Dom
18
Nov
2012

Homilía XXXIII Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2011 - 2012 - (Ciclo B)

El día y la hora nadie los sabe... sólo el Padre

Pautas para la homilía de hoy

Reflexión del Evangelio de hoy

  • La venida del Hijo del hombre

La expresión “hijo del hombre”, de origen profético (Dan 7), sólo la usa Jesús en los evangelios. Con ella hace referencia a su propia identidad como alguien que procede del cielo y que vendrá al final de los tiempos en nombre de Dios para juzgar y salvar a los que le han sido fieles.

El juicio divino es, ante todo, un veredicto de misericordia, puesto que, como dice el evangelista san Juan, “Dios es amor” (1 Jn 4, 8.16). Y ese amor se ha manifestado en la ofrenda que Cristo, su Hijo, hizo de sí mismo para el perdón de los pecados. El que procede del cielo vino a la tierra precisamente para eso: para asumir la condición humana y reconciliar al mundo con Dios mediante la entrega de su vida, hecha una vez para siempre, inaugurando al mismo tiempo, con su resurrección, la vida definitiva de todos los redimidos.

  • La salvación definitiva

Gracias a la fe podemos vivir, en medio de nuestra existencia cotidiana, con una perspectiva trascendente, en un horizonte de eternidad. Pero, mientras dura la historia, esa perspectiva permanece todavía lejana, señalando un futuro impreciso. Nosotros esperamos la salvación definitiva, la consumación del reino de Dios, la entrada en la gloria prometida, donde “no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto ni dolor, porque todo lo viejo se ha desvanecido” (Ap 21, 4). Esa es nuestra más decisiva certeza, apoyada en la palabra inquebrantable de Dios.

  • La espera vigilante

Esa perspectiva luminosa arroja su luz sobre el presente, que se vive así en un horizonte de esperanza. Mientras recorremos los caminos de la historia, nuestros ojos están fijos en la meta a la que estamos destinados. Ella orienta nuestros pasos, que se dirigen a un futuro de plenitud que da sentido a nuestro esfuerzo cotidiano y nos sostiene en las adversidades.

Pero, a la vez, la incertidumbre de su llegada y de su fisonomía concreta (“el día y la hora nadie los sabe,… sólo el Padre”) nos urge a una espera activa, a una preparación cuidadosa y esforzada. Porque el perfil que revestirá nuestra morada definitiva tendrá también que ver, y mucho, con lo que hayamos ido edificando desde ahora (Vaticano II, GS 39).

De ahí que se nos exhorte a la vigilancia (es decir, a estar pendientes, a vivir sobre aviso, aunque sin angustia) y a cultivar decididamente el trato con Dios cada día. Así podremos sintonizar cada vez más con sus criterios, para ir construyendo, en una progresiva conformidad con él, el futuro de su reino.