Dom
14
Jun
2026

Homilía XI Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

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Reflexión del Evangelio de hoy

"Así dirás a la casa de Jacob, y esto anunciarás a los hijos de Israel"

En la primera lectura de este domingo nos situamos en un momento decisivo, pues el pueblo había salido de la esclavitud, pero no sabe vivir como pueblo libre. Habían salido de Egipto pero Egipto todavía vivía dentro del corazón del pueblo. Y es ahí donde Dios irrumpe, no con imposiciones, sino con una declaración, semejante a las declaraciones de amor: «os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí».

Esta imagen profundamente transformadora, nos enseña que Dios no libera para abandonarnos o dejarnos en el dolor sino para establecer una alianza y darnos una misión. Y aquí aparece la clave del texto: «seréis mi propiedad personal… un reino de sacerdotes y una nación santa».

Ser propiedad de Dios no significa ser un esclavo, sino que pertenecer a Dios es signo de dignidad. En un mundo donde tantas voces nos reclaman – el éxito, la imagen, el poder – Dios nos propone otra identidad: la de un pueblo que vive para reflejar su rostro en medio de la historia.

Pero esta promesa lleva una condición: «Si escucháis mi voz y guardáis mi alianza». No se trata de una obediencia ciega o servil, sino una escucha que transforma y va dando nueva forma a la vida. Escuchar a Dios implica reordenar prioridades, o sea dejar atrás el egoísmo, la indiferencia y la dureza de corazón para dar lugar y espacio a Dios.

Hoy nosotros estamos en ese desierto de la incertidumbre, del cansancio y de la superficialidad. Y aquí Dios sigue llamando no para aislarnos sino para enviarnos. Porque «un reino de sacerdotes» es un pueblo que hace de puente: entre Dios y los hombres, entre el dolor y la esperanza.

Queda entonces la pregunta: ¿Estoy viviendo como alguien liberado… o sigo pensando y actuando como esclavo?

"Siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros"

La segunda lectura de la misa nos coloca frente a una verdad que rompe nuestros esquemas: Cristo murió por los impíos. No por los justos, no por los perfectos, no cuando lo merecíamos sino cuando éramos débiles, pecadores e incluso cuando éramos enemigos.

Así entendemos que el amor de Cristo no funciona como el nuestro. Nosotros amamos cuando hay reciprocidad, cuando el otro responde, cuando hay mérito. Dios, en cambio, ama primero, sin garantías, cuando no hay nada que ofrecer y eso desarma nuestras vidas porque nos deja sin excusas: ya no podemos decir «no soy digno» como si eso fuese un obstáculo, porque es precisamente ahí donde todo comienza.

San pablo no se contenta con esto y va mas lejos: si siendo enemigos fuimos reconciliados por la muerte de su Hijo, cuánto más ahora seremos salvados por su vida. Esta premisa abre esperanza en medio de cualquier historia porque sabemos que Dios no se cansa, no retrocede ni abandona en mitad del camino.

Vivimos una cultura donde el valor de la persona se mide por su rendimiento, su imagen y su utilidad, pero Pablo nos dice algo radical: nuestro valor no depende de lo que hacemos, sino del amor que Dios ha derramado en nosotros. Sin embargo, este anuncio no es para quedarnos cómodos, porque si hemos sido reconciliado de manera gratuita, estamos llamados a vivir reconciliando, pues no se puede recibir un amor tan grande y seguir sembrando división, indiferencia o juicio.

Por eso, la novedad es que Dios no espera a que nosotros cambiemos para amarnos, sino que nos amó primero para que fuéramos capaces de cambiar. Y hay una pregunta que es inevitable: si Dios me amó cuando era enemigo, ¿a quién sigo tratando yo como enemigo?

"Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies"

Es muy interesante la forma como empieza el Evangelio: «al ver la multitud, se compadecía de ella, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas sin pastor». Jesús no tiene una mirada superficial sobre el pueblo, Él es capaz de reconocer el dolor escondido, la soledad disimulada y el cansancio del alma.

Jesús no ve números, ve personas; no ve masas, ve historias. Y esa compasión no se queda como un sentimiento más, se convierte en misión. por eso dice: «la mies es abundante, pero los obreros son pocos». El problema no es la falta de necesidad, sino la falta de corazones disponibles para responder.

Y así, desde la compasión, surge la llamada y envío de los Doce. Los envía frágiles, sin seguridades ni poder humano, una vez que el Evangelio no se sostiene en estrategias, sino por medio de testigos. Pero advierte a los discípulos: «gratis lo recibisteis, dadlo gratis».

Nuestro mundo vive saturado de ofertas, de discursos y de ruido, pero sigue con una profunda hambre de sentido. Hoy existen muchas multitudes cansadas, personas agotadas por la prisa, heridas por relaciones rotas, desorientadas ante la vida y siguen faltando testigos que miren con compasión y se acerquen a la miseria humana.

Ser enviado no es solo para algunos, es una vocación que toca a todos los creyentes. Allí donde estamos – en la familia, trabajo, comunidad – hay una mies esperando. No se trata de hacer más cosas, sino de lanzar una mirada como la mirada de Jesús.

Así que el centro es claro: no podemos decir que seguimos a Cristo si permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de los demás.

Así que atrevámonos a preguntarnos: cuando miro a los demás, ¿veo problemas a evitar o personas que amar?

Fr. Jose Manuel Silva

Fr. Jose Manuel Silva
Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)

Nací en Perosinho, un pueblo de Vila Nova de Gaia, en Portugal, en 1992. Tomé hábito en Sevilla, en 2014. Terminada la licencia en Teología (Universidad Catolica Portuguesa - Lisboa), fui destinado al Convento de Cristo-Rei, en Oporto en 2019. Colaboré, como Promotor, en vários proyectos de la Pastoral Vocacional, Juvenil y Universitaria. En 2026, fui destinado al Convento de San Pablo y San Gregorio de Valladolid.

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