Dom
26
Abr
2015

Homilía IV Domingo de Pascua

Año litúrgico 2014 - 2015 - (Ciclo B)

Yo soy el buen pastor y conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí

Pautas para la homilía

No es difícil encontrar a personas que se relacionan con Dios como si fuera una «máquina expendedora». Le rezan buscando únicamente que les resuelva problemas y les consiga caprichos. Consideran que el rezo es como la moneda que un mete en la máquina para que automáticamente salga lo que se ha pedido. Desgraciadamente, ésta es una tentación en la que todos podemos caer en un momento dado.

Asimismo, en ciertas religiones y espiritualidades se considera a la Divinidad como un ente con el que no nos podemos relacionar personalmente. Consideran que la Divinidad ha dado origen a todo y da sentido a todo, pero no es capaz de relacionarse personalmente con las partes de ese todo, sino que se limita a ser una fuente inagotable de felicidad. Sería algo así como el Sol: todos podemos aprovecharnos de su luz y calor, pero el Sol no nos envía sus rayos pensando personalmente en cada uno de nosotros. Los rayos del Sol que yo recibo son los mismos que puede recibir cualquiera.

En la espiritualidad cristiana, sin embargo, nuestra relación con Dios es muy diferente. Las Escrituras nos dicen claramente que Dios no se limita a crear y regir el mundo sino que, además, nos conoce personalmente a cada uno de nosotros y nos trata de forma personalizada. Así lo expresa el Salmo 138,1-5: «Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares. No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda. Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma».

Precisamente, en el Salmo responsorial de la Eucaristía de hoy, le hemos agradecido a Dios que nos atienda personalmente y nos ayude en nuestras necesidades: «Te doy gracias pues me has escuchado, tú fuiste para mí la salvación» (Sal 117,21). En cambio, los seres que son como máquinas o como el Sol, no escuchan, se limitan a dar indiscriminadamente.

Sabemos que Dios no es una máquina, ni es como el Sol. Dios es un Padre, que conoce muy bien a cada uno de sus hijos. O, también, Dios es como un buen pastor, que conoce a cada oveja y la conduce hacia pastos saludables.

Pues bien, la clave de que Dios sea un ser personal es el amor. Ni el Sol ni las máquinas aman, por eso no se comunican de corazón a corazón con nosotros. Dios nos ha hecho con amor, nos ayuda con amor y nos espera en el Cielo con amor. El suyo es un amor que, además, le impide forzar nuestra libertad. Como un buen padre, deja que sus hijos seamos responsables de nuestra vida.

San Lucas, en el capítulo 3 de Hechos de los Apóstoles, narra una curación acaecida en la entrada del Templo de Jerusalén. Resulta que cuando Pedro y Juan entraban en el Templo para orar, un tullido les pidió que le diesen una limosna. Pedro, entonces, le dijo que no podía darle dinero, pero sí algo mucho mejor: la salud. Y así fue, aquel tullido se fue andando.

En la escena que hemos escuchado hoy de Hechos de los Apóstoles, Pedro le explica al Sanedrín, es decir, a las máximas autoridades judías, qué ha pasado en dicha curación, y entonces aprovecha para anunciar la resurrección del Señor. Les dice: «…este hombre se encuentra ahora sano ante vuestros ojos gracias a Jesús de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios ha resucitado» (Hch 4,10). Efectivamente, Dios no tuvo reparos en curar a aquel tullido cuando san Pedro se lo pide en nombre de su Hijo. Fue un milagro que Dios obró de forma personal a ese enfermo que pedía en la puerta del Templo, porque san Pedro así se lo pidió.

Todos nosotros hemos sentido cómo, de un modo u otro, Dios ha actuado en nuestra vida para ayudarnos. Y también hemos sentido cómo su amor se ha dirigido personalmente a nosotros. Por eso sabemos por experiencia que la clave de nuestra relación con Dios está en el amor.

Pues bien, san Juan, en su Primera Carta, nos dice que este amor que Dios nos tiene es lo que nos constituye en hijos suyos. Nos conoce perfectamente y nos quiere con todo su corazón, como el padre del hijo pródigo (cf. Lc 15,20-24), que por amor le deja marchar libremente, por amor espera su regreso y por amor le acoge con una gran fiesta.

Como ven, las lecturas de hoy nos dicen que Dios no es un ser impersonal, parecido a una máquina o una estrella celeste, sino alguien que nos conoce y nos ama personalmente. Cuando dirigimos a Dios nuestras súplicas, o le damos gracias, o le bendecimos, Él sabe muy bien quienes somos nosotros y lo que hay en nuestro corazón. Sabe si estamos orando de verdad: con amor, o si simplemente lo hacemos por rutina. Sabe si lo que le decimos es algo realmente importante, o si es un mero capricho. Por eso, como un buen padre, Dios conoce lo que verdaderamente necesitamos (cf. Mt 6,8).

Hagamos el esfuerzo de recordar siempre que Dios se relaciona con nosotros personalmente, nos acompaña en el día a día y nos guía hacia la felicidad. Y no olvidemos que todo eso lo hace por amor: porque somos hijos suyos.