Vie
29
Jun
2018
Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 12, 1-11

EN aquellos días, el rey Herodes decidió arrestar a algunos miembros de la Iglesia para maltratarlos. Hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.
Al ver que esto agradaba a los judíos, decidió detener también a Pedro. Eran los días de los Ácimos. Después de prenderlo, lo metió en la cárcel, entregándolo a la custodia de cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno; tenía intención de presentarlo al pueblo pasadas las fiestas de Pascua.
Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. Cuando Herodes iba a conducirlo al tribunal, aquella misma noche, estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel.
De repente; se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocando a Pedro en el costado, lo despertó y le dijo:
«Date prisa, levántate».
Las cadenas se le cayeron de las manos, y el ángel añadió:
«Ponte el cinturón y las sandalias».
Así lo hizo, y el ángel le dijo:
«Envuélvete en el manto y sígueme».
Salió y lo seguía, sin acabar de creerse que era realidad lo que hacía el ángel, pues se figuraba que estaba viendo una visión. Después de atravesar la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la ciudad, que se abrió solo ante ellos. Salieron y anduvieron una calle y de pronto se marchó el ángel.
Pedro volvió en sí y dijo:
«Ahora sé realmente que el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo de los judíos».

Salmo

Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 R/. El Señor me libró de todas mis ansias.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor, él lo escuchó
y lo salvó de sus angustias. R/.

El ángel del Señor acampa
en torno a quienes lo temen y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R/.

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 4, 6-8. 17-18

Querido hermano:
Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente.
He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe.
Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación.
Mas el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones. Y fui librado de la boca del león.
El Señor me librará de toda obra mala y me salvará llevándome a su reino celestial.
A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-19

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Reflexión del Evangelio de hoy

El Señor me ha librado de las manos de Herodes

La primera comunidad recibe el favor de sus vecinos; pero el crecimiento de la misma contempla que a ella se incorporan gentes que provienen del paganismo y que ayudan a la economía de la comunidad. Este simple hecho no es bien visto por las autoridades, Herodes en particular, y responde con crueldad matando a Santiago y encarcelando a Pedro. No es exagerado decir que la liberación del aturdido Pedro, y en la Pascua, evoca el Éxodo y su salida a toda prisa de Egipto. Pasado un tiempo, Pedro advierte lo que le ha ocurrido, y a partir de ahora su predicación llevará el mensaje universal de acogida a los paganos. Quizá haya sido más importante la liberación interior que, por la gracia, ha experimentado, que la externa excarcelación.

He combatido bien mi combate

No hay inconveniente en asumir este párrafo, junto con otros de la misma carta, como la despedida o testamento de Pablo. Son sus últimas reflexiones ante su inminente muerte –está encarcelado en Roma-: confidencias de complicidad pastoral, consideraciones íntimas del apóstol, confesiones creyentes. Como si fuera un tímido intento de balance de su vida, Pablo declara su firme confianza en el Señor en el que ha depositado toda su esperanza. No le ha sido fácil la fidelidad a su Maestro y al Evangelio, pero reconoce que ha tenido abundante fuerza recibida por Dios, lo que le permitió continuar su misión apostólica.

Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia

Conocido diálogo entre los discípulos y Jesús acerca de la identidad de éste, que se remata con la profesión de Pedro. Porque no contenta a Jesús la respuesta del variado profetismo que dice la gente, reitera la pregunta. Pedro, en nombre del grupo, declara la condición mesiánica del Maestro: tú eres el Mesías, el Hijo de Dios. A renglón seguido, Jesús alaba a Pedro y le hace una importante promesa. Usando el signo de las llaves, y la acción de atar y desatar le hace ver el rol de alta responsabilidad y excelso servicio en pro del Reino de los cielos. Pedro, y sus compañeros, serán habilitados por el Espíritu para discernir, juzgar, perdonar, compadecer y hacer llegar a todos el amor de Dios tal como ha sido declarado, y vivido, por Cristo Jesús.

Nuestros padres en la fe, Pedro y Pablo, acreditaron el seguimiento del Maestro con su vida entregada. Su martirio fue un aval más del servicio fiel a aquel cuyas heridas nos han curado, y en quien todo es posible porque sólo él sabe confortarnos.  

Pedro y Pablo, tan distintos y tan necesarios para la comunidad de los seguidores de Jesús ¿Nos sigue motivando su fidelidad al Maestro desde plurales posturas?