Dom
3
Jul
2011

Homilía XIV Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2010 - 2011 - (Ciclo A)

Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla.

Pautas para la homilía

Como adelantábamos en la introducción, el tema que puede servirnos como hilo conductor entre las lecturas de hoy, puede ser el del camino de la fe que recorremos los creyentes en busca de Dios.

Y es precisamente en este día y con este tema, cuando celebramos la memoria del apóstol Santo Tomás, que es el protagonista de una de las catequesis más hermosas sobre la fe recogida en los relatos evangélicos.

Tomás alias el “mellizo” con cierta fama también de incrédulo, aparece en varios pasajes del Evangelio, y lo hace ocupando el papel del “sensato”, el que pone el punto de cordura en la supuesta locura colectiva del grupo ante las “ideas temerarias o incomprensibles” de Jesús.

Es un hombre con los pies en la tierra, que busca el camino hacia Dios desde la razón; un hombre que suponemos sería bastante respetado entre sus amigos los apóstoles por sus análisis serenos de la realidad. En varios pasajes expresa su opinión mediante comentarios un tanto escépticos, pero de indudable valor racional.

El problema es que la fe no se agota en la racionalidad. Éste fue el gran descubrimiento de Tomás en su proceso de fe.

Tomás tuvo que enfrentarse al enorme y terrible sufrimiento de ver con sus propios ojos a su maestro y amigo Jesús de Nazaret desangrado en la cruz. Desde esa circunstancia no podía de ninguna manera “razonar” otro final posible a su historia.

Estaba encerrado en su dolor y de nada le servían las experiencias que las mujeres primero y otros discípulos de Jesús después, empezaban a compartir en el grupo de los doce a propósito de la presencia inexplicable de Jesús en sus vidas…

Y tanto molestaban a Tomás esos “cuentos de locos”, que cortando el debate sentenció:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.» (Jn 20, 25).

¿Qué pasó después? Podemos imaginar que a pesar del dolor, fue más fuerte el amor a Jesús, su recuerdo, el descubrimiento de su presencia viva y transformadora en su día a día, compartiendo sus experiencias y sus enseñanzas en el grupo de los discípulos.

Al final consiguió “ver” - «¡Señor mío y Dios mío!» - y el Resucitado pudo hacerse presente, no desde la imposición (ya que ese nunca fue el estilo de Jesús), sino desde el respeto al tiempo que cada cual necesita para superar sus sufrimientos y sus miedos. La fe se propone, pero nunca se impone.

Volviendo a las lecturas del día, el profeta Zacarías, llama a todos a descubrir al Dios que se esconde en lo humilde, en lo modesto, en lo sencillo… Un Dios escondido, a los ojos del mundo pero capaz de las mayores victorias. Por eso nos apremia a la alegría.

En el salmo expresamos con el salmista nuestro firme propósito de bendecir a Dios. Es una consecuencia de la experiencia sublime del ser humano que descubre que la bondad, la fidelidad y la misericordia, se revelan como la huella del actuar de Dios en la historia. Es el agradecimiento que surge ante la contemplación del Misterio mismo de Dios.

En la segunda lectura Pablo sigue hablándonos del proceso transformador de la fe, y da un paso más: si somos capaces de ver la huella espiritual de Dios en lo creado, estamos llamados a actuar de otra manera. Podemos cambiar el sentido de nuestra vida.

Vivir con consciencia supone apostar por aquello que construye el Reino de Dios (el amor, la bondad, la vida…) y rechazar lo que lo destruye (el egoísmo, el mal, el sufrimiento la muerte…).

En este planteamiento de descubrir la presencia y el camino hacia Dios, Pablo comprende las enseñanzas de Jesucristo y acaba por convertirnos en protagonistas de la historia más importante: la Historia de la Salvación.

Podemos elegir vivir de una manera o de otra, pero sólo una nos aportará la verdadera felicidad. Sólo una nos conducirá hacia nuestra plena realización, hasta el encuentro último y definitivo con Dios.

De esta manera, la “fe” en el Dios de Jesús se vuelve “fortaleza y consuelo”, como advierte el Evangelio, ya que nos empuja hacia un estilo de vida en el que los aparentemente débiles alcanzan una fortaleza inexplicable: la de sentirse parte activa en el proyecto definitivo de Dios: la construcción de su Reino.