Dom
13
Sep
2026

Homilía XXIV Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

¿No debías tú también tener compasión?

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Reflexión del Evangelio de hoy

El perdón nace de la memoria

El Sirácida no empieza diciendo «perdona», sino algo más hondo: «acuérdate». Acuérdate de tu fin, acuérdate de los mandamientos, acuérdate de la alianza del Altísimo. El remedio contra el rencor no es, en primer lugar, un esfuerzo heroico de nuestra voluntad, sino la recuperación de una memoria más amplia que la del agravio. El hombre resentido solo sabe repetirse la ofensa recibida; el creyente, por el contrario, debe aprender a recordar una historia mayor, la de la fidelidad de Dios, que empequeñece cualquier otra cuenta pendiente. Ben Sirá habla del rencor como de algo que el pecador «guarda» dentro de sí: el problema no es solo la herida, sino la decisión de conservarla, alimentarla, dejar que se convierta en la lente con la que miramos todo lo demás y a todos los demás.

Vivir desde una pertenencia

San Pablo, en medio de una comunidad dividida, recuerda algo sencillo y a la vez revolucionario: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo […] somos del Señor». Vivimos en una cultura que nos empuja constantemente a colocarnos en el centro —mis derechos, mis heridas, mis cuentas—, pero el creyente descubre que el centro de su vida ya no es él mismo, sino Aquel a quien pertenece. Y cuando dejamos de ser el centro absoluto de nuestra propia existencia, el hermano deja también de ser un rival o una amenaza, para convertirse en alguien confiado a nuestro cuidado. El perdón empieza, quizá, justo ahí: cuando dejamos de preguntarnos solo qué nos hicieron y empezamos a preguntarnos qué está viviendo el otro.

El corazón que olvidó el abrazo

La pregunta de Pedro busca poner un límite: «¿Hasta siete veces?». Jesús rompe esa lógica de raíz y responde con una historia desproporcionada: diez mil talentos frente a cien denarios, una fortuna imposible frente al salario de unos meses. Pero el centro de la parábola no son las matemáticas, sino un verbo: el rey «se compadeció». No negoció, no rebajó la deuda, no exigió garantías; miró al siervo de rodillas y vio algo más que un deudor, vio su miedo y su miseria, y respondió con un perdón que no guarda proporción con nada. El rey no perdona porque el siervo vaya a pagar. Los dos saben que aquella promesa —«te lo pagaré todo»— es imposible de cumplir. Tampoco perdona porque el siervo lo merezca. Lo hace porque se compadece. Ese es el verbo decisivo de toda la parábola. Dios nunca comienza mirando nuestras cuentas; comienza mirando nuestro rostro. Antes que acreedores o deudores, somos hijos necesitados de misericordia.

El drama llega después. El mismo hombre que un momento antes suplicaba de rodillas se levanta, encuentra a un compañero que le debe una suma insignificante, y lo agarra por el cuello exigiendo el pago. No es solo que no perdone: es que ha olvidado. Ha olvidado que hace un instante estaba en el suelo pronunciando las mismas palabras que ahora escucha sin conmoverse. Ha olvidado el corazón del Rey. Ha olvidado que fue mirado con una misericordia que no podía comprar ni merecer. Ha olvidado quién era cuando estaba de rodillas. Y quien olvida cómo ha sido amado termina creyéndose únicamente acreedor de los demás.

La verdadera cárcel de la parábola no es la que aparece al final, sino la que empieza mucho antes: la de un corazón que no sabe salir de sí mismo, que sigue ocupando el centro de su propio mundo mientras el rey ya había puesto a ese mismo siervo en el centro del suyo. Por eso no puede perdonar. Perdonar supone, en el fondo, dejar de ser el centro para que el otro pueda, por fin, existir delante de nosotros.

Una llamada para hoy

Difícilmente nos reconocemos de entrada en el siervo despiadado; nos resulta más cómodo identificarnos con el que necesita ser perdonado. Pero el Evangelio propone una pregunta más incómoda: ¿hay alguna deuda que sigo contabilizando con precisión? ¿Hay alguna herida que se ha convertido en el centro de mi vida? ¿Hay algún rostro al que ya solo sé mirar como acreedor?

Quizá el primer paso no sea intentar perdonar de inmediato, sino, sencillamente, volver a hacer memoria: recordar cuántas veces Dios ha tenido paciencia con nosotros, cuántas veces nos ha esperado mientras vivíamos encerrados en nuestras propias cuentas, cuántas veces Dios ha vuelto a empezar conmigo cuando yo ya había dejado de creer en mí mismo. Cuántas veces su misericordia fue más grande que mi pecado. Solo quien vuelve una y otra vez a esa memoria descubre que el perdón no es una obligación imposible, sino la forma concreta de parecerse al corazón del Padre. Setenta veces siete no es una cifra que haya que contar, sino la medida de una paciencia que no se cansa. Quien vive sostenido por esa memoria empieza, poco a poco, a mirar al otro con los mismos ojos con los que ha sido mirado.

Fray Cristo Manuel Acosta González O.P.

Fray Cristo Manuel Acosta González O.P.
Convento de San Esteban (Salamanca)

Soy fraile dominico nacido en Tenerife (Islas Canarias). Actualmente resido en el convento de Salamanca, donde curso la Licencia en Teología Bíblica. Desarrollo mi ministerio en el ámbito de la predicación y el acompañamiento pastoral, especialmente con jóvenes, como miembro del equipo de Pastoral Juvenil y Vocacional de la Provincia. Soy también traductor de la obra "El vino nuevo de la espiritualidad dominicana" de Paul Murray, contribuyendo a acercar la riqueza espiritual de la tradición dominicana al público de habla hispana.

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