Dom
17
Abr
2011

Homilía Domingo de Ramos

Año litúrgico 2010 - 2011 - (Ciclo A)

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Pautas para la homilía

El rey salvador viene a su casa, a los suyos, año tras año, trayendo salvación y las actitudes de los receptores se vuelven a repetir: unos le aclaman con cantos y ramos y otros no le reciben. Entonces no sabían dónde iba Jesús y qué iba a hacer, nosotros, sí lo sabemos: va a entregar su vida por nosotros, va a llevar a cabo un mesianismo que pasa por la cruz. ¡Bájate de la cruz!, le decían los que pasaban por allí, ¡sálvate a ti mismo! Menos mal que nuestro Dios no piensa como nosotros y no huye ni sortea el sufrimiento. Menos mal que no piensa solo en sí mismo, sino en los demás.

La pasión de Mateo señala la derrota de Jesús: traicionado, mal vendido, esclavo, …; señala su soledad en el prendimiento, en los juicios, en el camino de la cruz, en la muerte sin brillo, sin gloría, sin lucha, aunque se respira un ambiente de violencia. Es el triunfo de las tinieblas, de la noche, cuando los discípulos se desestructuran, cuando canta el gallo. Es expresión de lo que somos los humanos de paradójicos y contradictorios: elegimos el mal (Barrabás), cuando Dios nos destina al bien, optamos por el mal proclamando el bien. Menos mal que en medio de tanta contradicción siempre hay algún Cirineo, representante de la semilla de bondad que llevamos dentro los hombres, que a pesar de todo valoramos a quien se entrega y ama. Pero también, al pasión de Mateo, señala su inocencia y su solidaridad con los abatidos y humillados, crucificado entre los malditos, ladrones y abandonado por la justicia; señala cómo la noche sólo se vence con la luz de la resurrección y el “¡Dios mío, Dios mío!” de Jesús es la confianza mantenida en el Padre, que produce y es semilla de resurrección. Por eso se siente acompañado, sobre todo de la verdad, independientemente de las apariencias y el fracaso aparente antes los ojos hasta de sus discípulos que no entienden mucho.

Los abatidos, los pobres y humillados tienen a quien mirar: al que ha sido levantado en la cruz, obediente al Padre, que ofrece su espalda y no oculta su rostro. Por eso la cruz deja de ser maldición, para hacerse bendición y señal de identidad. Desde ahora a los más castigados por la vida, los invisibles porque nadie mira, lo peor de la sociedad les asiste el espíritu de exhaló Jesús en su muerte, es decir el espíritu de vida que Jesús pasa a la comunidad para que viva.
La pasión que hemos escuchado es para contemplar y recuperar la memoria, de donde nos viene la salvación. Contemplar, como Jesús, que no contestó a una sola pregunta, (27, 14,) la aceptación silenciosa de su suerte de pobre desauciado, que no quiere decir que estuviera de acuerdo con el poder opresor que le llevaba a la muerte; contemplar la donación de su vida, que él no defiende, ni justifica, ni se queja, porque esa es su verdad. Y es también una memoria subversiva, porque como hijos de Dios vivimos en un mundo en estado de pasión, desgarrado por condenas injustas, desigualdades, diferencias, intereses políticos, alianzas interesadas,…Los ramos no son fetiches, ni adornos, sino signos de salvación para nuestros entornos inhumanos que los poderes del mundo siguen proporcionando. Jesús no utiliza los derechos de Dios, renuncia al éxito y a las victorias, se hace hombre.

Tantas pasiones en nuestro mundo producidas por las guerras, los egoísmos de los poderosos, nuestra falta de compartir o de asegurarnos nuestra imagen a cambio del sufrimiento de otros, (emigrantes y refugiados siempre en camino; niños utilizados como escudos de desamor; compañeros de trabajo pisoteados; parados de larga duración; …). Nuestra posición suele estar del lado de la pena y lástima, mucho mejor si nos ponemos en el lado de la solidaridad y hacemos que desaparezca alguna pasión; mejor si nuestra solidaridad expresa hoy la entrega de Jesús y pone freno al mal para que no se lo crea, ni se extienda; mejor si nuestra solidaridad deja que las pasiones que sabemos y conocemos nos mueven a actuar.

Las pasiones, los sufrimientos de nuestros hermanos, vecinos, conocidos o no, nos llevan a gritar a Dios, pero no todos lo hacemos de la misma forma: cuando contemplamos el sufrimiento desde lejos, le exigimos y preguntamos a Dios ¿por qué permites esto?, como si fuera alguien insensible; cuando el sufrimiento lo padecemos en nuestra carne, el acento es otro: ¿Dios mío por qué te ocultas? ¿dónde estás? ¿no ves mi dolor y mi pena? Si Dios nos abandonara sería insensible y hasta cruel, pero como a Jesús, no nos abandona en su silencio. Cristo sufre la muerte en cruz y el Padre sufre la muerte del Hijo, es la pasión del Padre. Si Dios está sufriendo en la cruz de Cristo trae la comunión del Padre para quienes se sienten humillados y maltratados, para los crucificados de nuestro tiempo. Por eso mismo a Dios le duele el hambre de los pobres y las desgracias de cualquier hombre. Este Dios crucificado entre nosotros es nuestra esperanza, no sabemos por qué lo permite, pero es así y sí que sabemos que es una cruz que termina en esperanza, en resurrección.