Dom
24
Mar
2019

Homilía III Domingo de Cuaresma

Año litúrgico 2018 - 2019 - (Ciclo C)

El Señor es compasivo y misericordioso

Pautas para la homilía

Alguien ha dicho que la conversión es “ponerse de cara a Dios” para ver reflejada nuestra realidad de pecado y poder corregir el camino equivocado. Pero lo primero que necesitamos es saber quién es y cómo es el Dios en el que creemos. Este deseo de conocer de verdad a Dios nos viene dado  a través de lo que Dios ha manifestado al hombre a lo largo de la historia del Pueblo de Israel y a través de lo que Jesús nos reveló sobre su Padre Dios.

Antiguo éxodo

Hoy la primera lectura  nos cuenta cómo Dios se revela a Moisés y a través de él al pueblo judío, como “Yo soy el que Soy” y llegada la plenitud de los tiempos se nos revelará en Jesús como el Emmanuel “Dios con nosotros”. Este es un Dios que: “Ve, oye, escucha, conoce los sufrimientos de su pueblo”. No es un Dios lejano: “he bajado a librarlo, a sacarlo de esta tierra” Es el Dios que libera y ofrece un camino de verdadera libertad para vivir en otra tierra donde puedes ser tú mismo sin ningún signo de esclavitud.

Nuevo éxodo

Ese Dios que es “compasivo y misericordioso” es el que nos acompaña en este nuevo éxodo de la vida de todo cristiano y que San Pablo nos invita a caminar por ese camino que nos ayuda a encontrarnos con nosotros mimos (ayuno) para encontrarnos de verdad con Dios (oración) y con los hermanos (limosna), y nos conduce a la verdadera tierra que “mana leche y miel”, signos de la auténtica libertad que Dios quiere para nosotros.

Acontecimientos negativos

Jesús en los versículos del evangelio que leemos hoy nos indica por donde tiene que ir la fuerza de la conversión en nuestros días. Parte de unos acontecimientos que también se pueden dar entre nosotros en la actualidad. En nuestra sociedad española estamos viviendo acontecimientos muy duros para la verdadera convivencia serena y capaz de construir un mundo más pacífico y justo. La comunidad cristiana en esta Cuaresma del 2019,  tendríamos que dejarnos  iluminar por lo que hoy leemos en este fragmento del evangelio de Lucas.  A Jesús se le acercan “algunos” que le cuentan dos hechos ocurridos (la matanza que Pilato  realizó de algunos galileos que se habían sublevado , y la muerte de otros como consecuencia del derrumbe de la torre de Siloé). Jesús trata de hacerles comprender que estos acontecimientos no es ningún castigo de Dios y de  lo que se trata es hacer posible un cambio de actitud. Hay que saber hacer una lectura creyente de todo acontecimiento. Conviene preguntarse: ¿Qué nos quiere decir Dios con lo que acontece?. Resulta dura la expresión de Jesús: “si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. El intenta conseguir que  el auditorio  reaccione y se de cuenta que lo básico en el seguimiento es la conversión personal. Queda claro que no hay, netamente, buenos y malos; todos estamos necesitados de conversión; nadie puede decir que está libre de culpa.

Parábola de la higuera

La parábola de la higuera que no produce fruto, que Lucas narra a continuación, es para que todos los que lo oyen se la apliquen a sí mismos. La maldad no está solo en otros, sino también en uno mismo. Es importante darnos cuenta de la paciencia que Dios tiene con cada uno de nosotros. El Señor que es ”compasivo y misericordioso” se deja llevar de este sentimiento ante los que no dan fruto, ante los que damos una imagen de torpeza y lejanía de los designios de Dios.

El Señor sigue “bajando a liberar a su pueblo” y la Iglesia nos ofrece este “día de la salvación”. Aprovechemos estas circunstancias para convertirnos y dar frutos de buenas obras. Convertirse es dejarse llevar por Otro, hablar en su Nombre, continuar su Buena Noticia, dar la vida como El.

Está claro que el Dios revelado por Jesús no es vengativo, justiciero, castigador, sino todo lo contrario: es un Dios que nos ama, nos comprende, nos disculpa, nos perdona. Hace caso al viñador que le ruega: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto”.

Que la Palabra de Dios que hemos proclamado y la celebración de la Eucaristía nos den la fuerza necesaria para dar frutos de verdadera conversión.