Dom
22
Mar
2026

Homilía V Domingo de Cuaresma

Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

¿Crees esto?

Pautas para la homilía de hoy

Reflexión del Evangelio de hoy

Una enfermedad que encierra un misterio

Jesús ha enseñado muchas veces a sus discípulos y a la gente que lo buscaba, que la enfermedad no es la consecuencia de un pecado personal o familiar que se arrastra generacionalmente.

La enfermedad hace que el enfermo viva su situación vital con dolor, vergüenza e impotencia. Excluido de la comunión con Dios y con la comunidad, debe vivir su enfermedad en la marginalidad. Frente a las personas enfermas Él siente una compasión que se traduce en sanación y curación integral. Por éso, siempre ha buscado acortar las distancias que imponían la religión y la costumbre social.

Pero en el caso de Lázaro de Betania pasa algo distinto. Él y sus hermanas, Marta y María, eran amigos personales de Jesús. Frente a la noticia de su enfermedad no acude enseguida para acompañarlo o sanarlo. No solamente declara que la enfermedad no era mortal, sino que «se quedó dos días más en el lugar donde estaba».

Jesús no demora su ida a Betania porque tema a los judíos, sino porque la enfermedad de Lázaro le permitirá realizar un signo que confirmará la fe de Marta, de María, de sus discípulos y de los judíos que estaban allí.

La fe nace del encuentro con Jesús, se alimenta de su palabra, crece con la experiencia de su amistad, y madura cuando se inserta en la realidad.

Por eso, la fe, como la esperanza o la caridad, no se pueden improvisar en la vida cristiana.

El dolor, el sufrimiento, la enfermedad, la soledad o la muerte son vivencias complejas que ponen en evidencia las motivaciones verdaderas que hacen de un ser humano una persona de fe. Cuando las motivaciones no son claras o no son maduras, la persona de fe puede ceder ante el miedo, la  desesperación o la angustia.

O bien, busca intelectualizar el dolor o recurrir a lo mágico para intentar encontrar una explicación que no ponga en evidencia su verdadera situación.

Una muerte que toca el corazón de Jesús

Jesús fue un hombre plenamente afectivo, con capacidad de comprometer radicalmente el corazón con quienes amaba y, especialmente, con quienes tenían cerradas las puertas de la salvación: los pobres, los enfermos, los pecadores.

Jesús se mostraba más cercano con quienes no tenían un corazón que los ame.

Este es uno de los rasgos de su humanidad que hacen significativa su vida, su misión y su entrega. En su capacidad de amar se revelan dos realidades: el horizonte proexistencial de su ministerio de misericordia, y la plenitud de sentido sus palabras y sus gestos.

La tradición joánica deja consignada esta dimensión afectiva en tres momentos del relato: en primer lugar, en el recado que Marta y María envían a Jesús: «Señor, el que tú amas está enfermo» . En segundo lugar, en una afirmación del relator evangélico: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». Y, en tercer lugar, en un comentario de los judíos que acompañaban a las hermanas de Betania cuando Jesús llora por Lázaro: «¡Cómo lo quería!». Este rasgo humano-afectivo de Jesús nos puede ayudar a comprender que el misterio de la salvación está arraigado plenamente en su corazón. 

Betania era el lugar donde Jesús vivía el dinamismo humano esencial de la amistad: amar y ser amado con madurez y libertad. Por eso, ante la muerte de su amigo Lázaro Jesús no permanece indiferente ni distante. Tampoco se posiciona como un simple espectador resignado ante un final irreversible. La muerte de su amigo y el dolor de sus amigas tocaron el corazón de Jesús. Y así, ante las lágrimas de María se conmovió en su espíritu y se estremeció. El Señor lloró y conmovido en su interior, llegó a la tumba de Lázaro.

Un signo que revela al Señor de la vida

Más allá del dolor, Jesús sabía que la muerte de Lázaro no era definitiva, ya que, a través de ella, se revelaría la gloria de Dios y se consolidaría la experiencia de la fe de sus discípulos, de sus amigas Marta y María, y de los judíos que las acompañaban. Cuando el dolor se transita de la mano del amor y de la fe, le permite contemplar al ser humano que la muerte no es la última palabra que se pronuncia sobe el hombre. La última palabra siempre la tiene Dios: VIDA.

El amor verdadero, la fe madura y la vida compartida se expresan con gestos históricos, concretos, gratuitos y significativos. Por eso, la revivificación de Lázaro no es un acto de condescendencia para consolar el dolor de Marta y de María. Tampoco tiene un valor instrumental a través del cual Jesús busca subsanar las dudas de fe de sus discípulos o de los judíos, ya que no es la primera vez que Él revivifica a alguien como signo de su poder sobre la muerte. Por eso no duda en esperar cuatro días para ir a ver a Lázaro.

Marta tiene claro que Dios es capaz de conceder a Jesús todo lo que le pida (cf. 11,21-22). Ella sabe que los muertos resucitarán en la resurrección del último día (cf. 11,24). Pero Jesús quiere invitarla a pasar de una idea teológica a una experiencia de fe viva en su persona: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está  vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?» (11,25-26). Creer no significa tener todo herméticamente claro. Creer significa correr el riesgo de confiar en Aquel que es capaz de sostener nuestra esperanza, aun cuando todas nuestras certezas nos indiquen lo contrario. En medio del dolor, el amor y la fe siempre nos invitan a contemplar el Misterio.

 

¿Cómo vivimos el misterio del dolor y de la muerte? ¿Con resignación, con indiferencia o con fe? ¿Nos animamos a responder personalmente la pregunta que Jesús le hace a Marta de Betania? ¿Creemos que Jesús es nuestra resurrección y nuestra vida?


Evangelio de hoy en audio



Fray Rubén Martínez Ortega O.P.

Fray Rubén Martínez Ortega O.P.
Casa de Santo Domingo de Guzmán Hera, Dili, Timor Leste

Soy un sacerdote dominico nacido en Mazariegos (Palencia). Estudié en a escuela apostólica de los domincos en Valladolid. En 1982 tomé el hábito y tras realizar los estudios institucionales en el Convento de San Pedro Mártir de Madrid fui ordenado presbítero en 1987. Hice el servicio militar durante un año como ayudante de capellán y en 1989 fui enviado a Taiwán donde estudié la lengua Taiwanesa. Realicé el ministerio durante 8 año como párroco en la ciudad de Tainan y 10 años como párroco de la Basílica Menor de Wanchin en Pingtung. En 2013 fui enviado a Timor Leste a fundar la misión de los dominicos. En agosto de 2021 fue elegido Prior Provincial de la Provincia de Nuestra Señora del Rosario, cargo que finalicé en agosto 2025. Ahora estoy de nuevo en Timor Leste y en estos momentos soy el superior de la comunidad de Santo Domingo.

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