Sep
Evangelio del día
“ ¿Por qué me llamáis Señor, Señor? ”
Primera lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 14-22
Queridos hermanos, huid de la idolatría. Os hablo como a personas sensatas; juzgad vosotros lo que digo.
El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?
Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan. Considerad al Israel según la carne: ¿los que comen de las víctimas no se unen al altar?
¿Qué quiero decir? ¿Que las víctimas sacrificadas a los ídolos son algo o que los ídolos son algo? No, sino que los gentiles ofrecen sus sacrificios a los demonios, no a Dios; y no quiero que os unáis a los demonios. No podéis beber del cáliz del Señor y del cáliz de los demonios. No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O vamos a provocar los celos del Señor? ¿Acaso somos más fuertes que él?
Salmo de hoy
Salmo 115, 12-13. 17-18 R/. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.
¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. R/.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo. R/.
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 43-49
En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos:
«No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca.
¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo? Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cayó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida.
El que escucha y no pone en práctica se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y enseguida se derrumbó desplomándose, y fue grande la ruina de aquella casa».
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Reflexión del Evangelio de hoy
“Por sus frutos les conoceréis”
Dos parábolas nos regala hoy Jesús en el Evangelio. La primera es la del árbol, al que se le conoce por sus frutos. A cada persona se le conoce por los frutos que da en su vida. Quien da frutos sanos como la bondad es porque tiene sano el corazón. A la bondad y a la sencillez en nuestra forma de ser y de actuar nos invita Jesús en el Evangelio.
Nuestra forma de actuar de cada día, en las cosas pequeñas y las grandes nos está constantemente retratando. Nos define como personas nuestra forma de actuar, no nuestras palabras o discursos por maravillosamente bien que los construyamos.
En la persona verdaderamente sana, lo que rebosa del corazón lo habla la boca, dice Jesús.
Desgraciadamente hoy estamos viendo con demasiada frecuencia una total disociación entre lo que dicen las palabras y lo que muestra la vida. Jesús nos exhorta a la coherencia, entre la forma de hablar y la de actuar. Tienen que hablar más nuestros hechos y nuestros gestos que nuestras palabras.
“No todo el que me dice «señor, señor»”
El Señor llama la atención sobre una forma “piadosa” de entender la fe, que se limita a ponerse bajo su mirada misericordiosa sin más, pero sin hacer absolutamente nada por cambiar ni el corazón, ni la vida, ni el mundo en el que estamos.
El Señor nos invita no solo a escuchar con mayor o menor agrado, sino a poner en práctica lo que Él nos propone.
Tenemos que construir, que edificar. Pero nuestra construcción tiene que ser en roca firme, no en arena. Lo construido en roca es lo único que prevalece ante las lluvias y los vientos, ante las dificultades de la vida.
San Pablo nos dirá “mire cada cual cómo construye”, indicando que cada uno de nosotros tiene que hacerse a sí mismo. Nos construimos como personas. Los creyentes tenemos, como elemento de construcción valioso, la fe en Jesucristo. Pero la fe no es una hermosa teoría para saber, sino una forma de ser y de vivir. Qué pena si nosotros que escuchamos la Palabra de Dios nos olvidamos de ella a la hora de construir nuestra vida. Seremos, como en la parábola del Evangelio, la segunda que Jesús hoy nos propone, personas necias. El Señor nos propone al ejemplo del hombre prudente. Escuchar la Palabra para llevarla a la práctica en la vida de cada día.
El Señor nos pone en guardia. No podemos hacer de nuestra fe una religión meramente cultual y apartada de la vida real. Algo así no merece la pena, estaremos perdiendo el tiempo y en el fondo la vida.
Alguno podría preguntar ¿para qué sirve la fe? En un mundo como el nuestro, que valoramos mucho lo útil, lo práctico. A ti ¿de qué te sirve venir a misa los domingos, leer el Evangelio, rezar, escuchar las cosas que se dicen en la predicación?
Nos invita el Señor a huir de todo lo que significa hacer alarde de creyentes. Los judíos en tiempos de Jesús llevaban tozos de escritos de la Palabra de Dios enrollados en las muñecas o colgando del manto. Nosotros los cristianos tenemos también otras formas de ostentación pública. ¿De qué nos sirven si nuestra vida no guarda relación con estos signos o gestos? Tal vez para que los que nos ven se rían de nosotros. ¿En qué debe notarse que somos de los que escuchamos la Palabra de Dios? En nuestra forma de vivir y de actuar. La fe que no se traduce en la vida sirve para poco. Incluso podemos cuestionarnos si es de verdad la fe de Jesucristo.
Cambiar la mente y el corazón. Vivir el mandamiento del amor con todas sus consecuencias. No parcelar nuestra vida. A veces puede ocurrir, y es bien triste, que una es la persona que viene a la Iglesia, la que escucha la Palabra de Dios, y otra muy distinta la que sale a la calle, la que actúa en su casa o en su trabajo o en la universidad, en su lugar de ocio o diversión. Aquí radica la diferencia entre construir sobre arena o construir con total solidez en la verdadera roca que es Jesús.
Estamos llamados a construir nuestra vida, como el hombre prudente de la parábola, a construir la comunidad cristiana y a construir el Reino de Dios en nuestro mundo. Es nuestra responsabilidad ineludible.
San Pablo, como en su tiempo a los Corintios, nos invita a encontrar fuerzas en la Eucaristía, que nos une entre nosotros a los que nos sentamos a la misma mesa y nos une estrechamente al Señor, que es el único que nos hace verdaderamente fuertes en la lucha de cada día. Sin Él, no lo olvidemos, no podemos hacer nada.