Dom
24
Ago
2014

Homilía XXI Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2013 - 2014 - (Ciclo A)

Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

Pautas para la homilía

  • Cesarea de Filipo está íntimamente ligada al poder imperial de Roma.

La localización de la escena en la región de Cesarea de Filipo no es un dato intrascendente para ver el alcance de lo que se nos narra en el texto evangélico. Todo en Cesarea, empezando por el hombre, hablaba del poderío militar, económico, político e ideológico de Roma y de su emperador. El César de Roma ostentaba los títulos de Divino, Hijo de Dios, Dios, Dios de Dios, Señor, Redentor, Liberador y Salvador del mundo. De ahí que, cuando Pedro confiesa y aplica eso mismo a Jesús, está cometiendo una alta traición al emperador; para el evangelista, es claramente una sustitución del reino de Roma por el reino de Dios. Si la actuación romana dirigida por el divino Augusto traía la paz mediante la guerra, la violencia y la victoria, la actuación cristiana encarnada en el divino Jesús traía la paz mediante la justicia.

  • ¿Quién dice la gente y quién decís vosotros que soy yo?

Los discípulos enumeran los personajes que la gente asocia con Jesús. Los cuatro señalados sitúan a Jesús en la tradición profética, que se caracterizó por el rechazo al sufrimiento del pueblo y a los poderes que lo originaban. Los profetas, al ha¬blar de un mundo alternativo al que su pueblo vivía, siempre resultaban incómodos para las elites. Jesús era visto por la gente en esa línea profética de rechazo al poder, que en aquellos momentos venía de Roma.

  • Pedro es portavoz porque tiene una vinculación especial con Jesús.

Pedro reitera la confe¬sión que todos los discípulos hicieron ya en la barca después del mi¬lagro de Jesús caminando sobre el agua. De igual modo, no sólo Pedro, sino todos los discípulos habían sido felicitados ya antes por Jesús. Pedro es portavoz de los discípulos. Pero, además, la figura histórica singular de Pedro viene a concretar al¬go que, para Mateo, debe ser un rasgo permanente de la Iglesia: su vinculación a Jesús. Pedro es fundamental para la Iglesia porque está unido a Jesús, que sí es el fundamental. Vinculación ciertamente ambivalente, porque Pedro confiesa a Jesús como Mesías e Hijo de Dios, pero lo entiende como poderoso, no como sufriente; como otros discípulos, no es capaz de velar en Getsemaní; reniega de Jesús con un juramento y, arrepentido, llora amargamente. Este es Pedro al que Jesús sostiene, y que se nos aparece como el prototipo de discípulo de Jesús.

  • No se puede entender el diálogo entre Jesús y Pedro sin la conexión que tiene con la profecía de la pasión que le sigue.

Los tres evangelios sinópticos sitúan inmediatamente después de la confesión de Pedro el primer anuncio de la pasión. La predicción que hace Jesús de su pasión señala el verdadero alcance del tipo de Mesías que Pedro acaba de confesar. La protesta de Pedro ante las palabras de Jesús sobre la nece¬sidad de su pasión es una prueba de que, al confesar la mesianidad de Jesús, Pedro deja ver que su idea del Mesías es más bien como la de todos los demás discípulos: totalmente judía, de poder, motivo que le vale una dura repulsa de labios de Jesús.

  • Pedro es una roca en tanto que esta roca encarna la fe y no el poder.

Jesús edificará su Iglesia sobre Pedro en cuanto que ha confesado públicamente a Jesús de Nazaret. Así pues, en las palabras de Jesús hacia Pedro hay una alabanza y una promesa referidas, no tanto a su persona, como a su actitud de fe. Dice santo Tomás que Cristo es el fundamento de la iglesia por sí mismo, y que Pedro lo es sólo en tanto que confesó a Cristo. La exigencia para ser congregado en la iglesia de Jesús, por tanto, no es otra que el tener la misma fe que confesó Simón en Cesarea. Y esta comunidad de Jesús prevalecerá mientras sea inquebrantable nuestra fe en él. Pedro, que es felicitado por su fe, inmediatamente pasa a ser llamado Satanás por Jesús, porque entendía el mesianismo como poder. A este Pedro–Satanás, Jesús no lo hubiera considerado como una roca para fundamentar su Iglesia.

  • El atar y el desatar del buen pastor.

La expresión atar y desatar designaba entre los judíos de la época la potestad para interpretar la ley de Moisés con autoridad. Según eso, Jesús confiere a Pedro la autoridad para interpretar las exigencias del Reino de Dios según las palabras y actuaciones de Jesús –buen pastor–, y adaptarlas a nuevas necesidades y situaciones. Pedro no está recibiendo de Jesús un poder absoluto sobre la disciplina, como si fuera un emperador romano o un rey. La misión que reciben él y los apóstoles es exponer la voluntad de Dios a la luz de Jesús para conducir a los hombres al reino de los cielos. Y en estas enseñanzas de Jesús no cabe la autoridad monárquica para Pedro, que si quiere ser el primero, ha de ser el servidor.

  • Las puertas del Hades no podrán contra una comunidad empeñada en dar vida.

El Hades –o el infierno– es el reino de la muerte. Hay una interpretación que ve en la frase de Jesús una promesa a los miembros de la Iglesia de su futura resurrección. Pero aquí, más que una promesa, posiblemente se trate de un encargo que hace Jesús a los discípulos de luchar y vencer a los destructivos poderes del reino de la muerte. Como lo hizo él. La muerte es la destrucción de todo lo que tiene vida. Pero la vida humana no es monolítica y uniforme, sino que se ramifica en muchos y diferenciados ámbitos vitales. Lo mismo hay que decir de la muerte: no existe la muerte en general, sino muchas muertes: en cada ámbito vital se produce un tipo de muerte específico y apropiado. Hay muerte en la negación de la vida biológica, pero también en la destrucción o deterioro de la vida psíquica, la vida sensitiva, la vida económica, la vida del conocimiento, la vida de la justicia, la vida de las relaciones con Dios, la vida de la belleza, la vida del juego y la vida de las relaciones sociales. La pobreza es muerte; la ignorancia, también; las injusticias y el odio entre hermanos, entre vecinos o entre razas, también. ¡Vaya si el creyente en el Reino de vida de Jesús de Nazaret tiene variedad de campos de muerte humana donde luchar para erradicarlos! Entonces sí que las puertas de la muerte no podrán contra una comunidad de Jesús que esté empeñada en poner vida allí donde haya muerte.

  •  La interpretación de este texto por el papado romano.

El Obispo de Roma se autodenomina el sucesor de Pedro. En la cúpula de la basílica de San Pedro de Roma pueden leerse, sobre fondo dorado, las palabras de Mateo: «Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». Es todo un sím¬bolo. Sin embargo, hoy gran parte de los exégetas más prestigiosos –también los católicos– está de acuerdo en que «del Pedro de la Biblia al papa de la ciudad eterna sólo se puede pasar dando un salto cualitativo». Mateo no está pensando en la escena de Cesarea en una sucesión explícita en el ministerio de Pedro. Los factores que llevaron, entre los siglos II-IV, a la formación de la primacía romana en la Iglesia fueron muy diversos: Roma era ca¬pital del imperio; la comunidad era numerosa y relevante por su actividad caritativa; era un centro importante de la ortodoxia; contaba con unos fundadores apostólicos y con sepulcros de apóstoles, en particular el sepulcro de Pedro. Más tarde, la estructura política del imperio favoreció en la Iglesia, y demandó de ella unas estructuras jerárquicas y una cúspide monárquica. Por eso el camino del pa¬pado desde un ministerio de soberanía a un ministerio de servicio es, dada su historia, especialmente arduo.

Cualquiera que sea el ministerio conferido a Pedro, lo que sí está fuera de toda duda es que ha de entenderse y ejercerse según el Evangelio, y que hay que medirlo con este Evangelio. Remite siempre al mensaje de Jesús, que, con su palabra y con su obrar, se dirigió de manera prefe¬rente a los pobres, y estuvo entre aquellas gentes no como el que manda, sino como quien sirve.