Lun
2
Feb
2009
Luz para alumbrar a las naciones

Primera lectura

Lectura del libro de Malaquías 3,1-4:

Esto dice el Señor Dios:
«Voy a enviar a mi mensajero para que prepare el camino ante mí.
De repente llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando; y el mensajero de la alianza en quien os regocijáis, mirad que está llegando, dice el Señor del universo. ¿Quién resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada? Pues es como fuego de fundidor, como lejía de lavandero. Se sentará como fundidor que refina la plata; refinará a los levitas y los acrisolará como oro y plata, y el Señor recibirá ofrenda y oblación justas.
Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en tiempos pasados, como antaño».

Salmo de hoy

Sal 23 R/. El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las puertas eternales:
va a entrar el Rey de la gloria. R/.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso,
el Señor, valeroso en la batalla. R/.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las puertas eternales:
va a entrar el Rey de la gloria. R/.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios del universo,
él es el Rey de la gloria. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos 2,14-18

Lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos.
Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar los pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,22-40

Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».
Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
«Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel».
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

Reflexión del Evangelio de hoy

Este fiesta es fiesta de la luz, de Las Calendas es llamada en no pocos lugares. Se recuerda a la Virgen de la Calendaria. Como luz es descrito por Simeón el niño que tiene en brazos. Y por ser luz, es Salvador. El ser humano necesitaba, necesita, recibir la luz que viene de lo alto para ver dónde está su salvación. Así lo percibió Simeón y pudo decir “ahora puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Con Jesús llegó la salvación a él y a su pueblo. Él la acogió –sin necesidad de prodigios por parte de Jesús -, el pueblo, en gran parte no lo recibió, a pesar de los prodigios que realizó: “vino a los suyos y los suyos no le recibieron”, dice san Juan.

Luz es lo que necesitamos para ser lo que somos, seres humanos, y actuar como tales, según el proyecto de Dios. Pero nos cuesta percibirla, verla en lo sencillo y tierno, de un Niño, abrazado por sus padres. Queremos brillo, más que luz, algo que deslumbre, más que algo que alumbre. Y si llegamos a percibirla, ¿quién no la percibe en algún momento?, tenemos dificultad para acogerla con cariño, como Simeón acogió en sus brazos al Niño Jesús, cegados por otras luces que nos deslumbran. Hemos de ir convenciéndonos de que nada mejor nos puede suceder que descubrir y acoger esa luz. Para Simeón ese fue el momento esperado, el culmen de su felicidad y la razón de vivir. Así de importante ha de ser para nosotros descubrir la luz de Jesús. No es fácil: María y José no entendían perfectamente la reacción de Simeón: “estaban admirados por lo que se decía de aquel niño”. No es fácil tampoco porque comprometerse con la luz que es Jesús es entrar en contradiciión con otras luces que están cargadas de tinieblas. Así lo anuncia también Simeón. Pero merece la pena ese compromiso: es  el que “dejará clara la actitud de nuestro corazón”.

Día de la vida consagrada. Es decir día en el que los “consagrados” por una consagración especial que dimana de la fundamental que es la del bautismo, tienen que reflexionar en cómo ser creíbles, como ser luz, como ser iconos de Jesús, para que la genta crea y acoja esa luz.