Sáb
2
Feb
2013
Mis ojos han visto a tu Salvador

Primera lectura

Lectura del libro de Malaquías 3,1-4:

Esto dice el Señor Dios:
«Voy a enviar a mi mensajero para que prepare el camino ante mí.
De repente llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando; y el mensajero de la alianza en quien os regocijáis, mirad que está llegando, dice el Señor del universo. ¿Quién resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada? Pues es como fuego de fundidor, como lejía de lavandero. Se sentará como fundidor que refina la plata; refinará a los levitas y los acrisolará como oro y plata, y el Señor recibirá ofrenda y oblación justas.
Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en tiempos pasados, como antaño».

Salmo

Sal 23 R/. El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las puertas eternales:
va a entrar el Rey de la gloria. R/.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, héroe valeroso,
el Señor, valeroso en la batalla. R/.

¡Portones!, alzad los dinteles,
que se alcen las puertas eternales:
va a entrar el Rey de la gloria. R/.

¿Quién es ese Rey de la gloria?
El Señor, Dios del universo,
él es el Rey de la gloria. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos 2,14-18

Lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos.
Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar los pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,22-40

Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».
Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
«Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel».
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

Reflexión del Evangelio de hoy

  • Mirad, yo envío mi mensajero a preparar el camino

Mirad, estad atentos. El mensajero del Señor es el enviado que prepara el camino al Señor. Sólo el Señor es el Salvador, a quien todos anhelamos en lo más hondo de nuestro corazón. El mensajero, consciente de su misión, prepara el camino a “otro”, que, en palabras del Bautista, “es más fuerte que yo, y a quien no soy digno de desatar las sandalias”. Sólo el Señor es el Cordero de Dios, a quien el mensajero señala y anuncia como único Salvador. El mensajero, para serlo de verdad, escucha su voz, y se deja “fundir, refinar, acrisolar” por su Señor, en quien ha puesto su confianza. Tiene conciencia de su propia necesidad de Dios y de que toda persona, sin excepción, está necesitada de Él; por eso desea anunciarlo.

  • Mis ojos han visto a tu Salvador

En este evangelio aparecen dos personajes que dan testimonio del Mesías. Uno, Simeón, “hombre justo que aguardaba el consuelo de Israel”. El otro personaje es la profetisa Ana, que “hablaba del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén”.

Los dos esperan, aguardan: “el consuelo de Israel”… “la liberación de Jerusalén”. Los dos se nos presentan como personas de esperanza, que, para sí mismos y para otros, necesitan consuelo y liberación. Cada uno de ellos se nos muestra como un “anawim”, un pobre, cuya riqueza y cuyo punto de referencia es Dios. En las palabras de Simeón están la fuerza y la veracidad de un testigo: “Mis ojos han visto a tu Salvador”. Un Salvador que no aparece con signos de poder y ostentación, sino con la fragilidad de un niño, que será “luz de las naciones”, pero que también será “signo de contradicción”, hasta llevarlo a la cruz. Y a María, testigo silenciosa, “anawim” por excelencia, que guarda todo en su corazón, “una espada le atravesará el alma”.

Seguir a Jesús, “verlo” y sentirlo como Salvador de uno mismo y de otros muchos, requiere un corazón de pobre, necesitado de aprender siempre en la escuela de su Palabra y de su vida. Un corazón agradecido, que permanece a la escucha para ir conociéndolo, amándolo, anunciándolo.