Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí

Primera lectura

Comienzo del libro del Apocalipsis 1,1-4;2,1-5a:

Ésta es la revelación que Dios ha entregado a Jesucristo, para que muestre a sus siervos lo que tiene que suceder pronto. Dio la señal enviando su ángel a su siervo Juan. Éste, narrando lo que ha visto, se hace testigo de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo. Dichoso el que lee y dichosos los que escuchan las palabras de esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito, porque el momento está cerca. Juan, a las siete Iglesias de Asia: Gracia y paz a vosotros de parte del que es y era y viene, de parte de los siete espíritus que están ante su trono. Oí cómo el Señor me decía: «Al ángel de la Iglesia de Éfeso escribe así: "Esto dice el que tiene las siete estrellas en su mano derecha y anda entre los siete candelabros de oro: Conozco tus obras, tu fatiga y tu aguante; sé que no puedes soportar a los malvados, que pusiste a prueba a los que se llamaban apóstoles sin serlo y descubriste que eran unos embusteros. Eres tenaz, has sufrido por mi y no te has rendido a la fatiga; pero tengo en contra tuya que has abandonado el amor primero. Recuerda de dónde has caldo, arrepiéntete y vuelve a proceder como antes."»

Salmo

Sal 1,1-2.3.4.6 R/. Al que salga vencedor le daré a comer del árbol de la vida

Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. R/.
Será como un árbol,
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. R/.
No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 18,35-43

En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron: «Pasa Jesús Nazareno.»
Entonces gritó: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!»
Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!»
Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?»
Él dijo: «Señor, que vea otra vez.»
Jesús le contestó: «Recobra la vista, tu fe te ha curado.»
En seguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.

Reflexión del Evangelio de hoy

  • «Recuerda de dónde has caído y conviértete»

La primera lectura corresponde al comienzo del libro del Apocalipsis, que se supone escrito por el apóstol Juan o alguien de su entorno. Se trata de un libro profético en el que relata la visión que el autor ha tenido, como revelación de Dios. En el Antiguo Testamento, los profetas transmitían de forma oral las visiones o revelaciones que habían tenido de Dios, pero aquí, se plasma en un libro.

El autor dirige el libro a las siete Iglesias de Asia, del entorno de Juan, y, por lo visto, se dirige a ellas después de que los cristianos hubieran sufrido las primeras persecuciones, en las que habían tenido que padecer vejaciones, incomprensiones e incluso malos tratos y muerte.

Este relato comienza dirigiéndose a la primera Iglesia, la de Éfeso, y presenta números, figuras y personajes que son puramente imágenes para expresar el simbolismo del mensaje que quiere transmitir.

Repite el número siete continuamente, no por su valor en sí, sino por el significado mágico que en la época se otorga a este número.

Reconoce todo lo que han tenido que soportar en cuanto a fatiga y sufrimientos, incluso desenmascarando a los que se llamaban «apóstoles» sin serlo, y descubriendo que eran unos embusteros. Incluso les agradece las dificultades que han sufrido por creer y manifestar a Cristo; pero, sin embargo, han abandonado lo que el autor llama «el amor primero», y les anima a que lo reconozcan y de nuevo se conviertan y procedan como al principio.

En el salmo responsorial el salmista declara dichoso a aquel que se mantiene fiel y no se deja arrastrar por consejos extraños y no comete pecado ni se burla de los demás. Igualmente, Juan, al comienzo del libro, llama dichosos a los que lean o escuchen esta profecía, porque la venida del Señor está cerca.

  • «Señor, que vea otra vez»

El evangelista Lucas nos cuenta en este relato cuando Jesús se dirigía a Jericó, rodeado de discípulos y curiosos, y un ciego, que sentado al borde del camino pedía limosna, al oír el gentío, pregunta qué es lo que pasa y al enterarse de que es Jesús de Nazaret el que pasa, grita para pedir al Mesías que le ayude; los discípulos le regañan para que calle, pero él grita aun más fuerte «Hijo de David, ten compasión de mí».

Jesús se le acerca y le pregunta ¿qué quieres que haga por ti?; y, el ciego desde su humildad responde «Señor, que vea otra vez».

Los discípulos de Cristo le siguen, le rodean, como creando un circulo de seguridad al Maestro, pero son incapaces de caer en la cuenta y ver a aquellos que están situados fuera del circulo, en los márgenes del camino y poco les importa las necesidades que puedan tener estos marginados.

«Jesús, ten compasión de mi», ¡cuántas veces deberíamos dirigirnos a Dios, reconociendo nuestras limitaciones y carencias!; y pedir que nos ayude o ayude a los que nos rodean, nuestra familia, amigos, compañeros, vecinos, etc.

Hoy ante las aberraciones que vemos en el mundo, bien por el egoísmo de algunos que desencadenan las guerras y destrucción de los pueblos, bien la crueldad de los elementos climatológicos, que siempre golpean con más gravedad a los que menos tienen, ante el drama de la marginación, o de los que tienen que abandonar todo por motivo del hambre, la necesidad de trabajo o huyendo de los horrores de la guerra; todos debemos gritar hasta desgañitarnos «Jesús, ten compasión de ellos», y a los que rigen los destinos del mundo y a nosotros mismos «ten compasión de los que más lo necesitan».

¿Somos fieles a nuestras creencias o las relegamos a la primera de cambio?
¿Nos encerramos en nuestro círculo de seguridad y no vemos lo que nos rodea?
¿Sentimos la necesidad imperiosa de pedir ayuda a Jesús para nosotros y para los demás?