Dom
8
Oct
2017

Homilía XXVII Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2016 - 2017 - (Ciclo A)

Por sus frutos los conoceréis

Pautas para la homilía

El evangelio de hoy vuelve nuestra mirada sobre una imagen utilizada en diversos momentos por los textos bíblicos: es la imagen del Pueblo de Dios como una viña.

Los textos nos narran, como en varios actos, el drama de esta viña, una historia entretejida de amor y traición, de esperanza y desencanto, de ternura y misericordia, de violencia y ambición. Es nuestra propia historia.

A esta viña se refiere, en primer lugar, el texto de Isaías que escuchamos en la primera lectura. Como en un primer acto de esta historia, se nos cuenta su origen. La imagen es entrañable: Dios ha cavado con esmero la tierra, quitado los cantos que pudieran impedir el crecimiento de las plantas y plantado buenas cepas. De este viñedo, se dice que era “su plantel preferido”. Nos recuerda, cómo no, ese estribillo que acompaña cada uno de los actos del Dios creador: “y vio Dios que era bueno”. Nos muestra también el amor de Dios por su viña, la esperanza que pone en ella. Es, nos dice el narrador, el canto del amor de Dios a su viña. Y ese es siempre el punto de partida: estamos plantados en esta tierra, en este momento histórico, en esta comunidad cristiana, como buenas cepas, como plantel preferido de Dios. Participamos de la bondad de todo lo creado y del amor sin límites del creador. Y ese es nuestro punto de apoyo frente a toda desesperanza, frente a cualquier visión pesimista.

Esta confianza en el Dios que no sólo planta su viña, sino que también cuida de ella, es la que refleja la carta a los Filipenses: Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica con acción de gracias, vuestras peticiones serán presentadas a Dios. Y la paz de Dios custodiará vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Pero no cabe caer en el optimismo facilón. El texto de Isaías narra con palabras desgarradoras el desencanto del viñador ante la falta de frutos de la viña por él plantada: “¡qué más podía haber hecho por su viña? ¿por qué esperando que diera uvas dio agrazones?” Nuestra vida, nuestro trato con los demás, tiene a veces más sabor a amargura que a dulce mosto. Es un hecho: los frutos, nuestros frutos, muchas veces no se corresponden con lo que Dios ha sembrado. Donde Dios esperaba justicia y derecho, nos encontramos con violencia y abusos… algo ha pasado. Se ha quebrado esa relación amistosa entre el viñador que cuida y espera lo mejor de la viña y la viña por él plantada, llamada a confiar incondicionalmente en su hacedor.

El propio texto de Filipenses nos da una pista, para no perdernos en la maraña de mensajes que recibimos cada día prometiéndonos caminos de felicidad que terminan dando frutos que más se parecen a amargos agrazones que a uvas de las que sacar los mejores mostos: “Todo lo que es verdadero, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta”. En un mundo en que con frecuencia se valora el éxito y el poder más que el servicio, la agresividad más que la bondad… Pablo nos pone ante nuestra mirada lo que de verdad importa, aquello que hemos de buscar y valorar por encima de todo: bondad, amabilidad, virtud… Aunque no esté de moda.

Pablo se atreve incluso a ponerse a sí mismo y su mensaje como faro para no perder el norte: “lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis visteis en mí,  ponedlo por obra”. La autoridad de Pablo en este caso es la del testigo, la de quien no sólo se ha encontrado con Cristo, sino que también ha dado la vida por Él y por los suyos. Es la autoridad del que vive aquello que predica. He aquí la clave de los que son auténticos pastores en contraste con los asalariados que, como nos narra el texto evangélico, no sólo se hacen dueños de la viña, sino que desconocen al Aquel que les ha encargado de su cuidado, a sus enviados y a su propio Hijo.

Apropiarse de la comunidad cristiana: ocupar el lugar de Dios, hacernos jefes, señores de la comunidad… dueños de ella, únicos interpretes de lo que es justo, aduaneros que en lugar de acoger al que llega, filtran entre puros e impuros... es olvidar que somos todos parte de la viña, cepas plantadas cuidadosamente por el Señor, que, al  fin y al cabo, lo que espera de todos nosotros son frutos de amor.