Dom
5
Abr
2015

Homilía Domingo de Resurrección

Año litúrgico 2014 - 2015 - (Ciclo B)

Cristo, vida nuestra

Pautas para la homilía

Por más que repitamos que la resurrección de Jesucristo es accesible solo a través de la fe nos gustaría encontrar argumentos que demostraran el hecho de la resurrección del Señor, algo que sirviera para fundamentar nuestra débil fe. El único hecho decisivo es precisamente la resurrección de Jesús, y tal hecho culmina el sentido de su encarnación, de su vida y de su muerte en la cruz. ¡La fe!

  • “Pasó haciendo el bien”

La fe es la única realidad que nos permite ir más allá de la cruz y descubrir el verdadero sentido de la vida y de la muerte del Señor. En la medida en que la fe ilumine nuestra mente y nuestro corazón podremos acercarnos a Jesús y establecer con él una relación personal.

Jesucristo no es un ser humano excepcional que pudiera ser comparado con otros, sino que el Señor es único, y no porque vivió en nuestro mundo y «pasó haciendo el bien», sino porque es el Hijo de Dios, aquel a quien Dios ha resucitado de entre los muertos. La resurrección de Jesús puede ayudarnos a comprender el sentido de su encarnación, una vida que no terminó con la muerte sino que dio inicio a una vida nueva, una gracia que participamos a través del bautismo.

  • “Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo”

El bautismo cristiano no es una superestructura para nuestra débil condición humana, sino más bien una gracia que nos regala la participación en la vida misma de Dios-Trinidad, una vida «divina».

La vida humana es limitada, experimenta el dolor, el mal, el egoísmo, el sufrimiento, la traición, el odio, la muerte, y esto por más sublimes que sean nuestras aspiraciones. La fe cristiana proclama que la única salida se llama Jesucristo, es decir, Jesucristo acogido en nuestra vida, aceptado como Señor, el único Señor de nuestra vida. Fue precisamente Jesús quien dijo a todos: «Si alguien quiere seguirme, que se niegue a sí mismo», es decir, deje de lado su «yo», o lo que es lo mismo, muera a su yo, se vacíe de su yo, porque solamente así podremos hacer espacio para acoger a Jesucristo en nuestro corazón, lo que significa experimentar que «es Cristo quien vive en mí».

Ahora bien, dejar que sea Jesucristo quien vive en nosotros implica que nos dejemos iluminar y guiar por su Espíritu, que tiene la misión de hacernos entrar decididamente en su órbita, la vida divina. Así entendemos la exhortación paulina: «Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo».

  • “Vio y creyó”

El «discípulo, a quien tanto quería Jesús», entró en el sepulcro vacío y «vio y creyó». Lo que «vio» con sus ojos fue que en el sepulcro no estaba el cuerpo de Jesús, sino «las vendas en el suelo». El creer del discípulo no fue causado por lo que vieron sus ojos, sino más bien por lo que vio su corazón (cf. Ef 1,18), ese «corazón que tiene razones que la razón desconoce».

Sabemos que el hecho de que el sepulcro de Jesús estuviera vacío no implica necesariamente su resurrección. La primera reacción de las mujeres fue pensar que «se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

María Magdalena creyó en la resurrección de Jesús cuando éste la llamó por su nombre. Hasta ese momento la Magdalena había tomado a Jesús por otra persona, y eso que le veía y oía el timbre de su voz. No bastaron los sentidos para creer en la resurrección de Jesús. Se necesita la experiencia personal, el encuentro personal, la vivencia del corazón. Esto es lo que los cristianos hemos de procurar, porque solamente una experiencia de fe, una vivencia de Jesucristo vivo suscita y alimenta nuestra fe.

Celebrar la Eucaristía es confesar nuestra fe en Jesucristo vivo, resucitado, realmente presente en medio de la comunidad cristiana. Tal presencia es la razón de nuestra alegría, la seguridad de la vida que nos espera, sencillamente porque Jesucristo ha vencido a la muerte. Jesucristo ha resucitado, ha resucitado realmente. Aleluya.

Feliz Pascua de Resurrección.