Dom
15
Mar
2026

Homilía IV Domingo de Cuaresma

Año litúrgico 2025 - 2026 - (Ciclo A)

El Señor mira el corazón

Pautas para la homilía de hoy

Evangelio de hoy en vídeo

Reflexión del Evangelio de hoy

 

Donde nosotros buscamos culpables, Jesús busca a la persona y la levanta.

Hay una pregunta que aparece enseguida en el evangelio de hoy, y que sigue viva entre nosotros, aunque la disimulemos con palabras más modernas. Al ver al ciego de nacimiento, los discípulos preguntan “¿Quién pecó?”. Es decir: “¿De quién es la culpa?”. ¿Acaso nosotros no hacemos con frecuencias los mismo?

Y hay algo curioso en esa pregunta con apariencia religiosa, que, a menudo, es una coartada para no implicarnos. Si el dolor es responsabilidad del dolorido, yo puedo apartarme. Si la herida es “castigo” o “consecuencia”, entonces me quedo tranquilo. A veces, nos parapetamos detrás de nuestra religiosidad.

Pero Jesús no entra en ese juego, no se pone a debatir sobre causas, méritos, pecados heredados o teorías piadosas. Jesús mira al hombre, lo ve en su dignidad de hijo de Dios. Verlo, en el evangelio, no es echar un vistazo, es reconocer, es dejarse tocar por la realidad concreta de alguien que está ahí, sentado a la orilla de la vida, sin nombre, reducido a “el ciego”, “el mendigo”, “el que no encaja”, “el migrante”. Jesús lo mira de otra manera, no como un problema a explicar, sino como una persona a la que rescatar.

El tiempo de cuaresma no es un gimnasio moral para gente ya correcta. Tampoco es una temporada de perfeccionismo religioso, ni un “a ver si este año consigo ser mejor”. La cuaresma un don, es dejar que Cristo nos cure la mirada para ver como ve Dios, es decir, no desde la sospecha, sino desde la misericordia, no desde el prejuicio, sino desde la dignidad.

Dios se agacha hacia nuestro barro y nos invita a caminar hacia la luz.

Jesús hace barro, se agacha y mezcla saliva y tierra. A algunos les chocará este gesto, pero es un gesto que conmueve. Dios no cura desde arriba, se arrodilla en el barro humano y toca lo que a nosotros nos da reparo tocar: la fragilidad, lo feo, lo que huele a fracaso. Jesús no cura con magia, sino acompañando. El ciego no es un mero espectador, tiene que levantarse, caminar, confiar. La gracia no aplasta tu libertad, por el contrario, la despierta.

Es entonces cuando el ciego empieza a ver. Pero no se trata solo de recuperar la vista física, sino que implica todo un proceso, como si el Señor nos dijera: “la fe no te cae encima; es una invitación, un regalo que pide tu asentimiento, tu colaboración”.

Cristo no se revela a los impecables, sino a los disponibles, a los que, aun sin tenerlo todo claro, no se cierran a su amor. La fe nace cuando descubrimos que Dios no es juez implacable, sino compañero de camino.

Cuando la religión expulsa, Jesús se acerca.

La luz del ciego deja al descubierto la oscuridad de otros, porque cuando alguien se levanta, cuando alguien recupera dignidad, cuando alguien empieza a hablar con libertad, eso incomoda. Y aquí aparece otro tipo de ceguera: la ceguera religiosa.

Los fariseos, que son gente seria y defensora de la pureza, de la norma y del control... no soportan que Dios se salga del guión. Ellos “saben” quién es puro y quién no. Ellos reparten carnés de pertenencia. Ellos deciden quién puede estar dentro y quién fuera. Y como no pueden negar el hecho –¡el hombre ve!–, atacan a la persona: “Empecatado naciste”. Esa frase es una piedra que con violencia convierte la biografía del otro en sentencia.

En nuestra sociedad seguimos haciendo lo mismo, aunque con un vocabulario y formas nuevas, etiquetamos a personas por su origen, por su historia, por su caída, por su situación afectiva, por su salud mental, por su manera de vivir, por su acento, por su pasado. Las reducimos a un titular, a una estadística, y así nos ahorramos el trabajo de conocerlas. También en la Iglesia, a veces sin darnos cuenta, convertimos la mesa compartida de Jesús en un examen, y el templo en una aduana, y el Evangelio en un reglamento, y la comunidad en “el club de los que cumplen”.

El texto dice que lo expulsan. Expulsar es una palabra dura, no es solo “te invito a irte”, sino “no tienes sitio con nosotros”. Y hay muchas personas que viven eso hoy. Algunas se van en silencio, porque ya no se sienten miradas con amor; otras se quedan en la periferia, acercándose a la fe con miedo a ser señaladas; Otras, a su vez, creen, rezan, buscan a Dios... pero sienten que su historia no cabe en nuestras categorías.

Una de las frases más bellas del pasaje evangélico es esta: “cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, fue a buscarlo”. Jesús no se queda del lado del sistema para protegerse, se mueve hacia el expulsado, se desplaza a la periferia y va en su búsqueda; y con esa actitud nos dice que el lugar de Dios no está donde se presume pureza, sino donde se defiende la vida herida, donde se sana y curan heridas.

Een este cuarto domingo de Cuaresma, el domingo de la alegría, no hablamos de una alegría ingenua sino de la alegría de saber que Cristo sale siempre a nuestro encuentro. Hablamos de la alegría de creer que nadie está definitivamente condenado a vivir en la oscuridad, la alegría de que la última palabra no la tiene la etiqueta, ni el rumor, ni el prejuicio, ni la culpa. La última palabra la tiene Jesucristo, el Señor

 

Dejemos que este evangelio nos haga tres preguntas sencillas:

A quién estoy tratando como “culpable” para no acercarme.

A quién estoy mirando como “caso” y no como hermano o hermana.

Qué tipo de ceguera religiosa se me ha pegado sin darme cuenta; ¿acaso esa que hace que yo “sepa” demasiado, pero ame poco?

 

Y una petición para esta semana: Señor, cura mi mirada. Que vea como Tú ves. Que no use tu nombre para dejar fuera a nadie. Que, cuando alguien sea expulsado, yo tenga el coraje de salir contigo a buscarlo.

 


Evangelio de hoy en audio



Fray Ricardo Aguadé Rodríguez O.P.

Fray Ricardo Aguadé Rodríguez O.P.
Convento de Santo Domingo (Oviedo)

Soy fraile dominico, nacido en Cangas del Narcea (Asturias). Estudié B.U.P. y C.O.U. en el colegio de los dominicos de Oviedo. Tras cursar primero de Filosofía en la Universidad de Oviedo, realicé el prenoviciado en el convento de Sotomayor (Salamanca). Hice el noviciado en Caleruega, y cursé Filosofía y Pedagogía en San Gregorio (Valladolid). Estudié Teología en San Esteban (Salamanca). Mi primer destino fue El Olivar (Lavapiés), en Madrid, donde ejercí como vicario parroquial y cursé estudios en la Universidad Pontificia Comillas. Posteriormente, estuve destinado en la comunidad del Albergue San Martín de Porres y en la parroquia Santa Rosa de Lima (Carabanchel), siendo vicario parroquial y responsable de la “Mini-Residencia”. Durante ese periodo, fui también profesor de Religión en el Colegio Santa María del Yermo, de las Dominicas de la Sagrada Familia. En el año 2000 fui destinado a Oviedo. En la actualidad, soy profesor en el Colegio Santo Domingo-FESD y coordinador de pastoral; además, soy párroco y prior de la comunidad.

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