Dom
30
Ago
2026

Homilía XXII Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

Si alguno quiere venir en pos de mí…

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Reflexión del Evangelio de hoy

“Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir”

Ciertamente, caminar en pos de Jesús nos aporta una gran satisfacción interior, pues nos hace estar junto a la fuente del amor, la paz y la felicidad. Estar junto a Jesús es una experiencia muy consoladora. Por ello, cuando nos alejamos de Él, experimentamos una sed interior semejante a la que describe el salmista.

Pues bien, las lecturas de este domingo tratan del difícil reverso que tiene el seguimiento de Jesús, ya que caminar junto a Él no sólo aporta satisfacción espiritual, también exige de nosotros grandes sacrificios y afrontar duras dificultades. Es el camino de la cruz, que claramente aparece plasmado en los cuatro Evangelios, donde se nos cuenta cómo Jesús se sacrificó totalmente, hasta la última gota de su amor, por el bien de todos. Eso mismo es lo que, de un modo u otro, Él nos pide a todos nosotros, cada uno según sus posibilidades y circunstancias. Y eso sólo se consigue viviendo fielmente su Palabra.

“Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”

Probablemente, todos hemos tenido alguna experiencia de lo que ocurre cuando se vive el Evangelio. En ciertas ocasiones, Jesús nos pide que compartamos lo poco que tenemos con los que están a nuestro lado pasando necesidad. Otras veces nos mueve a acompañar a un enfermo durante una noche, o una semana, o varios meses. También nos pide renunciar a caprichos y frivolidades que chocan con la voluntad de Dios.

Asimismo, Jesús puede reclamarnos dar testimonio de nuestra fe en ambientes adversos, provocando enemistades, conflictos y otras adversidades. Eso es lo que le pasó a Jeremías, el cual se vio «forzado» por Dios a denunciar los graves pecados cometidos por sus vecinos de Jerusalén, convirtiéndose así en el blanco de sus insultos, calumnias y otras maldades. Pero Jeremías era muy consciente de que, aunque lo estaba pasando muy mal, no podía hacer otra cosa, ya que Dios le movía a hacer su voluntad desde lo más íntimo de sus entrañas. Pues Jeremías amaba profundamente a Dios y había puesto su vida a su servicio.

“No os amoldéis a este mundo, sino transformaos”

De esto último, de abandonarnos libremente a la voluntad de Dios, renunciando a la nuestra, nos habla san Pablo. Primeramente, nos pide que presentemos nuestros cuerpos «como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios». La expresión «sacrificio vivo» hace referencia a «ofrenda». Es decir, san Pablo nos pide que nos ofrezcamos a Dios para ponernos a su servicio. Esto nos habla de una oración que algunos cristianos practican nada más despertarse por la mañana. En esos momentos, teniendo todo el día por delante, además de darle gracias a Dios por el nuevo día que les regala, ellos mismos «se regalan» a Dios, poniéndose a su servicio, intentando que todas sus palabras y obras estén destinadas a construir el Reino de Dios.

A continuación, san Pablo nos pide que no nos ajustemos a este mundo, pues no somos de él. Recordemos que así se lo dice Jesús al Padre en la Oración de la Unidad, en el capítulo 17 del Evangelio según san Juan. No somos de este mundo perecedero e imperfecto porque, como bautizados, somos miembros del Reino de Dios, que viviremos en plenitud tras nuestra muerte y resurrección. Y estamos invitados a vivir un anticipo de él en esta vida. Esa es la misión que Dios encomienda a todo cristiano, hacer de su entorno un anticipo del Reino de Dios, viviendo fielmente el Evangelio. Así es: no pertenecemos a este mundo, pero Dios nos ha puesto en él para que construyamos su Reino.

Pero para lograr eso, san Pablo nos pide que nos transformemos «por la renovación de la mente». Es decir, nos anima a renovarnos interiormente, lo cual no es nada fácil. Adecuar nuestra mente y nuestro corazón a las ideas, valores y sentimientos del Evangelio supone un largo camino de purificación, que requiere de nosotros, por una parte, ponernos en manos de Dios, para que sea Él quien nos guíe, y, por otra, esforzarnos todo lo posible para dejarnos llevar por Él. Por eso, este camino de purificación, al que los maestros espirituales llaman «camino de perfección», es, en el fondo, el camino de la cruz. Así lo define el propio Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

“El que pierda su vida por mí, la encontrará”

Y lo explica de este modo: «Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará». El camino de la cruz consiste en poner nuestra vida en manos de Dios para construir aquí su Reino de Amor, sacrificándonos por el bien común, por ejemplo, compartiendo nuestras posesiones, ayudando gratuitamente a los que nos necesiten, no malgastando nuestro dinero o dando testimonio del Evangelio cuando sea conveniente. Todo eso puede suponer un esfuerzo e, incluso, un sufrimiento. Pero también así Jesús será el centro de nuestra vida y, como decíamos al comienzo, vivir junto a Él nos genera una felicidad interior pura y verdadera, que no puede ser acallada por ningún disgusto, dificultad ni problema. Porque, al vivir junto a Jesús, reinando Él en nuestro corazón, vivimos el Reino de Dios.

De verdad que merece la pena perder nuestra vida para ganar el Reino de Dios. A corto plazo, nos puede parecer una locura, como así se lo pareció al bueno de san Pedro, que no quería que su amado Maestro muriera en Jerusalén, pero si lo miramos a largo plazo y, sobre todo, si lo contemplamos desde lo profundo de nuestro corazón, entonces descubriremos que el camino de la cruz es, en realidad, el camino de la eterna felicidad.

Fray Julián de Cos Pérez de Camino O.P.

Fray Julián de Cos Pérez de Camino O.P.
Real Convento de Predicadores (Valencia)

He nacido en Madrid en 1968 y soy fraile dominico asignado al Real Convento de Predicadores, en Valencia (España). Soy Doctor en Teología y estoy licenciado en Teología Espiritual y mi investigación se centra en la historia de la espiritualidad, la experiencia mística y la espiritualidad dominicana. Actualmente, imparto clases de Espiritualidad en varias Facultades de Teología.

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