Ago
Homilía XIX Domingo del tiempo ordinario
Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)
“ Animo, soy yo, no tengas miedo ”
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Reflexión del Evangelio de hoy
El miedo al fracaso: Elías
En la primera lectura encontramos a Elías en uno de los momentos más difíciles de su vida. Ha sido perseguido, amenazado y experimenta el peso del fracaso. Llega al Horeb buscando a Dios y espera encontrarlo en una manifestación extraordinaria, en el huracán, el terremoto o el fuego. Sin embargo, Dios no está allí, sino que se hace presente en el susurro de una brisa suave. Elías descubre entonces una verdad que todos necesitamos aprender: Dios no siempre actúa desde lo espectacular, sino desde la discreción y la cercanía.
Muchas veces esperamos respuestas inmediatas, soluciones contundentes o señales extraordinarias, mientras Dios se acerca en la sencillez de una oración, en una palabra que nos reconforta, en una amistad que nos acompaña o en una paz interior que devuelve serenidad al corazón.
Aquel profeta agotado comprende que Dios no ha venido a darle explicaciones, sino a recordarle que no está solo. También nosotros, cuando nos sentimos decepcionados, cansados o confundidos, necesitamos escuchar esa misma voz que nos dice: "Ánimo, soy yo, no tengas miedo".
El miedo a sufrir por quienes amamos: Pablo
La segunda lectura nos abre una ventana al corazón de san Pablo. El Apóstol habla de una tristeza profunda y permanente por su pueblo. No se trata de una preocupación pasajera, sino del sufrimiento que nace del amor.
Pablo lleva a los suyos en el corazón y desearía que todos descubrieran la salvación de Cristo. También nosotros conocemos ese dolor. Todos tenemos nombres y rostros que nos acompañan: un hijo que atraviesa una situación complicada, un hermano con el que se ha enfriado la relación, un amigo que se ha alejado de la fe o una persona querida que vive momentos difíciles.
Hay sufrimientos que no podemos resolver y caminos que no podemos recorrer por los demás. Y precisamente ahí aparece la tentación de la indiferencia, de pensar que ya no hay nada que hacer.
Sin embargo, Pablo nos enseña que el amor auténtico no se desentiende. No controla, no obliga ni impone, pero tampoco abandona. Sigue esperando, sigue rezando y sigue confiando. Quizá una de las formas más hermosas de la caridad sea precisamente esta: continuar llevando a alguien en el corazón cuando ya no sabemos qué más hacer por él. También en esa impotencia el Señor nos repite: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo».
El miedo a hundirse: Pedro
Finalmente llegamos al Evangelio. Los discípulos están en medio de la noche, lejos de la orilla, sacudidos por las olas y por un viento contrario. La oscuridad, el cansancio y el miedo los dominan. Entonces Jesús se acerca caminando sobre las aguas y pronuncia unas palabras que constituyen el centro del relato: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Es significativo que antes de calmar la tormenta, Jesús quiera calmar el corazón de sus discípulos. Porque muchas veces la tormenta más peligrosa no es la que está fuera, sino la que llevamos dentro.

Pedro se atreve a salir de la barca y mientras mantiene la mirada fija en Jesús camina sobre las aguas. Pero cuando dirige su atención al viento y a las olas comienza a hundirse. Es una imagen muy cercana a nuestra propia vida. Cuando fijamos la mirada únicamente en los problemas, en los miedos o en las incertidumbres, sentimos que nos hundimos. Entonces, como Pedro, solo nos queda una oración sencilla y sincera: «Señor, sálvame».
Y el Evangelio nos dice que Jesús extendió inmediatamente la mano para sostenerlo. No lo reprendió primero, no lo dejó hundirse un poco más para que aprendiera la lección; lo sostuvo enseguida. Así actúa Dios con nosotros.
Las tres lecturas nos hablan, en el fondo, de tres miedos muy humanos: el miedo al fracaso, representado por Elías; el miedo a sufrir por quienes amamos, reflejado en Pablo; y el miedo a hundirnos en medio de las tormentas de la vida, simbolizado en Pedro.
Frente a todos ellos, Dios no ofrece recetas mágicas ni elimina de golpe todas las dificultades. Lo que ofrece es algo mucho más profundo: su presencia. Por eso la gran noticia de esta liturgia es que nunca estamos solos. En el silencio de nuestras decepciones, en el dolor por las personas que amamos y en medio de las tormentas que amenazan con hundirnos, Cristo sigue acercándose a nuestra barca y continúa pronunciando la misma palabra: «¡Ánimo, soy yo, no tengas miedo!».
Para la Reflexión
Como Elías, ¿estoy esperando encontrar a Dios solo en lo extraordinario o soy capaz de reconocerlo en la brisa suave de cada día, en las personas y acontecimientos sencillos que Él pone en mi camino?
Como Pablo, ¿quién ocupa hoy mi corazón? ¿Por qué persona sigo amando, rezando y esperando, incluso cuando siento que no puedo hacer nada más por ella?
Como Pedro, cuando arrecian las tormentas de mi vida, ¿dónde fijo mi mirada: en el viento y las olas de mis problemas o en Cristo que me repite: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo»?
¿Qué miedo necesito hoy poner en las manos de Jesús para escuchar de nuevo su palabra: «Ánimo, soy yo, no tengas miedo»?