Dom
25
Mar
2012

Homilía V Domingo de Cuaresma

Año litúrgico 2011 - 2012 - (Ciclo B)

Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre

Pautas para la homilía

  • La hora de Jesús.

“Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre”. En el evangelio de Juan la hora es, ciertamente, un momento, un tiempo, pero no uno cualquiera, sino el tiempo crucial, el de la cruz, que también es el de la glorificación y elevación de Jesús.

“Padre, líbrame de esta hora. Pero si para esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre”. El evangelista presenta la hora de Jesús bajo el signo de la obediencia radical, la misma que permite al autor de la Carta a los Hebreos resumir el conjunto de la vida de Jesús: “aprendió, sufriendo, a obedecer” (No es que el sufrimiento haya sido el medio para aprender la obediencia, sino la consecuencia de ésta).

Toda la historia de Jesús, en efecto, ha sido obediencia a Dios, una aceptación libre y fiel de su voluntad. Jesús ha hecho de toda su vida un servicio a la causa de su Padre. Se ha entendido a sí mismo en función del anuncio de la presencia y de la vocación de crecimiento de la comunidad de hermanos que reconocen a Dios como el Padre común: una realidad y un proyecto que él llamaba el Reino de Dios.

La obediencia de la muerte de Jesús es la obediencia de su vida entera. Los intentos de ridiculización, las calumnias, los proyectos de captura, los intentos de lapidación... esas y otras hostilidades padecidas le permitieron ser muy conciente del desenlace que conocemos: captura, interrogatorio, juicio, tortura y ejecución. No hubo, sin embargo, fuerza humana capaz de apartar a Jesús de la causa de su Padre. Optó por la obediencia total y coherente, la dispuesta a asumir las más graves consecuencias, aquella que sabe abrazar incluso cruz. Pero fue la lógica de los poderosos –no la de Dios– la que abocó a Jesús a la muerte. Fueron ellos quienes le pusieron en la tesitura de tener que elegir entre su propia vida y la obediencia a Dios y los que, finalmente, acabaron por colgarlo de un madero.

  • El grano que muere es fecundo.

Jesús se ha entendido a sí mismo en función de su Padre y, por eso mismo, de sus hermanos. Toda su vida, de hecho, ha sido la del ser-para-los-demás y ha consistido en un des-vivirse por ellos; des-vivirse para dar vida, para que todos tengamos vida verdadera, la de los hijos de Dios y hermanos de nuestros hermanos. El desvivirse de la cruz de Jesús es el desvivirse de su vida entera.

Más aún, Jesús está convencido de que la única forma de dar vida consiste en dar la propia vida. Por eso dice: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. Un compositor caribeño cantaba: “La vida no vale nada si no es para perecer por que otros puedan tener lo que uno disfruta y ama”. Ese es el sentido de la vida y muerte de Jesús: des-vivirse para dar vida, hacer de la propia vida un servicio a las vidas de los demás. He ahí la hora de Jesús.

  • La hora del juicio.

He ahí también la hora del juicio porque “ahora va a ser juzgado el mundo”. Des-vivirse por los demás es la medida del ser humano. Se ha dicho que él es la medida de todas las cosas y, en algún sentido, cierto es. También lo es que la medida del ser humano es la donación de sí mismo porque “está hecho para el don”, como decía Benedicto XVI en Caritas in veritate. Pilato no era profeta, desde luego, pero acertó, aunque sin pretenderlo con aquello del “Ecce homo”: Jesús es el hombre cabal porque ha vivido para su Padre y, por eso mismo, para sus hermanos.

Esa es la vara de medir en cristiano. Sabemos de sobra que se encuentran en circulación otras pautas de evaluación. No faltan quienes piensen que el valor de una persona depende de su prestigio, de su riqueza, de su poder, de su vigor, de su belleza... No es ese el criterio de juicio de los cristianos, por la sencilla razón de que no es el criterio del Dios de Jesús: el que sólo se ama a sí mismo se pierde, el que vive sólo para sí mismo vive una vida arruinada. Jesús ganó la vida porque la vivió para los demás. ¿Estaremos ganándola también nosotros?