Dom
2
Sep
2018

Homilía XXII Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2017 - 2018 - (Ciclo B)

Estos mandatos son vuestra sabiduría

Pautas para la homilía

Ser cristiano es cuestión de sabiduría

Si hoy se nos concediese a cada uno un deseo, la lista de peticiones sería importante y la mayoría irían dirigidos al bienestar, a mejorar la propia vida. No estaría entre los primeros puestos la petición que el joven rey Salomón hizo al Señor: “dame sabiduría y entendimiento”. Sin embargo, toda nuestra vida es un aprendizaje para crecer en sabiduría, pues es la que nos ayuda a afrontar las situaciones, encuentros, retos… que se nos presentan cada día.

La Palabra de Dios es nuestra sabiduría

La primera lectura, del libro del Deuteronomio, nos dice que la ley del Señor, su Palabra, es nuestra sabiduría e inteligencia. Muchos no están de acuerdo con esta afirmación, pues entienden que su ley es una imposición que nos quita libertad, que no nos deja ser y actuar como queremos.

Se olvidan que la relación de alianza entre Dios y su pueblo es una relación de amor en la que quien da el primer paso siempre es Él. La historia, tanto del antiguo pueblo de Israel, como de la comunidad eclesial, como la propia de cada uno, nos da muestras de la bondad de Dios hacia nosotros y de que su Palabra-Ley nos hace mejores y más felices. Y al contrario, muchas veces nuestros instintos, modas y querencias, no nos llevan a esa misma conclusión.

La lectura insiste en la cercanía de ese Dios que quiere lo mejor para su pueblo, al que ama y acompaña en el camino diario, en sus luchas y sus búsquedas.

La verdadera sabiduría consiste en vivir

Pero no es suficiente con escuchar y conocer la Palabra–Ley de Dios. La verdadera sabiduría está en ponerla por obra, en integrarla en la vida cotidiana, en la vida real. Hacer que la Palabra de Dios no sea algo ajeno al vivir diario, encapsulado en tiempos o espacios limitados “dedicados a Dios”, es la verdadera tarea del cristiano.

Lo recuerda el libro del Deuteronomio, pero sobre todo es el mensaje de la carta de Santiago, y no sólo de lo que hemos escuchado hoy sino de toda la carta, que nos exhorta a llevar a la práctica la Palabra que escuchamos, a dejarnos transformar por ella y convertir nuestras costumbres. “Escuchar la Palabra y no llevarla a la práctica es engañarnos a nosotros mismos” nos dice.

La sabiduría es cuestión de corazón

En el evangelio encontramos otra forma de engañarnos que estaba tan presente en tiempos de Jesús como hoy: hacer las obras pero sin poner el corazón en ellas. Esto era lo que vivían los escribas y fariseos, y lo que muchas veces hacemos nosotros para no complicarnos la vida.

Esta vez la cuestión era “lavarse las manos antes de comer”. ¡Cuántas veces la palabra humana sustituye a la Palabra de Dios! Cuántas veces la tradición o la costumbre, muchas veces sin mala intención, ocultan el verdadero sentido de los gestos, acciones o palabras. O peor aún, cuántas veces esconden el verdadero rostro de Dios, no dejando llegar a Él para que sea conocido y amado por todos.

Jesús pretende desenmascarar el engaño (a veces manipulación): es más importante la pureza del corazón y de la conciencia, lo que nace del interior, que la mera observancia exterior. Jesús no pretende quitar importancia al cumplimiento de la Ley, pero sí recuerda que ésta está al servicio de la persona, de su libertad, de su crecimiento, de su amor.

Las lecturas de la liturgia de hoy nos invitan a un examen de conciencia, a un chequeo de nuestra vida desde la fe, desde las intenciones que la mueven. Una invitación a buscar la verdadera sabiduría que nace de la Palabra de Dios y se instala en nuestro corazón transformando nuestra vida desde dentro y dando frutos que transforman nuestra sociedad.