Dom
9
Sep
2012

Homilía XXIII Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2011 - 2012 - (Ciclo B)

Queridos hermanos, escuchad….

Pautas para la homilía

No cabe duda de que la liturgia de hoy, siguiendo la lectura del evangelio según Marcos, enfoca nuestra atención sobre la figura de la sordera y la mudez. Dado que la alusión fundamental aparece en el evangelio, cabe preguntarnos a quién trata de identificar ese personaje anónimo sordomudo. La exégesis del texto nos marca dos pautas. En primer lugar, el texto se encuadra en una sección en la que el evangelista introduce la noción de universalismo que ha de caracterizar la concepción de la comunidad cristiana. En segundo lugar, la sordera y mudez no identifica a los de fuera de la comunidad, carentes de fe – como en un principio cabría pensar – sino a los de dentro, en su actitud de cerrazón al principio de universalidad que conforma el mensaje de Jesús, el cual ni oyen – sordos – ni, en consecuencia, trasmiten adecuadamente – mudos o tartamudos, según la traducción. La reserva del evangelista ante él éxito del proceso de compresión de la fe de sus contemporáneos nos hace pensar que ese defecto es persistente en el tiempo en las comunidades cristianas.

Ciertamente esa actitud cerrada contra la que advierte el evangelista – actitud referida al rechazo a la admisión al judeocristianismo a aquellos provenientes de fuera del judaísmo – se superó con el tiempo. Pero existen otras formas que rompen con el principio del universalismo – y que manifiestan sordera y mudez ante el evangelio de Jesús – incluso dentro de la propia comunidad cristiana constituida. El autor de la carta de Santiago – en la segunda lectura – denuncia una de las formas más sangrantes de dureza de oído y de corazón: “No juntéis la fe en Nuestro Señor Jesucristo glorioso con la acepción de personas”.

La división en categorías y clases está caracterizando la constitución de la comunidad cristiana en sus mismos orígenes. Es la más doliente forma de ruptura del principio esencial de la aceptación de todos por igual dentro de la comunidad cristiana. Esa actitud no pertenece al evangelio ni a la naturaleza de la comunidad cristiana, sino a la introducción de criterios del mundo que se suponen rechazados al ingresar en la comunidad única, universal e igualitaria de hermanos. Exclusivismo no hacia afuera, sino hacia dentro. La dureza de la carta de Santiago y lo directo de sus términos dan muestras de la intensidad de la sordera que afecta a las comunidades cristianas ante la palabra de Jesús.
En nuestra comunidad cristiana de hoy también existen numerosas expresiones de exclusivismo hacia dentro y hacia afuera, que utilizando la riqueza de la lengua podemos identificar como fanatismo, sectarismo, intransigencia, parcialidad, arbitrariedad, obstinación, prejuicio, personalismo, localismo, racismo,… y por supuesto, tanto como en tiempos de Santiago, división de clases. Sin embargo, tendemos a pensar, con alegre optimismo, que verdaderamente estamos siendo fieles a la voluntad de Dios y actuando consecuentemente a la auténtica verdad – “todo lo ha hecho bien”-. El excesivo uso de la palabra verdad suele denotar, en el fondo, más afianzamiento en la sordera que en el evangelio. Un paseo por la historia es ilustrativo de esta cuestión. Y es que, ciertamente, todas estas actitudes proceden de una misma realidad: dureza de oído al mensaje universalista y pluralista de Jesús, sordera al mismo Jesús.
Cuando una de estas actitudes identifica a una comunidad cristiana, ¿qué mensaje está trasmitiendo esa comunidad? No es más que una sombra del mensaje, un mensaje incongruente, que escandaliza y produce más rechazo que deseo de pertenecer a ella. Comunidades cristianas mudas…

La cautela del evangelista Marcos nos invita a no ser ingenuos. Ciertamente no podemos ser tan ingenuos de pensar que todas estas actitudes pudieran ser completamente ajenas a la realidad de la comunidad cristiana, pues, al fin y al cabo, son comunidades humanas sometidas tanto al Espíritu como a la realidad de lo humano y no pueden escapar fácilmente a las condiciones de la sociabilidad humana. Sin embargo, tampoco es cuestión de pensar en tirar la toalla y rebajar nuestras exigencias evangélicas. En este sentido, nada mejor que la tensión profética – que eleva nuestras expectativas más allá de la mera facticidad - para mantener nuestro sentido evangélico en alto nivel. Así, quizás aún hoy permanecemos sordos, pero sabemos, como Isaías atestigua, que, al fin, “los oídos del sordo se abrirán”.