Dom
9
Feb
2020

Homilía V Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A)

Brille así vuestra luz ante los hombres

Pautas para la homilía

Sal de la tierra y luz del mundo

Después de proclamar a sus discípulos las bienaventuranzas del Reino de los cielos, Jesús se dirige a los que sufren la infamia y la persecución (5, 11-12): “vosotros” sois la sal de la tierra y la luz del mundo. El verdadero discípulo no ha de temer ni esconderse ante el peligro, sino proclamar con su ejemplo y a la luz del día la buena noticia de Jesús. En otras palabras, se le está recordando a la comunidad  cristiana su ineludible tarea misionera.

El evangelio de hoy se vale para ello de dos símiles polifacéticos y muy generales del lenguaje simbólico que pueden utilizarse para casi todo. Si la sal es un condimento imprescindible para dar el sabor, la luz a su vez es necesaria para los colores. La metáfora de la sal remite en este caso al ingenio y la agudeza de la sabiduría que ha de caracterizar al discipulado de Jesús para no dejarse llevar por la mediocridad y la palabrería. La metáfora de la luz, tan extendida en la fenomenología de la religión, evoca por otra parte las epifanías o manifestaciones reveladoras del Dios trascendente, que busca relacionarse con el hombre.

Así pues, la comunidad cristiana, iluminada por la luz de la Palabra: “lámpara para mis pasos” (Sal 118, 105), ha de ponerse, como la sal, al servicio de los demás buscando cómo orientar y proporcionar sabor y alegría a la vida. Al igual que la luz del candelero ilumina toda la casa, los cristianos están llamados a ser la luz del mundo; y al igual que la sal solo es sal cuando sirve para salar, ellos solo son luz del mundo cuando se dejan reconocer por sus obras. A fin de cuentas, ese es el objetivo fundamental de su misión evangelizadora: “que vean vuestras buenas obras para dar gloria al Padre que está en los cielos”.

No la obras de aquellos a quienes les gusta estar en el candelero, que buscan más que nada las apariencias y la visibilidad farisaicas. Sí las obras de quienes, inspirados en el espejo de las bienaventuranzas, actúan testimoniando la fe para gloria de Dios. Fundamentados en la persona, la palabra y la obra de Jesús, no dudan en llevar a la práctica las obras de la justicia del Reino consignadas en las antítesis del sermón del monte (Mt 5,17-48). No se conforman con decir “Señor, Señor”, sino que cumplen la voluntad del Padre que está en los cielos (Mt 7,21).

Entonces brotará tu luz como la aurora, tu oscuridad se volverá mediodía

Los judíos solían cumplir tradicionalmente con sus prácticas religiosas de la oración, el ayuno y la limosna. Pues bien, en la 2ª lectura el profeta sale al paso de cuantos se sentían fieles cumplidores de la práctica del ayuno haciéndoles una llamada a la interiorización. ¿De verdad que su ayuno agradaba al Señor cuando descuidaban las necesidades más básicas y urgentes de sus semejantes? ¿No resultaba incompatible esta actitud con su conducta inmoral? ¿No les decía nada el nuevo gesto liberador de Yahvé que les había repatriado del exilio babilónico, lo mismo que a sus antecesores de Egipto? ¿No les estaba pidiendo ahora el Señor este mismo compromiso en la liberación de los oprimidos?

Fiel a su vocación, con un lenguaje realista e incisivo, directo y personal,  el profeta se dirige a cada uno de ellos: “cuando compartas tu pan con el hambriento, albergues a los pobres sin techo, vistas al desnudo y no te desentiendas de tus semejantes, entonces brillará tu luz como la aurora”. La verdadera solidaridad no responde al cumplimiento de una obligación sino que nace de lo más íntimo del corazón humano impelido por el proceder compasivo del mismo Dios: “tu Padre, que está allí y que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,18). Es entonces cuando en el creyente empieza a despuntar el alba, el nuevo horizonte de la liberación, la cercanía gozosa de la salvación. La reflexión profética se adelantaba de este modo en varios siglos a las duras críticas de Jesús contra los fariseos, afanados en alardear ostentosamente de cuanto hacían.

La actitud paradigmática de Pablo

El contexto de difamación y persecución que afectaba a los discípulos en el fragmento evangélico de la 1ª lectura se reproducía ahora de algún modo en la 2ª, en una nueva versión. Era el clima adverso que respiraba el Apóstol por parte de aquellos bautizados que no comprendían el mensaje de la cruz y de todos aquellos que se oponían a su ministerio. Por eso mismo se presenta ante la comunidad “débil, tímido y tembloroso”, aunque lleno de la energía del Espíritu, llevando en sus carnes los signos de la cruz.

Es en su identificación personal con el Crucificado donde encuentra la fuente inagotable de luz y de sabiduría que caracteriza su anuncio del evangelio. A los pretenciosos títulos y honores a que aspiraban algunos de la comunidad, contagiados por el ambiente que se respiraba en Corinto, Pablo contrapone el sorprendente mensaje de la cruz de Cristo como único faro iluminador del horizonte cristiano. No son el mensajero ni sus elocuentes y persuasivos recursos los que cuentan a la hora de fundamentar la fe cristiana sino su sólido anclaje en el Dios manifestado en la debilidad humana.

Pensándolo un poco, tampoco es otra la razón última que subyace y sustenta la enigmática y permanente paradoja del Sermón del Monte, precedido por las bienaventuranzas. A cuantos se acogen a este programa evangélico, se les podría aplicar las palabras del Apóstol a la comunidad de Filipos: “brilláis como antorchas en medio del mundo, manteniendo en alto la palabra de vida” (2,15-16).