Dom
19
Mar
2017

Homilía III Domingo de Cuaresma

Año litúrgico 2016 - 2017 - (Ciclo A)

Señor, dame agua de ésa; así no tendré más sed

Pautas para la homilía

¿Cómo tú siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?

Jesús está en Samaría, sentado en un pozo y llega una mujer. No sabemos su nombre. Esa mujer representa otra realidad. Representa a Samaría, la infiel.

Nos olvidamos de la persona y enfrentamos a un judío y una samaritana. ¡Tiembla la tierra! –podrían exclamar los rabinos de entonces- . No es sólo el rechazo por la cultura, la religión, el comportamiento moral, también es rechazo por la condición de hombre y mujer. Hemos olvidado a la persona.

Parece que en este encuentro la única sensata, que es consciente de esa realidad “escandalosa”, es la mujer y así lo declara: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (v.9) La respuesta de Jesús no es a la pregunta, sino que Jesús va más allá y lo hace con tono enigmático: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú a él y te daría agua viva” (v. 10). Esto provoca un giro en la atención de la mujer. ¿Qué pasa aquí? ¿Quién es éste realmente? La mujer ha despertado a su realidad interior, también tiene sed, pero esta sed no la apagará el agua del pozo de Jacob en Sicar. Y la mujer entra en un diálogo con Jesús, a otro nivel. Hablan de las diferencias entre judíos y samaritanos; ¿Dónde hay que adorar a Dios? ¿Cuál es la verdadera religión? No procede el coqueteo con el judío. El encuentro ha tomado otro cariz. La mujer, ante Jesús, no puede ocultar su realidad –has tenido cinco maridos y el que ahora está contigo no es tu marido- y declara: “Señor, veo que tu eres profeta…”

Para Jesús, nada puede anular la realidad humana.

¿Hay que adorar a Dios en el Garizín o en Jerusalén?

¿Dónde adorar a Dios? Ni en este monte ni en Jerusalén, es la respuesta de Jesús.

Y deja claro que Dios Padre no está atado, no depende de un lugar concreto. Dios no es propiedad de nadie, de ninguna religión.

La samaritana no sólo se queda admirada de este hombre porque no muestra prejuicios, sino porque además su lenguaje es nuevo. No habla de Dios, habla del Padre.

El Padre no espera grandes ceremonias, solemnes liturgias y procesiones. El Padre quiere corazones de carne, corazones sencillos que adoren “en espíritu y verdad” Verdaderos adoradores. “En espíritu”, con aquella parte de cada uno que acerca más a Dios, que es espíritu. “En verdad”, Dios es verdad; está de más toda impostura e hipocresía. “En verdad”, con coherencia, sin engaños, ni justificaciones, sin egoísmos. Jesús propone una manera de relacionarse con Dios. No es el templo o la ciudad (Jerusalén) lo que da legitimidad ni garantiza la oración.

¿Qué es lo que Dios quiere de nosotros? De nosotros, Dios quiere nuestro corazón, lo que el ser humano es, personas vivas hechas a su imagen. El amor de Dios que también es respeto, nada nos arrebatará si nosotros voluntariamente, libremente, no se lo damos. Somos templos y somos sacerdotes (recordad el bautismo), nos ofrecemos y ofrecemos a Dios la propia voluntad, nuestros proyectos y nos adherimos al plan de Dios, como nos enseña su Hijo.

Para Jesús, nada puede anular la realidad humana.

Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho…

El encuentro con Jesús cambia la vida. Esto le pasó también a la samaritana. Todo comenzó con la petición de un sediento y la necesidad fue la razón de ese encuentro. Un encuentro que llegó a unos límites de sinceridad y respeto que la samaritana no podía imaginar. “Le dice la mujer: - Sé que va a venir un Mesías (es decir, Ungido); cuando venga él, nos lo explicará todo” (v.25). Paso a paso, ha habido un descubrirse el uno a la otra y al final el mismo Jesús de ser proveedor de agua viva le dice a la mujer: “Soy yo, el que habla contigo” (v.26) -el Mesías-. El secreto ha sido revelado. La mujer, bien conocida entre los suyos, ha desahogado el peso de su pobre vida; y ha quedado liberada y enriquecida. Deja el cántaro y marcha a su ciudad a anunciar: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste tal vez el Mesías?” (v.29) La buena nueva es anunciada por una mujer y pecadora. Y, por eso, porque ella no se engaña, se limita a proclamar lo que ha sido una buena nueva, y lo hace conduciendo hasta Jesús a sus paisanos, ofreciéndoles su propia experiencia, su testimonio: “Me ha dicho todo lo que he hecho”. Y lo que menos importa es que la crean o no la crean, lo que importa es que crean. “…le rogaron –a Jesús- que se quedara con ellos, y se quedó allí dos días” (v. 40)
Para Jesús, nada puede anular la realidad humana.