Dom
25
May
2014

Homilía VI Domingo de Pascua

Año litúrgico 2013 - 2014 - (Ciclo A)

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos

Pautas para la homilía

  • “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”

El hecho de la resurrección de Jesucristo orienta hacia una realidad nueva, en la que podemos ver la acción del Espíritu Santo, tal como aparece en las tres lecturas. La vida según el Espíritu es la que corresponde a cuantos hemos sido bautizados y hemos sido incorporados a Jesucristo. Fue el Espíritu “quien devolvió a la vida” a Jesús, resucitándolo de entre los muertos (primera lectura); es “el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios” quien nos comunica su energía, pues habita en nosotros (segunda lectura); este mismo Espíritu lo llama Jesús “Espíritu de la verdad” y “otro defensor” que está siempre con nosotros (Evangelio).

  • “Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo”

La verdadera predicación de la Palabra de Dios, es decir, de Jesucristo, es causa de alegría, porque su fuerza sana y cura las enfermedades, el pecado, liberando de la esclavitud de los espíritus inmundos.

Pedro y Juan “oraron por los fieles, para que recibieran el Espíritu Santo”. Ahora bien, una vez recibido el Espíritu Santo, hemos de dejarnos conducir por él, superando la tendencia natural a echar mano de nuestro “yo”. No es nuestro “yo” el que cuenta, sino Jesús, que dejó dicho con toda claridad: “Yo soy el camino y la verdad y la vida” (Jn 14,6). Después de que Jesucristo nos haya mostrado el camino, después de saber en qué consiste la verdad y después de haber sido introducidos en una vida nueva, ahora nos corresponde, con humildad, dejarnos guiar por el Espíritu de Jesús, cosa nada fácil para nuestra arrogancia humana.

  • “Como poseía el Espíritu fue devuelto a la vida”

Gracias a la obra de Jesucristo, la vida nueva merecida mediante su resurrección, de la que participamos a través del Bautismo, hemos de “glorificar a Cristo Señor” desde lo profundo de nuestro corazón, tomando cada vez más conciencia del don recibido, que es lo que nos permite “dar razón de nuestra esperanza”, y saber hacerlo con estilo, con elegancia, no imponiendo sino proponiendo, tal como hizo el mismo Jesucristo, “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).

Entrar en esta dimensión y avanzar por ella solo es posible contando con el Espíritu. ¡Qué hermoso si fuéramos bien conscientes de la obra que Dios hace en nosotros “derramando su amor en nuestros corazones, con el Espíritu Santo, que ya nos ha dado”! (Rm 5,5). Jesús poseía el Espíritu, y así “fue devuelto a la vida” (segunda lectura).

  • “El Espíritu de la verdad vive con vosotros y está en vosotros”

La clave de nuestra vida está en Jesucristo, en su palabra, en su promesa. Refiriéndose al Espíritu Santo, al que llama “Espíritu de la verdad” y “otro consolador”, el Señor indica un neto contraste respecto del Espíritu Santo: “el mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce”. Podríamos añadir, que ni siquiera le interesa, porque conocer al Espíritu y dejarse guiar por él significa hacer morir nuestro “yo”, que está en total contraste con las pretensiones humanas de prevalecer sobre las demás personas, interesados solamente de nuestras cosas. El mundo, pues, no hace nada por conocer al Espíritu, y continúa su camino, tal como podemos verificar continuamente en la sociedad global.

Por el contrario, los discípulos de Jesucristo estamos llamados, tenemos la obligación de dejarnos guiar por el Espíritu, porque el Espíritu “vive con nosotros” y “está en nosotros”. Se trata, pues, de una forma de vida totalmente dinámica, expresando una identidad de personas, nuestra persona con el Espíritu. Esta identidad de persona con el Espíritu es una realidad inefable, sublime. Por eso Jesús insiste en este hecho tratando de hacer comprender a sus discípulos la identidad que existe entre él y el Padre: “Sabréis que yo estoy “en” mi Padre”, añadiendo a continuación: “y vosotros “en” mí y yo “en” vosotros”.

La Biblia de la Conferencia Episcopal Española traduce de otra manera: en vez de la preposición “en”, que hemos usado, prefiere la preposición “con”, que no expresa la misma intensidad de lo que significan las palabras de Jesús, que no solo está “con” nosotros, sino que vive “en” nosotros. Fácil evocar las palabras de san Pablo a propósito de su relación personal con Jesucristo: “No soy yo el que vive, es Cristo el que vive “en” mí” (Gal 2,20).

Necesitamos entrar en esta dimensión personal con Dios-Trinidad para que nuestra vida no sea simplemente una “imitación” sino más bien una vida vivida en plenitud, tal como quiere el mismo Señor: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10). La vida es un principio “interior”, íntimo, profundo. Esto es precisamente lo que podemos decir del Espíritu Santo, que no solo está “con” nosotros sino que vive “en” nosotros, moviéndonos desde dentro.

Ahora bien, todo este proceso hemos de considerarlo en su raíz más profunda, que es el amor de Dios. Jesucristo nos enseña con total claridad: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”; “el que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él”.