, que lo dio todo por su Maestro, hasta la vida.
Frente a nuestro mundo, unas veces distante, otras hostil, no tenemos más fuerza que la debilidad y la fe en Dios que no abandona a los suyos ¿Lo admitimos –y oramos- de buen grado?