Dom
6
Mar
2016

Homilía IV Domingo de Cuaresma

Año litúrgico 2015 - 2016 - (Ciclo C)

El que es de Cristo es una criatura nueva

Pautas para la homilía

  • Hoy os he despojado del oprobio de Egipto

La primera lectura de este domingo nos presenta que, una vez desaparecida la afrenta del pueblo, es decir, el oprobio, el pueblo celebra la Pascua. Pero en esa ocasión no se trataba de instaurar la fiesta o de regularla, no; lo que se nos hace ver en este texto es que la Pascua es festejar la libertad, es festejar la vida. El narrador nos informa que con aquella Pascua termina un período de la historia de la salvación y comienza otro. En definitiva, se trata del comienzo de un tiempo nuevo: un tiempo de esperanza y responsabilidad.

También se nos dice que al siguiente día comenzaron a comer de los frutos de la tierra y que, por ello, ya no hubo más maná. Con todo ello lo que se nos quiere trasmitir es que con la Pascua se tiene que marcar experiencias esenciales nuevas y distintas.

  • El que es de Cristo es una criatura nueva

En la segunda lectura el apóstol Pablo no trae el mensaje de la reconciliación. Es muy interesante su visión dado que desea la reconciliación no solo a título privado, sino también se muestra como intermediario de la fe de su comunidad. Pablo es consciente de que el ser humano por si solo es incapaz de reconciliación. Por ello muestra que es Dios quien reconcilia a los seres humanos consigo por medio de su hijo Jesucristo. El apóstol Pablo dice que Dios asienta la palabra de la reconciliación pasando por alto, no poniendo en cuenta, es decir, liberando al ser humano del pecado que es lo que lo ha alejado de Dios. La reconciliación es gratuita e inmerecida por parte del ser humano pero, al ser libre, ha de tener una disposición de aceptación. Porque lo que importa para Pablo es ser una criatura nueva.

Quizá lo que Pablo tiene en su pensamiento es el resultado final, más que los detalles concretos. Es como si dos personas que, estando alejadas y enemistadas, terminan restableciendo las buenas relaciones de unión entre ellas. Pues eso es lo que ha ocurrido con los seres humanos y Dios por medio de Jesucristo. Ha desaparecido la enemistad que los seres humanos podían tener con Dios, manifestada en el hecho de ser pecadores. Porque Pablo, lo que más quiere demostrar, es su asombro ante la locura del amor infinito y sin condiciones de Dios por todos nosotros, manifestado en la muerte en cruz de su hijo Jesús. Él lo experimentó en Damasco y esa experiencia es la que quiere trasmitir a la comunidad de Corinto.

  • Este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado

El evangelio de este domingo nos presenta la que puede ser la parábola más conocida de Jesús y, quizá, la más repetida. En la parábola del padre misericordioso se nos muestra cómo imaginaba Jesús al Padre. La parábola nos narra el suceso del amor del padre y el descarrilamiento del hijo que, viviendo de forma superficial, malgasta parte de la herencia paterna. Pero el padre no puede dejar de ser padre. Por ello cuando regresa su hijo no necesita de explicaciones para acogerlo. No necesita imponerle una sanción. No necesita exigirle un rito de depuración. No necesita nada, porque no ha dejado de amarlo. Le concede su perdón antes de que se declare culpable. En ninguna otra parábola Jesús describe la misericordia divina de manera tan magistral como en esta. Y es que con esta parábola Jesús quiere decir: así como yo actúo, así actúa también el padre. Porque en esta parábola, la misericordia, es la justicia suprema.

El centro de la parábola no es el hijo sino el padre. El milagro consiste en la misericordia del padre que perdona y que acoge de nuevo al hijo en su casa como si no hubiera pasado nada. El hecho extraordinario que se encuentra en el evangelio de este domingo es que la misericordia de Dios es tan grande, que anula el pecado del hombre; que esta misericordia salvífica puede llegar hasta ese punto.

El pecado es y será siempre una negación de amor, es decir, un huir del amor de Dios para poder obrar por cuenta propia. En la parábola la marcha del hijo supone una superación de las fronteras; mientras tanto, el padre espera. En esa espera está la espera de Dios junto a su mirada llena de afecto para con todos los pecadores, para todos los que vuelven a él. Pero, sobre todo, está la misericordia indestructible para con todo ser humano, para que sepa volver a casa cada vez que nos alejamos de ella. Él no deja nunca de amarnos y, por ello, no nos condena.

Un comentario a la parábola del padre misericordioso que no haga alusión al hijo mayor, estaría incompleto. Y es que la postura del padre para con este hijo, nos muestra cómo este también necesita de la misericordia. El padre sale a invitarlo a la fiesta con el mismo cariño con el que ha recibido a su hijo pequeño. Pero el hijo mayor no comprende ni admite la misericordia de su padre. No acoge, no perdona, no quiere saber lo más mínimo de su hermano. Jesús en el evangelio de hoy nos deja con una intriga: ¿entró, o no entró en la fiesta?

La invitación que nos hace el evangelio de este domingo es a romper nuestras actitudes antiamorosas con los demás, a la vez que nos hace una llamada al arrepentimiento y a la búsqueda de la misericordia de Dios. Así podremos celebrar con Él, la fiesta de la alegría y el perdón.