Dom
11
Oct
2015

Homilía XXVIII Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2014 - 2015 - (Ciclo B)

Vende lo que tienes y sígueme

Pautas para la homilía

  • Me propuse tenerla por luz

Pocas lecturas reflejan de un modo tan bonito la búsqueda de la sabiduría. Con escasas palabras describe cómo la descubrió y se enamoró de ella. Se habla de la sabiduría como de algo que no se posee, sino que viene, se instala y todo lo transforma. Estamos acostumbradas a pensar que es algo que se tiene, que con el tiempo se acaba adquiriendo y que, como el resto de conocimientos, forma parte de lo que mostramos con orgullo. Sin embargo, esta sabiduría es Dios mismo. Entonces, la Sabiduría es alguien a lo que se tiende, se busca y se desea.

Al igual que para todo tipo de amor, señala el texto que para acercarse es necesario suplicar su atención, invocar su presencia y preferirla por encima de todo. De este modo, su deseo nos lleva a situarla por encima de lo que ya poseemos, de lo que somos e incluso, a costa de exponer nuestra propia salud. Porque la Sabiduría puede convertirse en aquello único que focalice, atraiga y oriente nuestra existencia. Desde esta clave apasionada podemos leer el resto de las lecturas propuestas.

  • Y toda nuestra vida será alegría

La fuerza de la Palabra reside en que al nombrarla crea espacios posibles, distintos a los que ya existían, permitiendo así que surjan ámbitos novedosos. Por ello, dice la Carta a los Hebreos que su palabra es viva, eficaz, tajante y penetrante. Su capacidad es tal que crea y hace patente aquello que reside en nosotras, en nuestra preferencias e intenciones. Estamos habitadas por la Palabra.

Esta capacidad hace que debamos invertir en ella. Es tan preciosa que hemos de hacer cálculos para obtenerla, desarrollar posibilidades para ganar su favor e invocar su presencia para ganar la vida. En eso consiste el amor, en poner por delante nuestro deseo ante cualquier otra cosa. Su recuerdo, un olor, son suficientes para movilizar nuestro interior de un modo poderoso. Cualquier cosa o situación bastan para volver nuestro ser hacia aquello que amamos. La Sabiduría pasa por encima de todo lo que consideramos bueno, apropiado, verdadero o correcto. El resultado es que invierte nuestras normas, conductas o verdades establecidas de antemano. Su deseo se instala y transforma lo que es valioso y posible, convirtiéndolo en nada, en barro o en sin sentido.

  • Sígueme

Parece entonces que esta posibilidad se abre a todas las personas. No depende de la edad, la condición o el sexo. Tampoco va parejo a la bondad, al cumplimiento o a lo que entendemos por un comportamiento adecuado. Se trata de ser capaz de dejarlo, sencillamente, todo. Eso entraña renuncias, posibles rechazos y a menudo, cambios en la propia identidad. La Sabiduría, es decir Jesús, nos invita a ir más allá, siempre a recorrer caminos que no estaban previstos. Pero para ello hemos de haber gustado previamente en qué consiste su propuesta.

Solo esa pasión puede invertir los valores sobre los que sostenemos nuestra vida. Solo ese deseo puede llevarnos, en nuestra vida individual, política y eclesial a poner bienes, posesiones, doctrinas o identidades en segundos lugares, porque el primero ya ha sido ocupado. Es entonces cuando nuestro seguimiento varía y se orienta siguiendo su propio deseo.

  • A quién rendir cuentas

Nuestra historia vital y eclesial puede ser leída de múltiples modos. Disponemos de una inmensa Tradición trazada gracias a diversos caminos recorridos por hombres y mujeres apasionados. Ejemplo de esa pasión fueron mujeres como Catalina de Siena. Su deseo de Sabiduría transformó el curso de la historia eclesial, como también lo hicieron muchas otras antes y después. De un modo especial hoy recordamos a aquellas 21 mujeres que fueron invitadas al concilio Vaticano II.

A pesar de las reticencias de la mayoría de los asistentes, de ser invitadas solo como auditoras al final del Concilio o de representar apenas un 1% de los participantes no pasaron desapercibidas. Dieron buena muestra de los deseos de la “otra mitad” de la humanidad que no estaba presente en los textos conciliares. Su presencia recordó que era necesario no solo cambiar el lenguaje, sino la mentalidad y las actitudes de los padres conciliares. Ellas buscaron, como pidió Juan XXIII, nuevos modos de expresar el “depositum fidei” para que este depósito de la fe pudiera destilar vida y no solo conocimientos acumulados en el tiempo.

Por ello, el Concilio, a través del discurso de inauguración nos recordaba que la Iglesia estaba llamada a ser “luz resplandeciente” para toda la humanidad. Saborear la Sabiduría es enamorarnos de ella. Nuestra responsabilidad es tan solo incendiar el mundo. Y a pesar de que estemos solo al comienzo de “la aurora”, el amor apasionado nos llama a decir como María de Nazaret: ¡hágase!

La clave para que estos itinerarios sean posibles es que nos acerquen a aquellas personas o situaciones desplazadas, silenciadas, violadas, o bien que nuestra presencia sea luz en medio de las oscuridades e incluso que en las injusticias mostremos un destello del deseo que mueve nuestras vidas.