Ene
Homilía II Domingo de Navidad
“ El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros ”
Introducción al Evangelio del día
“Una palabra no dice nada y al mismo tiempo lo esconde todo”, canta Carlos Varela. Sin embargo, francisco García Martínez, apostilla con acierto: “las palabras son la piel de nuestra vida, son el espejo del alma de la humanidad. Ellas muestran el dolor, y la alegría de nuestra existencia”. Y quizás por eso, cuando Dios quiere hablar de verdad a la humanidad, no lo hace con frases grandiosas ni con discursos complicados o demagógicos, sino con la Palabra que lo dice todo sin ocultar nada: su propio Hijo. Las lecturas de este Segundo Domingo de Navidad nos sitúan frente a la Palabra por excelencia, esa que el Evangelio de Juan llama “el Verbo” y que el libro del Eclesiástico reconoce como Sabiduría eterna, presente junto a Dios “desde el principio”, antes de los siglos.
La Sabiduría de Dios tiene una doble ciudadanía: habita en lo alto y, sin embargo, echa raíces entre nosotros. No permanece distante; no se limita a rozar la superficie de nuestra historia. Desciende, se hace cercana, se encarna. Juan no usa la palabra “sabiduría”, pero la describe en su acción: Palabra creadora, Palabra que ilumina, Palabra que se hace carne para vivir en medio de un mundo que tantas veces se resiste a la luz y, aun así, sigue siendo amado por Dios.
En el misterio de Navidad celebramos precisamente este movimiento: Dios que se acerca, que se deja pronunciar, que se hace audible, visible y tangible. En Jesús, la Palabra divina ya no es un concepto, ni un sonido, ni un libro: es un rostro. Es vida que ilumina la nuestra. Y cada vez que la acogemos, algo de nuestra oscuridad se vuelve claridad. Cada vez que la escuchamos, nuestra historia se vuelve más humana y más divina.