Dom
23
May
2021

Homilía Domingo de Pentecostés

Año litúrgico 2020 - 2021 - (Ciclo B)

Recibid el Espíritu Santo

Pautas para la homilía

Una etapa de extraordinario relieve alcanzamos con la celebración de la Pascua del Espíritu Santo. Con delicada y perseverante solicitud, Jesús resucitado ha venido preparando a su Iglesia para esta solemnidad que ofrece, no solo descanso en la andadura, sino un fuerte impulso hacia metas siempre nuevas y cada vez más atrayentes.

El misterio del Espíritu Santo, aunque inabarcable en toda su profundidad y grandeza, incita al creyente a continuar ahondando para vivirlo en alabanza y bendición incesantes.

La mente humana, encumbrada por la fe, disfruta de una lluvia de imágenes que le sirven para alzar el vuelo en busca de lo que solo en apariencia está lejos, porque, en realidad, se trata de lo más cercano a todo bautizado, íntimo y estable a la vez. Las representaciones que desfilan ante la consideración de los reunidos hoy en gozosa comunión son de lo más variado y esencial. Todas ellas ayudan a penetrar hasta el núcleo de la realidad simplicísima del Espíritu Santo. Bien es sabido que los humanos precisamos de lo diverso para llegar al misterio de Dios, que es unidad en la trinidad.

En ayuda de nuestra inteligencia reflexiva viene la percepción de la luz, el viento, el agua, el fuego, la brisa, el calor y el aliento. Nada de todo esto se encubre a la rica sensibilidad con que Dios ha dotado a su criatura racional. Todo lo demanda un servicio centrado en la indagación del misterio, con el fin de hacerlo vida en la dimensión personal y compartirlo generosamente en círculos inacabables.

El Espíritu Santo unifica a los creyentes, a semejanza de la magnitud del lago, que se forma como resultado de innumerables gotas. La energía unificadora del Espíritu, como la del agua, mueve, produce vida, apaga la sed, lava, riega, alegra con su rumor inimitable, embellece, descansa, proporciona vías para arribar a deseados puertos.

El Espíritu Santo, igual que elfuego, dispone hogares de familia, luminosos y bien caldeados, con vocación de comunidad en la que ningún redimido permanezca a la intemperie. El corazón de esta brasa está compuesto íntegramente de amor. Impulsa a enriquecerse y no menos a caldear, como un sol que no conoce desgaste, ni ocaso.

El Espíritu Santo, como el aire o el viento, se deja sentir de manera múltiple: casi imperceptible, sutil, más leve que grave, a manera de brisa, claro, noble, inmenso, vehículo de la palabra. En circunstancias sopla con fuerza, levanta oleaje, transporta humedad saludable, arrastra las nubes y hasta las disipa. Es origen de fuerza invisible, mueve, aleja la atmósfera contaminada, prepara la tierra para la siembra, madura las cosechas, surca el firmamento, lo llena todo hasta lo más recóndito, aunque sea menos perceptible que los demás elementos.

En una palabra, lo que es el alma para nuestro cuerpo, es el Espíritu para el Cuerpo eclesial y para cada uno de los integrantes. En comunión persistente con Jesús, que es la cabeza, no deja de alentar a los miembros, que somos nosotros. Proporciona siempre aires nuevos. Se originan sin cesar de las llagas gloriosas del Redentor, que ya no muere más. En Él está la vida que ha comenzado en las fuentes bautismales. De su Espíritu manan los carismas con que se enriquece la Iglesia, impregnados todos de amor, que son como llama viva e inextinguible. Dan consistencia al universo, son camino de santidad para todas las naciones. Continúan en el hoy de la historia realizando aquellas maravillas que se exteriorizaron en el primer Pentecostés.