Dom
26
May
2019

Homilía VI Domingo de Pascua

Año litúrgico 2018 - 2019 - (Ciclo C)

Iremos a él y habitaremos en él

Pautas para la homilía

Ser morada de Dios

Desde que Dios se ha encarnado, la humanidad del Resucitado es el lugar de encuentro con su misterio. Encarnación y resurrección testimonian los dos movimientos de misericordia de Dios hacia nosotros en orden a la vida plena que Jesús ha anunciado y ha consumado.

«Ser morada de Dios», a la luz de la Pascua, implicará a cada persona cristiana asumir la vocación y la misión de ser un lugar de encuentro entre Dios y la humanidad; entre la compasión de Dios y la fragilidad humana, entre el perdón de Dios y el pecado humano, entre la ternura de Dios y la vulnerabilidad humana.

En tiempos de movilidad humana, muchas veces no elegida, muchas veces padecida, «ser morada de Dios» significa hacerse capaz de acoger cordialmente a quienes han sido excluidos del sistema social, cultural, político o religioso, ofreciendo palabras y gestos concretos de una esperanza que se traduzca como caridad solidaria.

Esperar al Paráclito

La espera del Espíritu no es una realidad estática en la vida de la Iglesia. Tampoco será quedarse en su zona de confort sin comprometerse con la historia y la realidad. Se trata más bien de confiar en la promesa de Jesús en orden a consolidar la identidad, fortalecer la vida y acompañar la misión de la comunidad. Discernimiento, comunión y parresia fueron, son y serán necesarios para salir al encuentro del mundo y anunciar el Evangelio.

La misión del Espíritu de «enseñar» y «recordar», no es la de hacer una memoria arqueológica que evoque con nostalgia las glorias del pasado, sino una actualización y una profundización de la presencia de Jesús de Nazaret en la memoria viva de la Iglesia.

El desafío de la comunidad cristiana será siempre acoger la presencia del Espíritu que la invitará a vivir en una dinámica permanente de fidelidad a las enseñanzas de Jesús y de creatividad en el anuncio de su mensaje. Podríamos decir que sin memoria fiel no hay identidad, y sin creatividad no hay anuncio evangélico.

Recibir la paz de Jesús

La paz que ofrece Jesús a sus discípulos no nace de la ausencia de conflictos ni de la inercia de quien no se involucra en los acontecimientos de la historia, sino de la confianza que ofrece el Resucitado a quienes se animan a seguirlo radicalmente.

La paz que ofrece el mundo no es una paz verdadera sino una «negociación de partes» a través de la cual se quieren evitar confrontaciones. Donde hay uniformidad no hay paz. Donde hay complicidad no hay paz. Allí donde sea necesario negociar la fe, la vida y los valores, no puede existir una paz verdadera.

Los seguidores de Jesús estamos llamados a ser signos de contradicción por querer construir un mundo más humano, más fraterno y más solidario. Buscar la paz implicará muchas veces ir contracorriente del consumismo, del hedonismo y del relativismo. La paz, como don del Resucitado, siempre invita a buscar caminos de diálogo y reconciliación. Un cristianismo que apelara a la violencia para justificar una ideología, se apartaría del camino que el mismo Jesús de Nazaret trazó con sus palabras y sus gestos.