Evangelio del día
Decimotercera semana del Tiempo Ordinario - Año Impar

Del día 26 de Junio al 2 de Julio de 2011

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

Introducción a la semana

Desde la semana pasada, la liturgia ha vuelto a llevarnos a la lectura del Antiguo Testamento, al libro del Génesis. Es una preciosa síntesis de la historia de los patriarcas: Abrahán, Isaac y Jacob. Ya conocemos la vocación de Abrahán, que abandona su tierra totalmente confiado en la promesa de un Dios desconocido. Un Dios que se hace su amigo.

Esa insólita amistad es la que fundamenta la “osadía” de Abrahán al interceder insistentemente ante Dios por el perdón de Sodoma, un pueblo del que sólo conoce su pecado. Se nos revela así la misericordia de Dios, dispuesto a perdonar al culpable por amor al inocente, y el poder de la oración de quien está cerca del Señor intercediendo a favor de los demás. Pero también contemplamos cómo el vicio persistente destruye.

De nuevo Abrahán se encuentra en el trance de confiar, “contra toda esperanza”, en el Dios incomprensible que le pide la inmolación de su único hijo, sobre el cual reposaba la promesa. La suya es una fe incondicional; por eso es “el padre de los creyentes”. Dios es quien conduce la historia (como cuando, en circunstancias improbables, le procura una esposa a Isaac); incluso a través de una conducta humana moralmente reprobable (como en la bendición de Jacob, que engaña a su padre y traiciona a su hermano Esaú).

Jesús, esta semana, se nos presenta como Señor de los elementos, de los demonios y de las enfermedades, que llama a quien quiere o disuade a otros de seguirle. A algunos los establece como fundamento de su Iglesia, a pesar de su fragilidad o de su pasado hostil, como a Pedro y a Pablo, a quienes celebramos como “príncipes de los apóstoles”.

Celebramos también las fiestas del Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María. Nacidas de la espiritualidad del siglo XVII, tratan de llevarnos al centro de la vida de ambos: el amor de Jesús al Padre y a la humanidad, que define su persona y su misión salvadora; la entrega amorosa de María al querer de Dios, a la persona y a la obra de su Hijo, acompañando a la Iglesia naciente y velando ahora con solicitud maternal por todos los redimidos que caminan hacia la plenitud del reino inaugurado por Cristo.

Fray Emilio García Álvarez

Fray Emilio García Álvarez
Convento de Santo Tomás de Aquino (Sevilla)

Días de la semana