Dom
16
Ago
2009

Homilía Vigésimo Domingo del Tiempo Ordinario

Año litúrgico 2008 - 2009 - (Ciclo B)

Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo em él.

Pautas para la homilía

  • Algunos efectos de la Eucaristía

Da la vida eterna

En el pasaje evangélico de este domingo Jesús se define a sí mismo como «el pan vivo que ha bajado del cielo». Comer este pan con fe produce en el que lo come la vida eterna. Es decir, pone a los comensales en conexión con la fuente de la vida, no sólo de la biológica, sino también de la vida eterna, de la vida misma de Dios, que se caracteriza sobre todo por el amor. San Ignacio de Antioquia hablaba de la Eucaristía como «medicina de inmortalidad» y como «antídoto para no morir», con esas expresiones quería decir que la salvación auténtica, es decir, la victoria sobre la muerte, se alcanza gracias a la Eucaristía.

En la cultura occidental la vida eterna ha dejado de ser una preocupación. Es la vida biológica y material la que atrae toda la atención, pero cuando uno se detiene a pensar descubre que eso no puede satisfacer los anhelos más profundos que alberga el corazón humano, aunque no siempre salgan a la superficie por el embotamiento de la mente.

Los cristianos debemos apasionarnos por la vida eterna. Debemos buscarla con todo nuestro empeño. Recordemos que allí donde los tres primeros evangelistas hablan de «reino de Dios», el evangelio de san Juan habla de vida eterna. La vida eterna no se alcanza sólo después de la muerte, sino que comienza en el momento en que se come la carne y se bebe la sangre de Jesús. Es decir, en el momento en que se cree en Jesús, en que se entra en comunión con su persona, con sus sentimientos, con sus disposiciones interiores, con su revelación, con su gracia, con sus dones, con su Espíritu…

La Eucaristía no es una cosa, sino una persona: es Jesús.

La Eucaristía es, además, una necesidad vital para todos. Sin Eucaristía no hay acceso a esa vida que nos ha traído Jesús, que es en definitiva la vida verdadera.

Nos une estrecamente a Jesús

Otro de los efectos capitales de la comunión Eucarística es esa relación tan estrecha que se establece entre Jesús y el que comulga. Jesús lo expresa con esas emotivas palabras: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él». Jesús habla de una reciprocidad de presencia. Aunque esas presencias no son simétricas. La presencia de Jesús es la que nos da fuerza, la que nos consuela en la tristeza, la que nos ilumina en medio de nuestras oscuridades, la que nos alegra en todo momento. En la Eucaristía recibimos presencia, intimidad. Nada alegra tanto el corazón humano como la presencia de las personas queridas.

Nos lanza a la acción

La Espiritualidad eucarística es muy fecunda. La Eucaristía siempre lanza a la acción, porque el encuentro con Jesús en la Eucaristía nos hace descubrir sus preocupaciones respecto de nuestro mundo. ¿Y cómo no ponerse manos a la obra cuando alguien que nos quiere tanto nos lo pide?

Nos une al Padre

Pero además la Eucaristía produce otro efecto: nos une a todo lo que Jesús está unido. Nos une al Padre y al Espíritu. Jesús dice que él vive por el Padre. Jesús siempre permanece unido al Padre. La humanidad de Jesús, su carne y su sangre, son el «medio», el «puente» que nos conecta con la otra rivera, que nos pone en contacto con la fuente de la vida. Y en ningún otro momento la presencia de Jesús en nuestras vidas se hace tan fuerte y tan densa como en la Eucaristía. Pero no sólo en el futuro, también el presente.

  • La necesidad de creer

Ahora bien, para que la Eucaristía fecunde nuestra vida es necesario creer. La falta de fe en la Eucaristía es patente en muchos cristianos; no solamente en quienes no acuden a ella porque la consideran innecesaria para ser buenas personas, sino también en quienes acuden a ella o incluso la presiden, pero con prisa o de forma rutinaria o sin prestar atención a esa presencia generosa de Jesús.

Ya el autor del cuarto evangelio tuvo que enfrentarse con el problema de las dudas de fe que suscitaba entonces en su tiempo la Eucaristía. El domingo pasado escuchábamos el pasaje evangélico que ponía de manifiesto esas dudas de fe. Ante la afirmación de Jesús declarándose «el pan vivo bajado del cielo», los judíos comenzaron a objetar: «pero si este es el hijo de José; pero si todos conocemos a su padre y a su madre, ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» Por demasiado conocido, a los judíos se les escapó el misterio de Jesús. Su conocimiento sólo fue superficial y de oídas.

El pasaje evangélico de hoy recoge una segunda duda de fe. Ante las palabras de Jesús: «…el que como de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo», los judíos disputaban entre sí diciendo: «¿cómo puede este darnos a comer su carne?» Esa es en el fondo la duda de quien no cree en la encarnación del Hijo de Dios, y que no puede creer en la Eucaristía como continuación de esa encarnación.

  • La generosidad la Sabiduría preludio de la generosidad de Jesús

La generosidad de Jesús en la Eucaristía viene prefigurada por la Sabiduría del Antiguo Testamento. El pasaje de la primera lectura de este domingo habla de la Sabiduría personificándola. La Sabiduría ha edificado una buena casa, ha preparado un buen banquete y ha despachado a sus criados para que inviten su mesa a todos los inexpertos y faltos de juicio, para que coman su pan y su vino, y abandonen la inexperiencia y vivan, y sigan el camino de la prudencia. La inexperiencia, la falta de juicio, la imprudencia o falta de Sabiduría divina conduce a la muerte, a la separación de Dios.

  • Dejaos llenar del Espíritu

La segunda lectura de este día, tomada de la carta de san Pablo a los Efesios recoge una serie de buenos consejos que el Apóstol da a sus corresponsales, y que no dejan de tener vigencia también en nuestros días: examinad la propia vida para ver dónde se sitúa uno respecto a Dios, cuáles son nuestros proyectos, nuestra preocupaciones más profundas; sed sensatos; no dejéis pasar la ocasión, porque vienen días malos; estad bien despiertos para caer en la cuenta de lo que Dios espera de cada uno; no emborracharse para no caer en el libertinaje; dejarse llenar del Espíritu. Este último consejo debe tomarse muy en serio. El Espíritu de Jesús está en todo bautizado, pero no actuará en nuestra vida si no lo liberamos, sin no lo dejamos actuar.

Finalmente, san Pablo pide a Efesios que no dejen de orar con salmos, himnos y cánticos inspirados,… y a dar gracias a Dios por todo, lo bueno y también por las pruebas de la vida, y a realizarlo todo en nombre de Jesús.